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Parana » Analisis Litoral
Fecha: 25/03/2026 12:04
Por Ana Grinstein En Israel, la vida no se mide en tiempos de paz y tiempos de guerra. Se mide en continuidad. Lo que muchas personas fuera del país no logran comprender es que la base emocional de los israelíes está, de alguna manera, calibrada de forma distinta. No porque sean más fuertes o más valientes, sino porque han aprendido casi sin darse cuenta a vivir dentro de una realidad donde la incertidumbre no es una excepción, sino parte del paisaje. Aquí, la historia no llega como un capítulo con principio y fin. No se abre y se cierra. Se instala. Para muchos en el extranjero, la guerra es un evento: algo que ocurre, sacude y luego se convierte en memoria. En Israel, en cambio, se parece más al clima: impredecible, presente, imposible de ignorar, pero también imposible de detener la vida por completo. Sirenas que irrumpen en medio de una clase. Debates políticos que no se apagan nunca. Escuelas que abren o no. Una boda que sigue en pie si las rutas lo permiten. Un funeral que llega sin aviso. Todo puede suceder en un mismo día. Incluso en la misma hora. Antes del 7 de octubre, Israel atravesaba meses de una intensa discusión interna. La reforma judicial había dividido familias, tensado amistades y movilizado a cientos de miles de personas en protestas semanales. Las calles se llenaban no solo de consignas, sino de una convicción profunda: que el futuro del país pertenece a quienes lo habitan. Y entonces, el 7 de octubre lo cambió todo. Pero no silenció esa discusión. Solo la empujó hacia adentro. La urgencia pasó a ser otra: sobrevivir, sostenerse, cuidar. Desde entonces, el país vive en una combinación difícil de explicar: dolor prolongado y alerta constante. Misiles. Rehenes. Funerales. Reservistas dejando sus trabajos. Niños aprendiendo a distinguir entre rutina y emergencia. Y aun así, la vida no se detiene. Los cafés siguen abiertos. Los bebés siguen naciendo. Las historias de amor siguen empezando. Y en cada casa, siempre hay alguien una abuela, una madre, un vecino que insiste en servir un plato más, como si alimentar fuera también una forma de resistir. Hay algo que los israelíes entienden profundamente: esperar a que llegue la calma para vivir es, en este lugar, una ilusión. Entonces viven. Viven fuerte. Discuten sin filtros. Se ríen incluso en días difíciles. Critican a su gobierno con pasión. Se organizan, se ayudan, se presentan unos para otros. Desde afuera, puede parecer caos. Desde adentro, es otra cosa. Es resiliencia. Pero no la resiliencia épica que muestran las películas. No la de los héroes. Sino la resiliencia silenciosa, cotidiana, casi invisible: la de quien se levanta, prepara café, lleva a sus hijos a la escuela cuando puede, corre al refugio cuando debe y, más tarde, vuelve a la cocina para preparar la cena. Una y otra vez. En muchas ciudades del país, especialmente en el sur, las viviendas están construidas con una habitación reforzada llamada mamad, diseñada para proteger a las familias en caso de ataques. Lo llamativo no es solo su función, sino su uso cotidiano: durante el día puede ser el cuarto de juegos de los niños, una oficina o incluso un espacio para ver televisión. Ese mismo lugar que, en segundos, se convierte en refugio. Quizás no haya mejor símbolo de la vida en Israel que ese cuarto: un espacio donde conviven, sin contradicción, la normalidad y la emergencia. Porque aquí, incluso cuando el suelo tiembla, la vida de alguna manera siempre continúa. Y eso también es una forma de esperanza.
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