Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Página Judicial / Una escuela del terror a diez minutos de la plaza

    Parana » Paginajudicial

    Fecha: 24/03/2026 13:30

    50 AÑOS Una escuela del terror a diez minutos de la plaza 24/03/2026 El mapa de los centros clandestinos de detención está en evolución permanente. En Entre Ríos han sido reconocidos más de veinte sitios en cuarteles, comisarías, cárceles, en viviendas precarias y también en escuelas, adonde eran trasladadas esas personas para someterlas a las humillaciones más aberrantes. La historia de la Escuela Coronel Álvarez Condarco. Juan Cruz Varela De la Redacción de Página Judicial Horacio Volpe se asoma a la ventana, la abre y se cuelga una malla, acaso puesta ahí para evitar que entren pájaros. Se queda quieto. El Tano pretende que no hay un juez, ni un secretario ni una comitiva detrás suyo; relojea el entorno, se enfoca en el horizonte y cierra los ojos para que sus pensamientos viajen treinta y pico de años en el tiempo. Cerrar los ojos agudiza el resto de los sentidos. En su viaje, el Tano está estaqueado a una cama y con los ojos vendados. Hay varias personas alrededor suyo, aplicándole golpes estruendosos en las orejas, hundiendo la picana eléctrica en su cuerpo haciéndolo retorcer. Pero cuando cesa la tortura asoman los sonidos y los silencios del campo, el canto de los pájaros, el viento sacudiendo la copa de los árboles, las voces de los chicos que juegan en el patio o en la canchita de enfrente. Sabría el Tano muchos años después que ese sitio donde estuvo secuestrado y fue torturado durante una semana era una escuela primaria: la Escuela Número 185 Coronel Álvarez Condarco, ubicada entre las calles Tomás Guido Spano y General Alvarado, a diez minutos de la Plaza 1° de Mayo. El mapa de los centros clandestinos de detención, ese no-lugar donde los militares eran dueños de la vida y de la muerte de los presos políticos, está en evolución permanente. El informe Nunca Más, elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), estimaba que habían funcionado alrededor de trescientos centros clandestinos de detención en todo el país durante la dictadura; hoy se calcula que fueron unos ochocientos. Las características de esos centros, la vida cotidiana en su interior, revelan que fueron concebidos antes que para la lisa y llana supresión física de las víctimas para someterlas a un minucioso y planificado despojo de los atributos propios de cualquier ser humano. Porque ingresar a ellos significó en todos los casos dejar de ser, para lo cual se intentó desestructurar la identidad de los cautivos, se alteraron sus referentes tempo-espaciales y se atormentaron sus cuerpos y espíritus más allá de lo imaginado, describe el Nunca Más. Hoy se habla de centros clandestinos de detención, pero también de tortura y exterminio, porque se trata de sitios que fueron concebidos para el alojamiento ilegal de personas, pero también para practicar impunemente la tortura y proceder a la eliminación física de esos detenidos, a su desaparición. Eso ocurrió en Paraná, en Entre Ríos; hubo más de veinte centros clandestinos, en cuarteles del Ejército, en comisarías, en las cárceles, en viviendas precarias abandonadas y también en escuelas, adonde eran trasladadas esas personas para someterlas a las humillaciones más aberrantes. La escuelita militar La utilización de escuelas como un engranaje más en el circuito represivo no es exclusiva de Paraná, sino que se replicó en otras provincias. La Escuela Coronel Álvarez Condarco está en el corazón del barrio militar de la capital provincial, a poco más de mil metros en línea recta de los cuarteles, y ha estado ligada al Ejército desde sus orígenes. Se fundó en 1937 para garantizar el acceso a la educación primaria de los hijos de las familias militares asentadas en la zona. Su nombre rinde homenaje a José Antonio Álvarez Condarco, el ingeniero que memorizó dos caminos para que San Martín emprendiera el cruce de los Andes. En sus comienzos, estaba integrada en un sistema de mando y de control de las autoridades superiores hacia las inferiores, al punto que educación era guiada por docentes que en su mayoría tenían grado militar. Las investigadoras María Virginia Pisarello y Karen Noemí Balcar, de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader), reseñaron en un trabajo titulado La memoria y el olvido en una escuela que fue centro clandestino de detención que en las décadas posteriores a su fundación funcionó un comedor escolar, donde las niñas y los niños que concurrían recibían ropa, atención médica y odontológica en el Hospital Militar. Ese trabajo social garantizaba que las autoridades militares tuvieran un acceso privilegiado al territorio, donde desplegaban distintas estrategias control sobre la sociedad, promovían una cierta ideología y determinadas formas de comportamiento. Sin embargo, con el correr de los años, la escuela fue afianzándose en el barrio y comenzó a recibir a niñas y niñas que no tenían ninguna relación con las Fuerzas Armadas, hasta que en 1978 fue transferida a la jurisdicción provincial. Los que estuvieron ahí Según los testimonios de sobrevivientes que pasaron por allí, la Escuela Álvarez Condarco funcionó como centro clandestino de detención durante los últimos meses de 1976 y principios de 1977. En esa época también funcionó como sitio de tortura de detenidos políticos la Escuela Número 19 María Rosa Balbarrey, ubicada en Selva de Montiel y Pablo Crauzac, en la zona de Las Piedras, que fue demolida. Los sobrevivientes declararon que eran trasladados desde el Escuadrón de Comunicaciones y permanecían en cautiverio en un aula; que sus verdugos los tenían estaqueados a una cama metálica donde eran interrogados bajo tortura y que desde el lateral podían ver la cúpula de una iglesia. Recuerdan los pisos color rojo, los techos de tejas, una galería techada que debían atravesar para llegar al baño y los gritos de los chicos que jugaban al fútbol en una canchita separada de la escuela por un alambrado. Lucía distinta entonces; antigua, pequeña, apenas tres aulas; sin rejas, en una zona despoblada. Al menos cinco ex presos políticos reconocieron haber estado en ese sitio durante su cautiverio. Horacio Valentín Volpe fue detenido el 20 de octubre de 1976 en su casa, en Sauce Pinto, por un grupo de personas vestidas de civil y que se desplazaban en varios autos. Supo luego que lo trasladaron al Batallón de Comunicaciones del Ejército y después a la unidad penal. El 27 de diciembre de 1976 lo sacaron de su celda y lo llevaron a la escuela; aunque estaba a unos mil metros en línea recta del Batallón de Comunicaciones fueron en auto, un Fiat 128. Ahí lo tuvieron una semana, atado de pies y manos a una cama de fierro, con la cabeza cubierta por una capucha de lienzo que tenía los bordes descosidos, lo que le permitía ver las tejas del techo e identificar los rostros de sus verdugos: Jorge Humberto Appiani, que quiso hacerle firmar una declaración que no le permitió leer; otro que se enteró luego que se llamaba Tissera; otro de apellido Laferriere, que era del grupo de interrogadores; y al coronel Carlos Patricio Zapata. Los torturadores estaban muy preparados para eso. Estando estaqueado, una de las técnicas que utilizaban era formular preguntas entre cinco personas a la vez y, ante la falta de respuesta, te pegaban, contaría Volpe años después. Los golpes estruendosos en las orejas le produjeron una pérdida total de audición en su oído izquierdo. Hubo otros presos políticos que pasaron por la escuela. Luis Jaureguiberry, uno de ellos, recuerda que en alguna ocasión fue retirado de su celda en el Batallón de Comunicaciones y que lo llegaron al lugar de tortura para ser interrogado en forma directa. El trayecto era breve, aunque los verdugos solían dar muchas vueltas para desorientarlo, a veces duraba media hora si cabe establecer una noción de tiempo, hasta llegar a la escuela. José Luis May, que también pasó por la escuela, recuerda que, estando encapuchado, atado de pies y manos a una cama, mientras lo torturaban y le preguntaban sobre el paradero de Mario Menendez, hoy desaparecido, escuchaba la respiración asmática y entrecortada de Daniel Paduán, a quien torturaban su lado o en un aula contigua. La imagen que tengo de cuando estaba sobre la parrilla es el sonido del movimiento de los árboles y el ruido del tren, agrega Paduán. Al estar uno encapuchado y tratar de escuchar al que viene caminando para pegarle por uno u otro lado, agudiza los sentidos, ya que se está atento a los pasos o las voces de las personas que venían a pegarnos o a torturarnos, agrega Horacio Noro, que también pasó por la Escuela Coronel Álvarez Condarco. Los hechos que aquí se relatan ocurrieron en Paraná, a diez minutos de la Plaza 1° de Mayo. Cincuenta años después, la resignificación del pasado de la dictadura como parte de la historia sigue siendo una cuenta pendiente de la sociedad paranaense. La Escuela Coronel Álvarez Condarco no escapa a ello, en una lucha permanente entre las miradas que pretenden sumergir la historia en el olvido y aquellas que pugnan por la memoria.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por