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» Clarin
Fecha: 24/03/2026 09:31
Hace poco decidí volver al gimnasio. No lo había dejado del todo, pero llevaba unos años desmotivada. Iba cuando podía, sin rutina, agarraba cualquier máquina y cargaba muy poco peso. Entre mis propósitos de año nuevo estuvo retomar el entrenamiento serio, y a diferencia de tantos otros que quedaron para el 27, este lo cumplí. Me puse en manos de un preparador físico profesional para que me armara un plan basado en mi edad, peso y objetivos. El problema empezó cuando me preguntó por los objetivos, porque le expliqué que ya no tengo ninguno. Cuando era joven supe competir, ahora solo pretendo sobrevivir con salud y algo de dignidad. No debo haber sonado muy convincente, porque el tipo me puso una rutina pesada. Y en cuanto la probé, flasheé. Recordé la emoción de dar el máximo esfuerzo, el cóctel de dopamina, serotonina o lo que sea que libera el cerebro ante el ejercicio físico intenso, y el bichito de la autoexigencia me volvió a picar. Para que me entiendan tengo que explicar algunas cosas. Hubo una época en que el alto rendimiento deportivo fue el motor de mi vida. Me levantaba pensando en el turno de la mañana y me iba a dormir molida por el turno de la noche. Comía, dormía, organizaba mis horarios en función de mis entrenamientos. Y volver a cargar la barra con un peso respetable me recordó esa sensación de motivo, de propósito vital. Algo que yo encontré en el deporte, pero otros han encontrado en la política, la religión, el arte o un club de fútbol. La voluntad de dedicar la vida, incluso dejar la vida por algo, es muy tentadora. Alivia el tedio de la intrascendencia y nos pone en acción cada mañana, con más potencia inspiradora que un balde de café. Pero, como toda tentación, vivir con propósito conlleva sus riesgos. Cuando una causa lo justifica todo, se borran hasta las barreras morales. El soldado dispara por su patria, el hincha se va a las manos por su trapo, el artista se inmola por su obra, el monje se flagela por su deidad y el deportista de élite se rompe los huesos por su podio. Y todos ellos, además, van sembrando su camino de deudas: parejas que no celebraron aniversarios, padres e hijos relegados a un segundo plano en la persecución de esa zanahoria esquiva y traicionera que es la noble causa. Y lo peor viene cuando la causa te deja a gamba. Un día el club de tus amores cambia los protocolos y no podés entrar a la cancha, o tu partido político se fusiona con otro y ya no te representa, o te rompés una rodilla y quedás fuera de los torneos; y ves cómo la brillante meta que animaba tus días se aleja, dejándote tirado en este árido mundo de mortales sin propósito. En fin, esta nota debería haber sido más liviana. Me tendría que haber quedado en el cuidado del cuerpo y la moda del fitness, pero otra vez se me fugó por la tangente filosófica. Quizás el propósito de mi vida sea buscar siempre una causa superior, incluso en una actividad aparentemente frívola y superficial como ir al gimnasio. Sobre la firma Newsletter Clarín
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