Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Infancias y dictadura en Concepción del Uruguay - El Miércoles Digital

    Concepcion del Uruguay » Miercoles Digital

    Fecha: 24/03/2026 06:56

    La autora Valeria Llobet hace un recorrido y analiza el comportamiento de las infancias en la época de la Dictadura en Concepción del Uruguay y localidades vecinas; los valores reinantes y preconceptos instalados en la sociedad de entonces y sus repercusiones en esos niños ya adolescentes con el advenimiento de la democracia e incluso en las recurrentes crísis sociales que atravesaron al país hasta estos días. Este texto forma parte del libro "Siempre conmigo" de Editorial EL MIÉRCOLES, publicado en 2023 y coordinado por Américo Schvartzman. Notas relacionadas: Por VALERIA LLOBET (*) Las historias importan. Importan muchas historias. Las historias se han utilizado para desposeer y calumniar, pero también pueden usarse para facultar y humanizar. Pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla. El peligro de la historia única. Chimamanda Ngozi Adiche. Para Luisa, Chilo y Neco Zaragoza, mis vecinos de la infancia. Un giro íntimo sostiene este recorrido. El escritor francés Georges Perec, sobreviviente del holocausto que descubrió su identidad judía de adulto, señala que su tensión autobiográfica radica en la construcción de una identidad ficcional sobre la base de una ausencia, sobre la expropiación de una historia y la sensación de extranjería respecto de aquello que puede ser nombrado identidad. Lo primero que recuerdo leer fuera de mi casa es una pintada en la pared de Leguizamón y Rocamora, casi llegando al salón de Acción Católica. Decía, en pintura negra, La masacre de Ezeiza no será perdonada, acompañada de una P con una V abajo. Yo tendría 4 años, el mundo empezaba a ser legible, y ese cartel que yo no entendía me interpelaba con un signo ominoso. La primavera a veces huele a invierno, escribió Mario Benedetti. El carácter político de la infancia es un tópico relativamente bien establecido, si bien puede resultar controversial. El lugar infantil, entre las normas públicas y la vida privada, hace de la infancia un terreno fértil para múltiples proyectos. ¿Qué nos permite comprender de la relación entre la experiencia biográfica y los proyectos dictatoriales, el hecho de hacer foco en las memorias infantiles? ¿De qué maneras nos relacionamos los adultos con aquella experiencia infantil dictatorial? Hubo en Entre Ríos al menos cinco CCD en la última dictadura militar, y constan datos de entre 155 y 163 personas desaparecidas o asesinadas por la dictadura en el territorio provincial. Los principales se encontraban en las ciudades de Paraná, Gualeguaychú y Concordia. En Concepción del Uruguay, no obstante no figurar en la lista principal, se logró ubicar la existencia de un CCD permanente a una cuadra de la plaza, en la Policía Federal. La Megacausa del Río Uruguay (cuyo principal imputado, Albano Harguindeguy, falleciera impune en octubre de 2012) permitió determinar en particular, el secuestro y tortura de un grupo de adolescentes militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) en julio de 1976, y uno del Partido Comunista en 1977. En el juicio, vecinos del edificio de la Policía testimoniaron todos, sin excepción no haber visto ni escuchado nada durante aquellos años. Eran adultos entonces. Una especie de continuidad sin disrupciones parece haber marcado la vida cotidiana en la ciudad. El reconocimiento mutuo de los distintos actores permitía que se legitimara por igual un gobierno militar o uno democrático: Da la sensación de que en una ciudad como la nuestra se vivía con total naturalidad, es decir, un intendente nombrado por los milicos no tenía menos legitimidad que uno elegido por el pueblo, dijo uno de los entrevistados. De hecho, en la tapa del diario La Calle del día 25 de marzo de 1976 la fotografía central muestra al depuesto intendente peronista firmando el acta de entrega del municipio a las autoridades dictatoriales. El titular reza: Hiciéronse cargo las autoridades militares de la intendencia.2 En 2004 el Semanario El Miércoles realizó el primer informe público sobre los desaparecidos de la ciudad. Se logró reconstruir la historia de las doce personas de la ciudad cuya desaparición pudo comprobarse a ese momento, quienes se encontraban, durante los setenta, estudiando y militando en Córdoba, Rosario, La Plata, Buenos Aires. El vínculo con la ciudad natal persistía a través de sus familias. La recuperación democrática proveyó un escenario para que la aparentemente aniquilada tensión intergeneracional llevada a su pico con la radicalización política de las décadas de 1960 y 1970, reapareciera bajo la forma de intereses disidentes, de hijos que ponían en cuestión las dimensiones políticas, culturales y simbólicas del lazo filiatorio mediante su inmersión adolescente y generalizada en la primavera democrática inaugurada en 1983, al son del rock nacional. Algunas de esas familiasal menos cuatro de ellas se abocaron a la infructuosa búsqueda de sus hijos o hermanos ausentes, otras nunca ocultaron la desaparición de alguno de sus miembros. Otras lo mantuvieron en silencio hasta la reapertura de los juicios en el año 2004. No obstante, como señaló otro de los entrevistados: en Uruguay, desaparecidos no hubo hasta hace poquito, hasta que se empezó a investigar. Esa investigación fue, también, un emprendimiento generacional. Quienes fuimos niños durante la dictadura ingresábamos a la adultez marcados a fuego por la década de la impunidad y la corrupción menemista, y la debacle social, política y económica del 2001. Atravesar esas experiencias nos permitió volver sobre la memoria infantil con nuevas preguntas y nuevas urgencias. Si la generación de los hijos con puntitos emergió a la vida política desde su desamparo en la mitad del menemismo, cuando nadie, excepto los partidos de izquierda y los organismos de derechos humanos, sostenía un debate sobre la dictadura, la generación de los niños normales que atravesó la primavera alfonsinista en los centros de estudiantes, las militancias universitarias, las militancias piqueteras, o el mentiroso confort del uno a uno durante la década menemista, se enfrentó a la radicalización de la democracia de base y a su propia experiencia biográfica con una deuda personal por saldar. Nos enfrentamos, también, a las preguntas de nuestros propios hijos: Mamá, ¿dónde estabas vos cuando fue el golpe? En los 70, esta zona de Entre Ríos era aún un mutante entre ciudad y campo, cuyo aislamiento del resto del país sólo empezaba a revertirse con la apertura de los puentes, el complejo Zárate-Brazo Largo en noviembre de 1977. Desde muchos lugares de la ciudad de la infancia se podían ver todavía los anchos y lentos atardeceres de las lomadas mesopotámicas. Lo que luego fue nombrado como la ruta de la muerte por la apertura al comercio internacional con la fundación del Mercosur y la llegada de los Scania brasileños, era una ruta vecinal en la que se turnaban morosamente tractores, sulkys, viejos Ford T. Más allá, hacia el oeste, Colonia Elía, Primero de Mayo, Caseros, los pequeños pueblos chacareros: La ciudad para el campo estaba más lejos en aquel momento. Vos para venir a Uruguay programabas, era toda una salida, una ceremonia, y no venías todos los días, amontonabas las cosas que tenías que hacer y venías cada tanto, recuerda Jorge. El mundo de la infancia era ancho. Era la época de salir a la vereda cuando te abrían la puerta a las 3 de la tarde, pasada la siesta, y volver cuando caía el sol cuenta Verónica. Las calles y veredas exudaban niños jugando, y en algún momento entre primero y tercer o cuarto grado la mayoría comenzaba a ir a la escuela sin la compañía de adultos. La siesta se poblaba de seres mágicos el Viejo de la Bolsa, la Solapa o seres marginales el Chinito, Nicolita que delimitaban el territorio de autonomía infantil y con ojos amenazantes reemplazaban la vigilancia de los ausentes adultos conocidos. Los cambios de revistas en los garajes, salir a andar en bicicleta a la Costanera, perderse en las modestas barrancas sobre el río, el robo de mandarinas y nísperos, puntuaban una infancia contenida en una ciudad ordenada: Ordenada es lo primero que se me viene a la mente. Pero no sé a qué obedece mi respuesta, puede tener que ver con la repetición del viejo cuento, pero sí era más ordenada. También era más ordenado leer el único diario que existía y eso no implicaba que era mejor, porque lógicamente vivíamos la única cara de la moneda. () aquel orden tranquilizaba a las personas y eso se notaba. La gente vivía con cierta tranquilidad por tener la casa ordenada dice Verónica. Florencia Levín escribió que los rasgos autoritarios de la sociedad dieron lugar a diversas actitudes de consenso y consentimiento implícito y explícito a los objetivos del régimen, omitiendo incluso el cuestionamiento por su metodología represiva.3 Antes aún, Guillermo ODonnell señaló la continuidad entre autoritarismo societal y autoritarismo político.4 Las memorias infantiles retratan unos hogares y unas relaciones sociales atravesadas por el conservadurismo moral, y una ciudad territorial y socialmente dividida, una ciudad con fronteras internas fuertemente policiadas. En esas micropolíticas del control social niños y niñas eran activos y conscientes. Las reproducían, las criticaban en silencio o las padecían, pero en ningún caso la sociabilidad autoritaria del pueblo les/nos era ajena. Vivir más allá o más acá del boulevard, ser un negro de Villa Las Lomas o un gurisito de los barrios, configuraban restricciones a la sociabilidad, tramadas en la densidad de las desigualdades sociales y la lógica del peso de los apellidos. Las jerarquías eran producidas y reproducidas por las políticas de la ciudad. Servicios públicos limitados y restringidos al centro, una lenta e insuficiente política de urbanización, contribuían a hacer de la ciudad ordenada, una ciudad para pocos. Como decía Marcelo, El imaginario nuestro era que la plaza no era nuestra, era de otros. Que no se nos escape la imbricación entre el aparente orden del autoritarismo y las divisiones sociales que establecen desigualdades y exclusiones. Los proyectos dictatoriales argentinos de las décadas de 1960 y especialmente de 1970, otorgaron un papel cardinal a la infancia y a los niños. A los niños normales, de familias normales, les era dirigida una interpelación directa destinada a restaurar un orden moral y social en el (re)asumieran un papel subordinado en las relaciones intergeneracionales, y su comportamiento legitimara la autoridad parental, la autoridad del padre. Los niños estaban en el centro de la agenda política como actores sociales del reordenamiento social buscado por la dictadura, como símbolos de la re-tradicionalización que la dictadura esperaba lograr, a partir de la restauración del orden intergeneracional quebrado por la juventud politizada de los sesenta y setenta. La educación, la formación y la purificación de aquella generación de niños comunes en familias normales, que no hicieron parte de la política revolucionaria, constituía entonces un núcleo político central del establecimiento de la nación como familia. Desde finales de la década de 1960, y con fuerza en la última dictadura militar,una parte importante de los discursos de la lucha antisubversiva se encaminaba a la supuesta defensa de la nación, la familia y la moral, concebidos como valores atemporales y fijos asociados a una visión católica, tradicional y autoritaria. Múltiples fueron las formas en que ello se evidenciaba, desde las declaraciones de jerarcas militares alrededor del papel de la escuela, la censura de libros de texto, la incorporación de militares como profesores deeducación física, la implementación de Gendarmerías Infantiles, y más en general, un texto moralista que señalaba la importancia de la autoridad paterna y la afectividad moralizante de la madre reunidos en un hogar en el que no se hable de política. La escuela se transformó en un campo de batalla, en el que los niños normales debían ser formados: Los niños y jóvenes constituyen la tierra donde se arraiga la subversión, decían las autoridades educativas. El Consejo Federal de Educación estableció en setiembre de 1976 los objetivos para el plan nacional de educación alrededor de la unidad y estabilidad familiar, y se comenzó a dictar la materia Educación Moral y Cívica (2/4/76), cuyo foco era la legitimación del tradicionalismo católico autoritario. Y como señalara Jorge Fraga, ministro de Bienestar Social en una nota a La Nación del 16 de febrero de 1979: consideramos que el niño es la consecuencia de la familia () los males de un niño son, en un 90 por ciento, consecuencia de una mala familia. La mala familia era, en el terreno socio-cultural, una familia de alguna manera diferente. Las jerarquías sociales del pueblo contribuían a fortalecer esa apelación a una determinada normalidad familiar, marcada por perspectivas de clase, de género y morales. Tal idea de normalidad aparece en las y los entrevistados como un lugar común, casi un recurso para comenzar el relato. Padre cabeza de familia, madre ama de casa, constituyen una estructura recurrente, incluso si no real. En efecto, las narrativas muchas veces muestran pliegues y densidades entre una enunciación normalizada y aquello singular que, en silencios, afectaciones, dudas, excede el estereotipo. Los relatos abundan en anécdotas de la laboriosidad, el sacrificio, la moral obrera del padre parco que hizo la casa con sus manos (como señaló Oscar), cuya palabra empeñada era más valiosa y firme que un recibo, que transmitía que irse de vacaciones era de vagos (como dijo Marcelo), el autodidacta laburador que fue avanzando en la vida desde comenzar en un trabajo muy rústico (tal recuerda Verónica a su padre). Una masculinidad encargada de proveer al hogar y sin responsabilidades en la crianza más que cuando fuera necesario un reto ejemplar, que encarnaba los valores de ascenso social mediante el sacrificio, la superación personal y la colocación de los intereses familiaresla educación de los hijos, la casa propia, el plato de comida que nunca faltópor sobre otros. El esquema de familia tradicional se completa mayormente con madres amas de casa, ocupadas de los quehaceres domésticos y del cuidado infantil. Sólo dos madres tienen otros intereses (literatura una, danza la otra), por más que fueran más las que trabajaban de manera asalariada, en la docencia, la enfermería, el comercio. Las imágenes de las madres alrededor de las tareas domésticas tienen, por supuesto, la impronta de la perspectiva del contacto de los niños con ellas alrededor de las tareas escolares y la comensalidad, pero permiten recuperar una idea de domesticidad femenina muy marcada. La imagen materna rememorada críticamente por las mujeres es la de una mujer de su casa, siempre preocupada por qué van a decir los vecinos (Marcela), que sólo justificaba sus salidas en razones instrumentales o mediante el salvoconducto de llevar a los hijos. Dudas, insatisfacciones, tensiones, eran percibidas como peleas de la pareja conyugal o como incierta diferencia, una inadecuación entre la madre típica y la madre propia: Mi vieja era bailarina de folclore y esas cosas, de chica había sido baterista o sea, reloca para el pueblo (María José). La connotación sexual que adquiere esta referencia, ser reloca, la maternalización de las mujeres y la masculinidad doméstica, la heterosexualidad como norma y única identidad sexual visible, se veían reforzadas por un contexto dictatorial en que las decisiones privadas tenían notable visibilidad. Eran objeto de velada crítica en las densas relaciones pueblerinas, pasibles de consecuencias sociales en la vida infantil, sobre todo para las niñas: ser la hija de padres separados o de la madre reloca era ser la niña a la que no se invita a merendar, la niña de la que mejor no ser amiga. Hijos e hijas reflexionan sobre esos valores como aquellos rasgos a partir de los cuales construir una identidad adulta mediante estrategias de diferenciación, que cuestionan el autoritarismo y la doble moral. Desde allí, el análisis de los hijos sobre la posición que madres y padres sostuvieron respecto de la dictadura está mediada por la afectividad entramada en las relaciones paternofiliales, y por la sensibilidad política de las y los sujetos. Pero también adquiere matices específicos alrededor de eventos contingentes y peculiares de la trama familiar (tales como el divorcio de los padres, la muerte de algún familiar, o el nacimiento de un hermano/a) la edad de los padres en el presente o su duelo, y en general, las formas de ejercicio de la maternidad y la paternidad. Hay quienes retratan a sus padres viviendo en un frasco, ajenos e ignorantes de lo que estaba aconteciendo. Otros los recuerdan mirándose el ombligo, en un gesto que privilegia el interés personal. Estos padres aparecen, en los recuerdos, abocados a la vida cotidiana, y sus preocupaciones se vinculaban antes con los avatares de la economía que con la violencia dictatorial. En los relatos de los y las entrevistados, se construye la idea de que, para muchos de los padres, el temor se había localizado en el tiempo previo a la dictadura, que media entre 1968 y 1975, con su pico de violencia a partir de la muerte de Perón y el inicio de los asesinatos a militantes populares por parte de la Triple A. Con la dictadura, el mundo parecía haber vuelto a la normalidad, como enunciaron varios entrevistados. Jorge, que tenía 7 años al momento del golpe, habla de su padre enfocado en las fluctuaciones de los precios que afectaban su labor como chacarero y comerciante. Lo describe como el típico hombre que se preocupaba por llenar los zapatos de la función del proveedor, circunscribiendo la esfera política a la participación en la cooperativa eléctrica del pueblo. Las imágenes del entonces ministro de economía Martínez de Hoz y las referencias a la 1050 llenaban la vida hogareña. En su casa, la cotidianeidad se construía políticamente alrededor de las decisiones económicas del gobierno, y se evaluaban los impactos en el trabajo, el campo, la cosecha. Ese estar en un frasco, desentendido de los acontecimientos políticos,también era propio de su posición como dueño del almacén de ramos generales que funcionaba como bar para los paisanos, y que por lo tanto invitaba a ser reservado con sus opiniones para mantener a la clientela. La descripción es similar a la que hace Marcelo, Laura, María José, Marita, María Laura La mayoría de los entrevistados varones y algunas mujeres hablan de sus padres con afecto distanciado. No fue un mal hombre, su relación no tuvo conflictos importantes, pero vivieron mundos irreconciliables. En este terreno, la desvinculación del padre respecto de la dictadura es, para la mayoría, mucho más una consecuencia natural de sus preocupaciones cotidianas que una posición de ignorancia activa. Por su lado, Laura, que tenía 5 años en marzo de 1976, señala la ambigüedad de la posición de sus padres: Mis viejos no han estado muy en desacuerdo con la dictadura. Me parece más de los que pueden llegar a decir bueno, no fue tan así, no hubo tantos desaparecidos. Yo me peleaba con mi viejo por ese tipo de frases y él era de decirme ¿Qué sabes si no lo viviste?. Entonces, por eso te digo, era tal vez una familia que no te inculcaban nada, ni te bajaban línea, pero tampoco respetaban tu forma de pensar. Para ella resulta controversial sobre todo que su padre no reconozca la legitimidad de su posición y de su experiencia. Algunos entrevistados colocan la memoria de la infancia en un pasado melancólico: Crecimos en un mundo que ya no existe, cerca de los padres y centrando su interés en la reproducción de la vida cotidiana. Otros, a medio camino entre una infancia melancolizada y un pasado que sirve de testimonio al presente, dan peso ético a las decisiones sobre la transmisión, procuran alentar en sus hijos una apreciación de las posiciones militantes o rupturistas con las que construyeron sus posiciones identitarias. Otros finalmente señalan el carácter paradojal de ese pasado, despreocupado y protegido, pero ensombrecido por el terror, como señaló una entrevistada: Eso era lo normal y como los momentos de felicidad y demás discurrían en medio de todo eso, entonces, no daba como para pensar. La casi totalidad de los entrevistados relataron algún momento crítico en su problematización durante la infancia, de lo dictatorial. Gustavo, que viajó con su padre a Buenos Aires, fue involuntario testigo de un operativo represivo, donde un auto se cruzó delante de otro, en la Plaza Almagro, y empezaron a escucharse tiros, y mi viejo me tiró al piso, y Américo se conmovió al escuchar en un bar que un parroquiano insultara a Videla: Nadie me había dicho que una cosa es el presidente de hecho y otra el de derecho, para mí era el presidente y que un tipo lo puteara era imposible, y mi viejo no dijo nada. Sólo tres padres, de Marcela, Gustavo y Oscar, se manifestaban abiertamente en contra de la dictadura. Cuando tuvo lugar la visita de Videla como presidente de facto a la ciudad, las madres de Fátima y Marcela, y el padre de Laura, las llevaron a la plaza a saludar al presidente. María José, que señala el desconocimiento y desinterés de sus padres por otra cosa que no sea la música, recuerda haber convivido con Aníbal Sampayo, músico uruguayo amigo de su abuelo y militante popular que había huido de Uruguay para salvar su vida, y con la Colorada, una uruguaya cuyo esposo, militante del Partido Comunista, había sido apresado y torturado por militares argentinos. Pedro siempre supo que la hermana del Pepe estaba desaparecida, y Oscar, recuerda a su madre permitiendo a unos vecinos Testigos de Jehová realizar el culto prohibido por la dictadura en su casa. Jorge recuerda escuchar en el bar, sin ser notado, las conversaciones nocturnas de los parroquianos, plagadas de comentarios políticos a media lengua. Marcelo, que visitaba las casas de unos vecinos, y hallaba sorpresas como una biblioteca con tesoros a los que podía acceder, donde descubrió, en la historia de la resistencia en la Segunda Guerra, que los guerrilleros podían estar del lado de los buenos. Lo no sabido era desafiado por los entonces niños, y si bien un supuesto pleno sentido, una suerte de saber total sobre el hecho, permanecía incierto (del mismo modo que para la mayoría de los adultos) la dictadura adquiría textura cognitiva, moral, emotiva y política. La minucia del recuerdo de la vida cotidiana y los modos de procesar lo dictatorial en lo mínimo la certeza del peligro de recortar la palabra guerrilla en una tarea escolar, la indicación persistente de no levantar paquetes del suelo por temor a que sean bombas, la disciplina escolar mimetizando la rigidez militar son recordados como instancias relevantes, y así, son recortados de la masa continua de los gestos cotidianos. Asimismo, los gestos de apertura de padres a la emergencia de lecturas propias sobre estos sucesos, fueron mojones que permitieron reconstruir más adelante la trama filial: ese momento de coraje cívico menor y de instante respetuoso con los hijos se constituyó en catalizador de un reencuentro afectivo entre adultos. Desde su peculiar perspectiva los entonces niños fueron capaces de distinguir las relaciones cotidianas en su densidad autoritaria, y su articulación con la moralidad común. En particular las mujeres señalaban la estricta regulación sobre la sexualidad femenina que convivía con una enorme permisividad y ninguneo de las agresiones callejeras. Todas las mujeres entrevistadas relatan, alrededor de los 11 y 13 años, haber vivido alguna situación de acoso callejero, desde el exhibicionismo hasta el toqueteo, que sólo generó retos a ellas o bien un silencio que vivenciaron como cómplice. También registran la prohibición de la amistad con las niñas marcadas como indeseables. Asimismo, todos recuerdan las formas de establecimiento de regulaciones sobre el cuerpo encarnadas en prácticas escolares, por ejemplo, en la instrucción de marcha militar, que todos recordaron como inscripta orgánicamente (izquierda,izquierda, izquierda-derecha-izquierda), en la distancia apropiada entre los cuerpos en los patios escolares, la constitución de lo femenino y lo masculino en las prácticas deportivas, en los modos disciplinares, en la textura moral de la gramática escolar, en la presentación en el espacio público, en las regulaciones del pudor y la moral en el vestido, en las imágenes de los cuerpos femeninos en el cine y las revistas, etc. Estas regulaciones corporales y las jerarquías y distancias generacionales, los modos de actuar la autoridad, son recordadas por la mayoría de las y los entrevistados como instancias de emergencia de un sentido de injusticia (cuando entré en la escuela me di cuenta de que existían las diferencias sociales, dijo un entrevistado), y son rememoradas como un orden social ya perimido, marcado por la violencia, la hipocresía y la doble moral. Y esa diferencia en el valor del recuerdo en contraste con el presente, se vincula con la posición política respecto de la dictadura y más en general, respecto del orden social. Pero lo interesante de ello es que, lejos de ofrecerse como una mera manipulación desde el presente, esos recuerdos muestran la complejidad entre el trabajo de memoria, la ideología, y la experiencia infantil. Ninguna de esas dimensiones es capaz de hacer desaparecer a la otra. Todas dejan su rastro visible. Los lugares en que los entonces niños accedieron a momentos, datos, informaciones y perspectivas que eran contradictorias con la información oficial exceden el ámbito familiar o escolar. Estas modalidades de acceso a la información política y social muestran niños activos en la comprensión del mundo, capaces de capturar de manera independiente los indicios que si bien no pudieron ser plenamente comprendidos entonces, de todas maneras son claves para rearticular el posicionamiento que ellos mismos tendrán sobre la dictadura apenas comenzada la escuela secundaria, y les permitió cimentar una distancia crítica con el desconocimiento que alegaban los padres, o bien, en algunos casos, apoyar el posicionamiento familiar. A las miradas evaluativas de las posiciones parentales se agrega así el propio conocimiento sobre la dictadura, para abrir preguntas sobre la inscripción en una genealogía y la reconstrucción, como adultos, del lazo filiatorio. Sobre estas evaluaciones pesan así no sólo la memoria colectiva y los debates políticos del presente. También impacta la historia de la relación filial, ya sea la continuidad amorosa con los padres, o el distanciamiento más o menos extremo con madres y padres a partir de vínculos percudidos por el autoritarismo, la frialdad, la falta de sensibilidad que los entrevistados atribuyen a sus mayores, los conflictos adolescentes irresueltos. La ponderación política del contexto dictatorial, y la toma de posición respecto al mismo no se concretó en un único tiempo, requirió de iteraciones, y de la narrativa histórica provista por la recuperación democrática. Las huellas precedentes, huellas significativas y densas, fueron reordenadas en una narrativa histórico política, ya no como experiencias singulares sino compartidas, a partir de la narrativa colectiva que proveyó, sobre todo, la labor de la Conadep estableciendo la magnitud y profundidad de la represión en el contexto de recuperación democrática. Narrativas que forzaron una nueva interrogación a partir de la presencia de los organismos de derechos humanos en la escena pública, de los cambiantes discursos institucionales sobre la dictadura, y de la participación juvenil en la multipartidaria, los centros de estudiantes y en organizaciones autogestivas como la Cooperativa Itapé. 5 En ese escenario de primavera alfonsinista coincidente para la mayoría con el ingreso a la secundaria, una marca generacional importante radica en un distanciamiento de los padres que no tenían interés en la política o que justificaron la represión. Preguntas inapropiadas en la mesa familiar, interés en noticieros televisivos, y una incipiente y a veces resistida incorporación adolescente a la actividad política jalonan la sensación de distancia, puntuada por frases insistentes: ¿De dónde saliste vos?. La recuperación democrática proveyó un escenario para que la aparentemente aniquilada tensión intergeneracional llevada a su pico con la radicalización política de las décadas de 1960 y 1970, reapareciera bajo la forma de intereses disidentes, de hijos que ponían en cuestión las dimensiones políticas, culturales y simbólicas del lazo filiatorio mediante su inmersión adolescente y generalizada en la primavera democrática inaugurada en 1983, al son del rock nacional. Con ese movimiento se crean problemas a la hora de pensar lo infantil y su memoria. Como adultos, se preguntan, al igual seguramente que cada nueva generación, qué hicieron los padres frente al predicamento que les tocó vivir, y qué harán sus hijos con esta memoria. Para culminar, quisiera remarcar algunas cosas. En primer lugar, hay una reinterpretación de la historia de la propia infancia a lo largo del trabajo biográfico, en los contextos culturales y políticos cambiantes en los que se inscribe tal trabajo. Es así posible dar cuenta del reordenamiento de las categorías de autoridad parental e infancia, que articulan nuevos modelos sociales. En ellos, la crítica al autoritarismo y a la pasividad paterno/materna durante la dictadura constituye un punto sustantivo en la configuración de los posicionamientos de los hoy adultos. Si muchos entrevistados señalan el carácter emocionalmente distante, autoritario y hasta violento de sus padres, en continuidad con el tono moral de la época, y la relación con ellos como basada fundamentalmente en el miedo, el ocultamiento, la mentira y el irrespeto, también dirán que su propio posicionamiento como madres y padres se construye hoy enoposición a esas prácticas. Así, aparecen como sujetos activos en la transformación histórica de las concepciones sobre los niños como sujetos con voz y capacidad de decisión, y en la transformación de las prácticas de crianza y de las representaciones del rol parental. En segundo lugar, la comprensión del contexto sociopolítico emergía en espacios liminares o intermedios, incluso mediante estrategias de invisibilización y ocultamiento que los niños desplegaron ante el mundo adulto o a la autoridad de algunos adultos. Niños y niñas encontraban en las distracciones, en las dudas y los silencios cargados, en las contradicciones de sus padres, el acceso a un conocimiento del contexto histórico que era negado o silenciado. Esto es, la relación de poder intergeneracional adquiere un carácter oposicional. En efecto, antes que apoyarse en madres y padres para obtener información y acceder al conocimiento, los entonces niños actuaron contra la autoridad adulta, a sus espaldas, y en sus zonas ciegas, y allí construyeron su posición. En tercer lugar, las dimensiones éticas, emocionales y subjetivas de la experiencia, muchas veces tienen un peso determinante en el des/conocimiento, pero sobre todo en virtud de las relaciones intergeneracionales en las que se traman, antes que en la edad de los niños o en la supuesta manipulación de los adultos. El juicio crítico y distanciado que puede resultar nítido respecto de los crímenes del aparato represivo se ve complicado al llegar a las minucias concretas en que se desplegaba la dictadura en la vida cotidiana, con su tono menor, en especial en una ciudad en la que la violencia política no había tenido gran centralidad. Aquí, las relaciones intergeneracionales y paternofiliales ponen de relieve el tono afectivo y el valor identitario de las interpretaciones políticas y éticas sobre el pasado, y al hacerlo, contribuyen a desestabilizar los límites entre lo privado y lo político. En cuarto lugar, y derivado de lo anterior, es posible problematizar la política del conocimiento de los hechos, en tanto este no se alcanza en un momento del desarrollo ni es una capacidad individual, sino que se trata de una resultante de procesos sociales y políticos y de las experiencias subjetivas, en una temporalidad ni lineal, ni progresiva ni secuencial. Al contrario, el conocimiento en las narraciones aparece tramado en relaciones sociales, en una pluralidad de ámbitos de socialización controvertidos, y en diferentes momentos de la vida. La sutileza de la mirada infantil, localizada a la altura del zócalo, en los intersticios del acontecer político, lejos de ser una mirada ciega, inocente o ingenua, es una mirada dispuesta a descubrir el mecanismo del mundo. La narrativa autobiográfica muestra aquí su densidad política. No toda huella es materia de tal politicidad, pero sí parece posible señalar que la tramitación de las experiencias infantiles requiere de un sujeto crítico que las haya inscripto en primer lugar. Esto es, su carácter político es impreso o no por el sujeto infantil en el modo de dotar de valor a esos recuerdos menores, cuyo sentido pleno se le escapan, pero que son recuperados a posteriori, y confluyen en construir el lugar de enunciación del sujeto, ya adulto, y van a cimentar la articulación de nuevos modelos de identidad, de paternidad, maternidad, y autoridad familiar. Los entonces niños son retratados en las narrativas retrospectivas, como sujetos capaces de desplegar estrategias específicas para aumentar sus campos de acción, sus trayectorias por fuera del control adulto y dictatorial, y en esas mismas estrategias desplegaron una capacidad crítica que cimentó las transformaciones biográficas que ellos mismos encarnaron. Las narrativas recuperadas en esta investigación se conciben como testimonios en el sentido subjetivo, son narrativas identitarias en un sentido político y ético. No se trata de una generación postdictadura, en el sentido de una generación posterior. Constituye una generación configurada en torno de la experiencia histórica compartida. La memoria, inscripta en la tensión entre ese espacio de experiencia y el horizonte de expectativas, entre pasado, presente y futuro, entre biografía y sociedad, implica el trabajo de reinscribir los sentidos del pasado, recuperar huellas que derivan en derroteros otros, señalizar los modos en que se resolverá el conflicto sociopolítico, ético y subjetivo que implica revisar el pasado dictatorial y su trama intrafamiliar en tanto supone el posicionamiento de madres y padres en aquellos años, y posicionarse ante ello. Implica sostener las implicaciones de la pregunta: Y yo, ¿dónde estaba entonces?, que enunció Laura. En tal sentido, la infancia, en la tensión con el conflicto político, no es sólo un emergente de las mediaciones familiares. En los 70, esta zona de Entre Ríos era aún un mutante entre ciudad y campo, cuyo aislamiento del resto del país sólo empezaba a revertirse con la apertura de los puentes, el complejo Zárate-Brazo Largo en noviembre de 1977. Implica, como problema del adulto, una puesta en sentido del pasado y la identidad. O del pasado en la identidad. El carácter imponente de la violencia política y el carácter datado del estado dictatorial pueden hacernos perder de vista continuidades y discontinuidades más sutiles que persisten en recodos singulares y biográficos. Es una pregunta por nosotros. ¿Qué hacemos, nosotros, con esto? Quiero agradecer enormemente a Marcela, Verónica, Jorge, Oscar, Pedro, Marcelo, Gustavo, Laura, S., María José, Américo, Marita,María Laura, Natacha, Gabriel, por compartir memorias y fragmentos del pasado, y a Valentín Bisogni por la generosidad con que compartió su archivo. Abajo, el ejemplar de La Calle del 25 de marzo de 1976. Archivo de El Miércoles. En la imagen siguiente, la portada del viernes 26 de marzo. *************************************** 1 Este texto es una reescritura parcial del artículo ¿Y vos qué sabés si no lo viviste?. Infancia y dictadura en un pueblo de provincia, Revista A Contracorriente. Johns Hopkins University. Vol 12. Nro. 3 Spring, 2015 y del capítulo Infancias en debate. Las experiencias infantiles durante la última dictadura argentina. En Fonseca, Claudia; Medaets, Chantal y Fernanda Bittencourt Ribeiro: Pesquisas sobre Família e Infancia no Mundo Contemporaneo. Porto Alegre, Editora Sulina, 2018. 2 Archivo personal de Valentín Bisogni 3 Florencia Levín, Arqueología de la memoria. Algunas reflexiones a propósito de los vecinos del horror. Los otros testigos, Entrepasados. Revista de historia 28 (2005): 4763. 4 Guillermo A. ODonnell, Democracia en la Argentina: Micro y macro. Helen Kellogg Institute for International Studies (Notre Dame: University of Notre Dame, 1983). 5 Entre 1977 y 1978, con los centros de estudiantes prohibidos y el movimiento estudiantil bajo la represión, un grupo de estudiantes universitarios y terciarios comenzó a reunirse en torno a la conformación de una cooperativa de estudiantes y docentes, alternativa legal en el momento y enraizada en la fuerte tradición cooperativista entrerriana. La iniciativa partió de Carlos Fagnoni (UTN), Guillermo Vázquez (UCU), Margarita Presas y Bettina Scotto (Escuela Normal) y Jorge Vanerio (UCU). Se juntaron firmas en las instituciones educativas de la ciudad y el aporte fundacional lo realizó la Cooperativa de Farmacéuticos, que también aportó al sostenimiento de la cooperativa Itapé durante toda su actividad. Militantes socialistas y comunistas se sumaron, y se organizaron actividades de apoyo escolar, compra y venta de libros y útiles escolares, guitarreadas y fogones, que, sumado a su práctica organizativa democrática, configuró a la Cooperativa Itapé como un refugio en tiempos horrendos. Funcionó hasta aproximadamente 1992. (*) Es doctora en Psicología por la UBA e investigadora principal de Conicet en el Laboratorio de Ciencias Humanas de la UNSAM. Sus temas deinterés son las políticas y los derechos de la infancia con perspectiva de género. (**):Imagen de portada: Ilustrativa. Esta nota es posible gracias al aporte de nuestros lectoresSumate a la comunidad El Miércoles mediante un aporte económico mensual para que podamos seguir haciendo periodismo libre, cooperativo, sin condicionantes y autogestivo. |

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por