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Fecha: 23/03/2026 10:41
250 años: la riqueza de las naciones 23/03/2026 Por Sergio Dellepiane. Profesor universitario en UCA Universidad de Bologna Hace nada más que 250 años atrás, Adam Smith publicaba por primera vez lo que para muchos es la obra más relevante de la historia del pensamiento económico. En términos sencillos, lo que el Padre de la Economía Moderna propuso, no es otra cosa más que de sentido común, a través de la observación, reflexión y análisis de los acontecimientos sociales y productivos de su época. Es decir, el sistema naturalmente libre de los intercambios entre semejantes que son libres para elegir y decidir qué hacer con sus talentos, su tiempo, su trabajo y su propiedad. Esta simbiosis es la genera lo que llamamos un orden espontáneo, no dirigido por ninguna autoridad que, de suyo (si se dejara actuar sin impertinencias ni imposiciones dirigistas), sólo conduce a incrementar la prosperidad del conjunto. No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que pone en su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas No es otra cosa que la famosa Mano invisible que permite a los individuos estar mejor en base a un orden de colaboración voluntario en vez de ser dirigidos y arriados hacia un destino incierto y no deseado libremente, pero decidido por los iluminados de ocasión como el único posible. La filosofía intrínseca propuesta por el autor de esta obra cumbre, se fundamenta en lo que llamó igualdad de permisos o de dignidad similar entre semejantes, siendo esencial para superar la situación de misera generalizada en que vivía la Europa del S.XVIII. La revolución industrial capitalista permitió una mejora inmediata en la calidad de vida de las masas pauperizadas. Desde la caída del Imperio Romano en el 476 de nuestra era hasta bien entrado el S.XVIII, la calidad de vida del trabajador casi no tuvo mejora alguna. Hasta el 1800 el 18% de los niños moría durante su primer año de vida y sólo el 69% restante llegaba a la edad de 15 años. Esta dramática realidad afectaba a todas las clases sociales. La Reina Ana, que murió en 1714 a los 49 años, transitó por 17 embarazos y ninguno de sus hijos nacidos vivos la sobrevivió. Hasta 1850 tanto en Inglaterra como en Francia, la cantidad de calorías consumidas diariamente por una persona promedio resultaba insuficiente para cubrir sus necesidades básicas de energía requeridas. La pobreza en los campos era tan extrema que la gente vivía hacinada en pequeñas construcciones de barro y paja, soportando olores nauseabundos de la propia convivencia que multiplicaban no sólo las plagas que los asolaban sino también roedores que pululaban en la suciedad repugnante que los cobijaba. La pieza central de la habitación era un gigantesco armazón de cama, apilado en alto con colchones de paja, todo pululando de alimañas. Todos dormían allí, independientemente de la edad o el sexo abuelos, padres, hijos, nietos y gallinas y cerdos- y si una pareja decidía disfrutar de la intimidad, los demás eran conscientes de sus movimientos. En verano, incluso, podían observar. Si un extraño pasaba la noche, la hospitalidad requería que se le invitara a ser uno más en el colchón familiar W. Manchester (1922 2004) Los datos post revolución industrial muestran una realidad diferente. Entre 1841 y 1901 la expectativa de vida de los hombres se incrementó en un 20% y la de las mujeres en un 24%. La alfabetización, que era menor al 65% tanto para hombres como para mujeres, superó el 90%. Thomas Jordan (1963 ) combinó diferentes métricas tales como tasa de mortalidad, nutrición, salario, tamaño del hogar, etc; concluyendo que entre 1840 y 1900, la calidad de vida se duplicó en 60 años. En el mundo agrícola, los niños sobrevivientes trabajan casi sin excepción, para contribuir a la manutención del hogar. Fue la innovación tecnológica, gestada por la destrucción creativa, y no la prohibición de las leyes sobre el trabajo infantil, lo que hizo que éste terminara desapareciendo por hacerlo innecesario. Si antes de la era industrial, las muchachas jóvenes de hogares humildes trabajaban en malas condiciones y casi sin salario como empleadas domésticas en casas de ingresos medios y altos; la industrialización con la división del trabajo y la multiplicación de la productividad les permitió acceder a salarios mejorados y regulares con jornadas más limitadas, razones más que suficientes para modificar su calidad de vida. No ha habido una fuerza más liberadora para las masas y la humanidad toda que el capitalismo propuesto y sistematizado por A. Smith en LA RIQUEZA DE LAS NACIONES. Lo esencial, en mi opinión, es que, para el autor, el mercado sólo puede funcionar si está inmerso en un marco de virtudes y regla sociales. El interés propio no es egoísmo (buscar el bien propio dañando a otros) sino que consiste en perseguir el bienestar personal lo que es moralmente válido porque motiva a las personas a ser productivas y a ofrecer cosas útiles a los demás. La Justicia como virtud negativa es uno de los pilares fundamentales sin el cual la sociedad se desmorona. La define como el deber de no dañar al prójimo, a su propiedad o a sus contratos. Sin esta garantía, el comercio y los intercambios de derechos de propiedad serían imposibles. Aunque el mercado permanezca anónimo, los individuos actúan bajo la mirada de un espectador imparcial que juzga si sus acciones son correctas dentro del marco de convivencia de la comunidad. Esta conciencia modera las ambiciones para que no traspasen los límites de la decencia y la Ley vigente. Afirma taxativamente que cada persona tiene el derecho moral de emplear su capital y su trabajo de la forma que crea más conveniente. Cualquier intervención estatal que coarte dicha libertad es considerada, no solo como ineficiente, sino directamente injusta. El propósito último de la Economía (la administración de lo propio), no es la acumulación de oro sino, proporcionar bienestar y riqueza a la comunidad, especialmente a los más necesitados. Una sociedad donde la mayoría es miserable no puede ser considerada moralmente exitosa ni feliz. El bienestar general proviene del bienestar individual, de su progreso y mejora en la calidad de vida de cada uno de los individuos. En definitiva, la libertad económica no es un fin en sí mismo, sino el único medio moralmente válido para alcanzar una sociedad floreciente y satisfecha. LA RIQUEZA DE LAS NACIONES necesita ocupar un lugar central en las bibliotecas y sobre todo en las mentes, de todos quienes pretendan opinar con fundamento sobre la compleja realidad económica que la vida del mundo atraviesa a cada momento de su existencia. El libro más grande jamás escrito sobre la vida económica AMARTYA SEN (1933 )
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