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» Clarin
Fecha: 23/03/2026 09:41
Donald Trump ha demostrado en su segundo mandato que le interesa mucho más fortalecer su poder y el predominio de las grandes empresas estadounidenses que cualquier otra cosa. Ya sean las normas del derecho internacional, los organismos multilaterales o los acuerdos establecidos. Su dinámica, regida por la consigna America First, esto es: Estados Unidos (EEUU) primero, implicó subas arancelarias, intervenciones en los asuntos internos de otros países, exigencias y penalizaciones que descolocaron la posición de antiguos aliados, como la Unión Europea (UE) y Canadá. Y quedó expuesta de forma inequívoca en las recientes acciones militares contra los gobiernos de Venezuela e Irán. Se trata de operaciones militares que no estuvieron sustentadas en la Carta de las Naciones Unidas (ONU) ni en amenazas inmediatas y confirmadas a la seguridad internacional. Una situación que en el caso de Oriente Medio podría escalar el conflicto a límites impredecibles. Además, intensificó en este período las rivalidades estratégicas, particularmente con China, que en 2025 cubrió una quinta parte de sus importaciones de petróleo a través de Irán y Venezuela. Las últimas encuestas realizadas en EEUU por Ipsos y YouGov, entre otras, revelan bajos niveles de respaldo a su gestión. Asimismo, destacados académicos norteamericanos como Richard Haass y Fiona Hill advierten que las prácticas de Trump pueden terminar destruyendo los pilares de la primacía estadounidense. De todos modos, la combinación de incertidumbre geopolítica, el retorno de las esferas de influencia y el proteccionismo selectivo que caracteriza a su administración impactó en el resto del mundo. Al mismo tiempo, incentivó dos procesos que pueden resultar relevantes para nuestra región. Por un lado, se destaca el activismo de numerosos países para encontrar alternativas comerciales, mayores márgenes de autonomía y diversos socios energéticos y tecnológicos. En este sentido, se han firmado nuevos acuerdos con el fin de mitigar las modificaciones introducidas por Trump en las cadenas de suministro. La India, por ejemplo, suscribió en enero pasado un acuerdo con la UE que contempla la reducción de la mayoría de los aranceles y una proyección económica de gran alcance. A la vez, avanza en negociaciones similares con Canadá, Nueva Zelanda, Omán y la Asociación de Países del Sudeste Asiático (ASEAN). La ASEAN está próxima a concretar un convenio sobre la economía digital entre sus miembros, mientras que Malasia, Tailandia y Filipinas planean seguir los pasos de Indonesia en cuanto al cierre de un tratado con la UE. En 2025, la Unión Económica de Eurasia (Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Armenia y Kirguistán) aprobó ampliar sus relaciones con terceros países, como Uzbekistán y los Emiratos Árabes. En forma simultánea, crecen las expectativas en torno a las próximas cumbres de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, entre otros) y del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, que se celebrarán en la India y en Vietnam, respectivamente. Por otro lado, se constata la expansión del fenómeno denominado privatización de la paz. Un concepto que alude a la pérdida de peso de la ONU y de la diplomacia tradicional en la resolución de conflictos. A la par que se promueven iniciativas en las que la paz se negocia en función del interés que tengan diversas corporaciones privadas en los recursos naturales, los mercados y la infraestructura de los territorios en disputa. Es decir, la pacificación se ha transformado en un activo económico, susceptible de ser monetizado. Una práctica que, en ciertos casos, puede aportar soluciones, pero también compromete la transparencia, la legitimidad y la sustentabilidad a mediano y largo plazo. Esta tendencia, que hoy remite al petróleo y a los minerales críticos y podría corroborarse en Irán, tiene un antecedente cercano. En 2003, la invasión de Irak careció de pruebas sobre la peligrosidad del régimen, estuvo plagada de improvisaciones y declaraciones contradictorias y, finalmente, habilitó la distribución de la renta energética entre cinco multinacionales Algo de esto se vio en el encuentro de petroleros en Washington, en enero de 2026, donde se discutió el futuro de Venezuela. También en las reuniones de marzo y octubre de 2025 en las que actores privados presentaron sus planes para la reconstrucción de Gaza. En la misma línea es posible situar el pacto firmado en 2025 entre Ruanda y la República Democrática del Congo que facilitó la entrada de sociedades estadounidenses en la producción de gas y minerales críticos en esa zona de África. Del mismo modo, el acercamiento entre Azerbaiyán y Armenia también mediado por Estados Unidos prevé un corredor ferroviario, próximo a la frontera con Irán, que abriría el camino a firmas de EEUU en áreas energéticas del Cáucaso Sur. En este escenario, más proteccionista, arbitrario y transaccional, donde la ley del más fuerte prevalece sobre el multilateralismo, América Latina enfrentará una mayor presión de alineamiento estratégico. La región puede beneficiarse de la diversificación de alianzas, como el acuerdo Mercosur-UE. Aunque también corre el riesgo de convertirse en un espacio de disputa entre las principales potencias. Y, a diferencia del pasado reciente, la coerción y el uso de la fuerza no están descartados. Las elecciones presidenciales en Colombia y Brasil, previstas para mayo y octubre de este año, jugarán un papel importante en estas circunstancias. Sobre la firma Newsletter Clarín
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