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  • El experimento social de la cárcel de Stanford: estudiantes convertidos en guardias y presos para un ensayo que terminó en desastre

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 23/03/2026 03:00

    Pueden producir en los prisioneros que sientan aburrimiento, miedo hasta cierto punto, pueden crear una noción de arbitrariedad y de que su vida está totalmente controlada por nosotros, por el sistema, ustedes, yo, y de que no tendrán privacidad... Vamos a despojarlos de su individualidad de varias formas. En general, todo esto conduce a un sentimiento de impotencia. Es decir, en esta situación tendremos todo el poder y ellos no tendrán ninguno, fue la instrucción que el psicólogo Philip Zimbardo les dio a los sujetos elegidos para participar como guardianes de prisión en uno de los experimentos de comportamiento más polémicos del siglo XX, conocido como el experimento de la cárcel de Stanford. Corría 1971 y lo que Zimbardo quería investigar era el efecto psicológico que ejercía la percepción de poder y la influencia del rol otorgado a las personas por un contexto extremo. Fue un experimento fallido y terminó suspendido por los efectos que estaba logrando. Lo que Zimbardo diseñó fue una prueba que le permitiera observar de qué manera personas que no habían tenido relación con el entorno carcelario se adaptaban a una situación de extrema vulnerabilidad frente a otros. Para eso puso un aviso en los diarios donde ofrecía quince dólares diarios a estudiantes jóvenes, de clase media, por participar en la experiencia. Se presentaron 72 voluntarios, de los cuales, luego de una serie de entrevistas, quedaron seleccionados 24, a quienes se sometió a una batería de pruebas psicológicas. De acuerdo con los resultados, se los dividió en dos grupos de doce: los integrantes de uno de ellos cumplirían el papel de guardiacárceles, en tanto que los otros doce serían prisioneros, que debería permanecer recluidos durante todo el experimento, inicialmente programado para quince días. Se les dijo que la selección había sido por sorteo, lo cual era falso. La experiencia si bien pasó a la historia como El experimento de la cárcel de Stanford no se desarrolló en ninguna prisión, sino en los sótanos de la propia universidad, que fueron acondicionados como si fueran una verdadera institución carcelaria, con celdas para tres personas. Un antecedente siniestro Zimbardo no ideó su experimento desde la nada, sino que se inspiró en otro estudio psicológico realizado una década antes en otra famosa universidad, la de Yale. Se lo conoce como el experimento de Milgram porque fue dirigido por el psicólogo Stanley Milgram. Quiso investigar la obediencia a la autoridad o, mejor dicho, qué límites éticos pueden atravesar o no las personas cuando se les dan órdenes. Su inspiración fueron los juicios de Nuremberg que juzgaron los crímenes del nazismo tras la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los acusados había basado su defensa en el hecho de que simplemente estaban siguiendo órdenes de sus superiores. Un argumento que utilizarían décadas después los represores de la última dictadura argentina para justificar sus crímenes de lesa humanidad. El experimento de Milgram fue muy controvertido porque engañó a los participantes, diciéndoles que se trataba de un estudio sobre memoria y aprendizaje. Dividió a los cuarenta voluntarios en dos grupos aleatorios: a unos les dijo que serían profesores y a los otros que serían estudiantes. Luego se llevó a los estudiantes a otra habitación y les pidió a los profesores que pusieran a prueba la memoria de sus presuntos alumnos. Les dijo que si se equivocaban debían castigarlos con una descarga eléctrica. La máquina que utilizaban para esto emitía descargas que iban desde los cincuenta hasta los 450 voltios. La potencia máxima tenía escrita abajo una advertencia que decía: Peligro: shock severo. En realidad, la máquina no emitía voltaje y los gritos eran grabaciones. Pero lo cierto es que el controvertido experimento de Milgram comprobó que la mayoría de las personas estaban dispuestas a dañar físicamente a otro antes que enfrentarse a la persona a la autoridad- que les había dado la orden. Un simulacro feroz Diez años después de la experiencia dirigida por Milgram, Zimbardo puso manos a la obra en Stanford. Para la primera etapa de experimento, Zimbardo tuvo la colaboración de la policía de Palo alto. Agentes verdaderos fueron a la casa de los seleccionados como reclusos, los detuvieron, los esposaron, los encapucharon para que no supieran a dónde los llevaban. Una vez en los sótanos de la Universidad, el grupo de guardiacárceles los sometió al proceso de ingreso, en el cual se los despojó de todas sus pertenencias, se les dio una bata numerada y se les dijo que a partir de ese momento sólo serían identificados por el número que se les había asignado. De esta manera se introducía un elemento de despersonalización en el experimento: los voluntarios no eran personas específicas con identidad única, sino que formalmente pasaban a ser simples carceleros o presos. Durante toda la experiencia, guardias y reclusos serían permanentemente vigilados y filmados por cámaras dispuestas en todo el edificio. El primer día que llegaron, era una pequeña prisión instalada en un sótano con celda falsas. El segundo día ya era una verdadera prisión creada en la mente de cada prisionero, cada guardia y también del personal, contó Zimbardo a la BBC en 2011, cuando se cumplieron cuarenta años desde su experimento. Los prisioneros no lo sabían, pero los guardias -provistos de uniformes carcelarios, y anteojos oscuros para que los prisioneros no pudieran ver sus ojos- tenían prohibido hacerles daño y su función se reducía a controlar su comportamiento, hacer que se sintieran incómodos, desprovistos de su privacidad y sujetos al comportamiento errático de sus vigilantes. Sin embargo, en muy poco tiempo, la realidad destrozó lo planificado por Zimbardo. Durante el primer día, el rasgo notable fue que tanto los guardias como los presos trataban de acomodarse a los papeles que se les había asignado, sin poder todavía creérselos. El primer elemento que notaron los investigadores fue que, al tomar conciencia de su poder, los guardias comenzaron a cometer arbitrariedades con los prisioneros. Después del primer día, noté que no pasaba nada. Fue un poco aburrido, así que tomé la decisión de interpretar el papel de un guardia de prisión muy cruel, contó años después Dave Eshleman, uno de los jóvenes al que le tocó el papel de guardiacárcel. Los presos, en su condición de personas en desventaja, tardaron un poco más en aceptar su papel. La reacción fue rebelarse y se amotinaron. Los guardias acabaron atacando a los prisioneros, rociándolos con matafuegos como armas improvisadas, los obligaron a ir desnudos para humillarlos, les negaron el derecho a ir al baño y decidieron convertir la comida en un premio en lugar de mantenerlo como derecho fundamental. A partir de ese momento, todos los voluntarios del experimento dejaron de ser simples estudiantes para pasar a ser otra cosa. Durante los dos días siguientes, las prácticas de los guardias se volvieron todavía más crueles: obligaron a algunos prisioneros a dormir en el suelo de hormigón, desnudos, luego de despojarlos de sus túnicas y de los colchones de las celdas. También se les impusieron castigos en forma de ejercicio físico forzado e incluso tener que limpiar los inodoros con las manos desnudas. Peligrosas consecuencias No todos los guardias se comportaban de la misma manera, pero los más duros terminaron imponiendo su visión en el trato con los prisioneros. Entre estos últimos, también había diferentes reacciones frente a las arbitrariedades a las que los sometían. Había tres tipos de guardias. En primer lugar, estaban los guardias duros pero justos, que seguían las normas de la cárcel. En segundo lugar, estaban los buenos, que hacían pequeños favores a los reclusos y nunca los castigaban. Y por último, casi una tercera parte de los guardias eran hostiles, arbitrarios e imaginativos en sus formas de humillar a los reclusos. Estos guardias, aparentemente, disfrutaban completamente del poder que ejercían, a pesar de que ninguno de nuestros tests de personalidad previos había podido predecir este comportamiento. La única conexión entre personalidad y comportamiento en la cárcel fue el descubrimiento de que los reclusos con un alto grado de autoritarismo aguantaron más tiempo que otros reclusos el autoritario entorno de nuestra cárcel, describió después Zimbardo. Sometidos a esa situación muchos de los prisioneros sufrieron trastornos y desórdenes emocionales muy graves, incluso depresiones profundas. La mayoría no podía pensar con claridad y tenían dificultad para comunicarse entre ellos. El estrés y el pánico dominaban. Mientras tanto, el sadismo de los guardias continuaba desarrollándose. Dos reclusos sufrieron traumas tan graves que fueron reemplazados durante el experimento. Uno de sus reemplazos quedó tan impactado por el trato que los guardias sometían a sus compañeros que inició una huelga de hambre. Los límites entre investigadores y sujetos de la investigación también empezaron a volverse difusos. En el diseño del experimento pero sólo en función de mostrarse asó frente a guardias y reclusos Zimbardo tomó el rol de superintendente, y un asistente suyo, el de alcaide. Cuando la conflictividad creció, Zimbardo decidió instalar un dormitorio en su propia oficina para gestionar la cárcel. Su rol de investigador terminó absorbido por el de un superintendente que ordenaba medidas disciplinarias y modificaba la rutina de los presos. También se erigió en representante de la cárcel, ante el reclamo de los familiares de algunos de los estudiantes que participaban de la prueba y les habían enviado cartas que los alarmaron. La ficción de la cárcel de Stanford se transformó así en una realidad. Durante varios días, ni los voluntarios ni los investigadores fueron capaces de reconocer que el experimento debía detenerse. No lo intentaron, porque terminaron tomándolo como algo natural. Fue necesario que llegara alguien que no estaba involucrado en la experiencia para que Zimbardo y sus colaboradores tomaran conciencia de lo que estaban haciendo. Ocurrió al sexto día de los quince que debía durar el experimento, cuando Christina Maslach, doctora de la misma Universidad, fue a entrevistar a los participantes y descubrió los abusos que los guardias estaban cometiendo y reportó la inmoralidad del procedimiento, que fue suspendido de inmediato. En 2008, en una entrevista, reconoció que él mismo se sentía tan metido en el rol de superintendente que no estaba siendo consciente de los límites éticos que se habían traspasado. Me había convertido en Superintendente de la prisión, el segundo rol que desempeñaba, aparte del de investigador principal, confesó.

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