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» La Nacion
Fecha: 23/03/2026 00:14
Para la DEA, el uruguayo Sebastián Marset es el Pablo Escobar de la era moderna La Justicia de los Estados Unidos le denegó la libertad bajo fianza y seguirá preso en una cárcel de Virginia, acusado de narcotráfico y lavado de dinero - 10 minutos de lectura' Tres días después de su captura en Santa Cruz de la Sierra, Sebastián Marset aterrizó en territorio estadounidense. La DEA, que lo perseguía desde hace años y que ofrecía 2 millones de dólares por información que condujera a su detención, lo recibió con cargos por tráfico de drogas y lavado de dinero. El comunicado firmado por Terrance Cole, administrador de la agencia antidrogas norteamericana, afirmó que el arresto de Marset es un paso significativo hacia una América más segura. Y en otra publicación lo describió como el Pablo Escobar de la era moderna. Las autoridades bolivianas señalaron a los medios locales que Marset declaró ante las autoridades estadounidenses, aunque no se difundieron sus dichos. El viernes, Marset compareció en el Tribunal de Distrito de Alexandría, de la Corte de Justicia del estado de Virginia. El juez William B. Porter le denegó la libertad bajo fianza. Teme, y con razón, que el narco pueda fugarse. Ya lo hizo en Dubái, en Paraguay y en Bolivia. Y tiene medios para comprar voluntades que le permitan escapar, mucho dinero para sostenerse en la clandestinidad y contactos con el crimen organizado internacional como para mantener aceitado el flujo de fondos de origen ilegal. Por eso, seguirá preso en el Centro de Detención para Adultos William Gene Truesdale. Este uruguayo de 34 años con una sigla tatuada en la muñeca PCU, Primer Comando Uruguayo construyó desde los márgenes del Río de la Plata una organización que llegó a controlar una de las rutas de cocaína más rentables del mundo, con eje en la hidrovía Paraná-Paraguay. Enfrentaba pedidos de captura de cinco países y figuraba entre los objetivos prioritarios de Europol, Interpol y la DEA. Durante casi tres años se comportó como una especie de fantasma: aparecía en videos amenazantes desde lugares no identificados, desafiaba a sus perseguidores con nombre y apellido y cada vez que los uniformados creían tenerlo cerca el rastro se borraba. La madrugada del viernes pasado se terminó su vida en la clandestinidad en Santa Cruz de la Sierra. A las 2.30 se inició el megaoperativo con el cierre de calles aledañas para evitar intentos de fuga. Los agentes intervinieron primero el Inmueble B, donde estaban los guardias, y luego allanaron el Inmueble A, situado a ocho minutos de distancia, donde se encontraba el capo narco. Según registros de cámaras de seguridad de la zona, Marset fue sacado de su domicilio encapuchado a las 5.09. En el aeropuerto Viru Viru lo esperaba un Beechcraft King Air 350C que había aterrizado minutos antes, procedente de Lima, Perú. Efectivos de las fuerzas especiales de la Policía Nacional de Bolivia y de la DEA lo guiaron hasta la aeronave con las manos y los pies esposados. Igual que Nicolás Maduro. Operativo de película y video con IA El mismo escenario del que había escapado en julio de 2023 Santa Cruz de la Sierra fue el de su caída. La ironía no les pasó desapercibida ni a las autoridades bolivianas ni a los investigadores que lo siguieron durante años. En aquella oportunidad, 2200 uniformados lo buscaban mientras él levantaba dos valijas con ropa suya y de sus hijos y desaparecía. Esta vez no tuvo ese margen. Nadie le avisó que lo habían ubicado y se había puesto en marcha un operativo para atraparlo. El operativo se planificó con al menos tres meses de anticipación. Para evitar filtraciones el fantasma recurrente en las fuerzas antidroga bolivianas se removió a personal de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (Felcn) en Santa Cruz de la Sierra antes de ponerlo en marcha. Los agentes fueron trasladados a esa ciudad boliviana con absoluta reserva y alojados en una casa a kilómetros del objetivo. Fue, según dijo el presidente boliviano Rodrigo Paz Pereira, una acción quirúrgica. Hoy Bolivia ha generado un hecho trascendental no solo para nuestra nación, sino para la región. Uno de los narcotraficantes considerados entre los cuatro más grandes del continente ha caído bajo el rigor y la capacidad de las instituciones del Estado, sostuvo el mandatario. Junto a Marset fueron detenidas otras cuatro personas de su círculo: dos venezolanos, un colombiano y Tatiana Marset Alba, media hermana del narco, que a la hora de su indagatoria dijo que hacía diez años que no veía a Sebastián y que simplemente estaba de vacaciones en Santa Cruz de la Sierra cuando se desarrollaron los megaoperativos que derivaron en la caída del traficante de las mil caras. Entre los bienes incautados en el operativo hay dos aeródromos y 16 avionetas, 54 kilos de marihuana, una decena de vehículos algunos de ellos con un alto nivel de blindaje, una moto de lujo y 21 armas sofisticadas. El gobierno boliviano estimó que el daño económico a la organización criminal supera los 15 millones de dólares. Las autoridades bolivianas enviaron a los Estados Unidos el contenido de una caja fuerte encontrada en la casa donde fue detenido Marset, incluido un iPhone para que los expertos norteamericanos accedan a los archivos que atesora. Y este lunes se abrirán, en Santa Cruz de la Sierra, otras dos cajas fuertes. Hay expectativa con lo que podrían guardar. A horas del anuncio de la captura, el gobierno boliviano lanzó una animación con gráficos que permite seguir paso a paso los movimientos de los agentes que sorprendieron al líder narco en su casa. El video, producido con inteligencia artificial, recrea el megaoperativo como si fuera una secuencia táctica de película: el ingreso al primer inmueble donde dormían los escoltas, la neutralización del perímetro, el avance sobre la residencia de Marset. Es una herramienta de comunicación nueva para las fuerzas de seguridad en la región, un recurso estético que mezcla la lógica del documental con la del videojuego y que algunos analistas ya señalan como una tendencia en la narrativa oficial del combate al crimen organizado. La curiosidad tiene un antecedente directo con el propio Marset. Cuando en octubre de 2025 reapareció en un video armado, rodeado de hombres encapuchados y lanzando amenazas contra su exsocio apodado El Colla, los investigadores paraguayos y bolivianos se preguntaron si las imágenes eran reales o habían sido generadas con IA. La voz no coincidía exactamente con su tono habitual, algunos tatuajes no se veían con claridad y el resto de los integrantes del grupo aparecían borrosos. El viceministro del Régimen Interior de Bolivia calculó en ese momento que las imágenes tenían un 89% de veracidad. Después de la captura, el ministro del Interior paraguayo, Enrique Riera, confirmó que el video era real. Y aseguró que había sido decisivo: la información de geolocalización extraída de esas imágenes fue la pista que permitió establecer que Marset se encontraba en Bolivia, específicamente en Santa Cruz, con bastante regularidad. Los socios en la hidrovía Sebastián Marset nació en Uruguay, un país sin tradición de narcotráfico de envergadura. Pero eso no le impidió construir una organización criminal capaz de controlar una de las rutas de cocaína más rentables del mundo: la hidrovía Paraná-Paraguay, esa autopista fluvial de más de 1800 kilómetros que conecta el corazón cocalero de Bolivia con los puertos de Bélgica y Holanda. Al menos desde 2021, por esa vía salieron más de 40 toneladas de droga que terminaron siendo incautadas en Amberes y Rotterdam. Un récord que encendió alarmas en Europa y obligó a los investigadores a trazar el mapa hacia atrás, río arriba, hasta dar con su nombre. La especialidad del gerente de la hidrovía estaba centrada en mover embarques en las bodegas de barcos de largo recorrido fluvial. Los contenedores salían de las terminales de Villeta, cerca de Asunción, camuflados mayormente entre harina de soja. Atravesaban aguas argentinas sin ser controlados. Llegaban al Atlántico. Ponían proa a Europa o, cada vez más, a Oceanía, donde el kilo de cocaína que en el Chapare boliviano vale 2000 dólares puede alcanzar los 150.000 o 200.000 dólares en el mercado de destino. Para dominar esa ruta necesitaba socios. En Paraguay los encontró, entre ellos Miguel Ángel Insfrán, apodado el Tío Rico, un hombre que garantizaba que ningún control impediría el paso de los cargamentos. Insfrán aportaba la logística: las pistas de aterrizaje más de 700 detectadas en la región del Chaco paraguayo por donde llegaba la cocaína desde Bolivia en avionetas, y los puertos desde donde salía por el río. La investigación que los tenía en la mira la conducía el fiscal paraguayo Marcelo Pecci. El 10 de mayo de 2022, sicarios colombianos y venezolanos lo ejecutaron en la isla de Barú, en Colombia, donde pasaba su luna de miel. Marset está sospechado de ser uno de los autores intelectuales de ese crimen. La causa en Colombia nunca llegó a los ideólogos. El perfil del narco uruguayo tiene capas que lo distinguen del operador criminal convencional. No era un hombre de las sombras. Jugó al fútbol de manera profesional, primero en Paraguay y después en Bolivia, donde participó de la Liga de Santa Cruz bajo el nombre de Luis Amorim, una identidad brasileña falsa. Sus partidos se transmitían por redes sociales. Manejaba un Lamborghini. Vivía en impactantes casonas con custodia armada: 17 fusiles, 31 vehículos y cuatro chalecos antibalas fueron incautados en uno de sus refugios bolivianos. Se comportaba como un magnate. Y como un magnate también corrompía: señaló por su nombre al director de la Felcn como el funcionario que le avisó que la orden de arresto ya estaba firmada y le facilitó la huida en 2023. Acusó al entonces ministro de Gobierno de haberse quedado con 400.000 dólares del efectivo que habían dejado en su mansión. Lo hizo sin que su voz temblara. Algo parecido pasa ahora: la Justicia boliviana abrió una investigación para determinar quién fue responsable del saqueo de la casa donde fue detenido Marset. Aún no se sabe si fue alguien del entorno del narco o algunos de los funcionarios que participaron del megaoperativo, según informó el diario El Deber. La Argentina no figura en los expedientes como destino final de la droga de Marset, pero sí como territorio de tránsito y como escenario de sus primeras huellas documentadas en el país. En plena pandemia, cuando Rosario estaba desierta, una avioneta hizo un vuelo rasante sobre el Paraná y arrojó una bolsa gigante de plástico blanca y verde. Al día siguiente, un baqueano encontró el bulto en medio de la desolada isla El Chaparro, frente a Victoria, Entre Ríos: adentro había 29 panes de cocaína con una marca impresa. La sigla PCU. Nadie le dio relevancia en ese momento. Cuatro años después, la fotografía de aquellos 29 panes reaparecería en un extenso reportaje del Washington Post sobre el narco uruguayo. El símbolo en los ladrillos de cocaína abandonados frente a Rosario dejaba de ser un dato anecdótico y se convertía en evidencia de que el PCU ya operaba en la Argentina mucho antes de que las autoridades lo registraran formalmente.
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