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  • El bar de Alberto Pérez: memoria viva de la Primera Sección Chacras

    Gualeguay » Debate Pregon

    Fecha: 22/03/2026 22:45

    El bar de Alberto Pérez: memoria viva de la Primera Sección Chacras Esta es la historia no solo de un bar que existió por más de cuarenta años en la Primera Sección Chacras, casi arrancando en los años ochenta hasta la pandemia, este fue el espacio de partidas de truco, chinchón, de torneos de fútbol, de partidos de bocha entre amigos, familiares, vecinos. Esta es la historia de Alberto Pérez y Ramona Sena, la de sus hijos, la de sus nietos, en esta historia forman parte Caraballo, Magallán, la del gran Hugo Duraczek, la del Dúo Calandria, y tantos más que pasaron por el Bar del Tero y más adelante conocido como el Bar de Don Pérez. ¿Cómo arrancó esta historia? Todo arrancó cuando Alberto y Ramona, luego de que se casaran, empiezan a buscar dónde vivir, primero alquilando de un lugar a otro y finalmente, luego de mucho esfuerzo, hicieron su casa, al lado de esta, ladrillo tras ladrillo, con trabajo y dedicación se levantó la pieza que más adelante se convertirá en el Bar de Pérez. En primera persona estuvimos hablando con Ramona, la compañera de vida de Alberto, la que tuvo que enfrentarse a muchas adversidades, tragedias, y dejar siempre la casa en orden y cuando Pérez no estaba, hacerse cargo del bar. Hizo una piecita, y preparó todo para un barcito con una despensa y ahí se vendía mercadería, se vendían galletas que antes no había acá. recordaba Ramona con mucha emoción. Quedaba lejos para ir hasta el centro a comprar, entonces la gente que estaba por acá, que vivía cerca, como vecinos venían y compraban las cositas, sean fideos, unas masitas, una gaseosa. Gracias a Dios fuimos tirando con eso, cada vez se iba haciendo más, comprando más cosas, se iba agrandando y agregando más cosas. El bar nace de la necesidad de mantener la familia, con el sueldo de Alberto no alcanzaba, él trabajaba en Obras Sanitarias en la bomba de agua que en su momento suministraba a toda la ciudad. Un trabajo muy duro, mucha responsabilidad, mucho en juego, y a veces Alberto trabajaba de noche, los fines de semana se iba a las cuatro de la tarde y volvía al otro día. Se rompía el caño madre en el invierno con unas grandes heladas, se rompía el principal y tenían que ir los empleados a descubrir el caño de dos metros, para abastecer a la ciudad. Había una bomba principal que manejaba todo, todavía no estaba el tanque de agua. En la semana entraba a las cinco de la mañana y volvía a las dos de la tarde, ni bien llegaba se ponía a cargo del bar. La vida era eso, pues había una familia que abastecer, tres hijas que alimentar, Adriana, Claudia y Nancy y el más chiquito Daniel, que nació casi a la par que nació el bar. Ramona Ramona Sena nació en el pueblo de Carbó, hoy cerca de cumplir sus 81 años, estuvo toda la vida acompañada de su marido, se casaron muy jóvenes, rápidamente llegaron sus hijos, la durísima pérdida de una de sus hijas, la Marielita con apenas cuatro años. Luego, toda una vida delante del bar junto a Alberto. En los momentos en donde Alberto no estaba, la que atendía era Ramona, se quedaba a cargo de sus hijas y mientras las pequeñas estaban en la escuela, ella se ocupaba del bar y en diálogo con nosotros aclaró que la gente la trataba con mucho respeto. La gente era muy respetuosa. Venían al bar y a mí me respetaban, porque había respeto. comentaba ella. Como su compañera, sostén del negocio cuando hacía falta, y sostén de la familia en el orden doméstico. Ella nos relató todos estos hechos de su vida y la de su marido, hijas e hijo. El bar como lugar de encuentro con la amistad y la música Pérez era un hombre firme, que quizás no expresaba mucho sus emociones, pero en esta foto se lo ve contento, riendo con uno de los clientes más fieles que siempre iba a tomar una cerveza y jugar al truco, Caraballo. El juego, un poco el alcohol y estar a cargo de su bar era lo que a él le gustaba hacer, de afuera quizás pensaban que estaba loco, pero él disfrutaba realmente con sus conocidos, con los músicos que iban a tocar. El Dúo Calandria llegaba y él los recibía con un chiste particular, la cargada, el abrazo o el chiste siempre estaban presentes en ese bar. Uno de tantos idas y vueltas ocurrió con Hugo Duraczek, histórico poeta, autor, cantor de este país que Gualeguay adoptó. En una de las tantas anécdotas que Ramona me contó, Hugo le decía a ella. - Doña Ramona, qué mujeres lindas hay en Carbó, usted sabe, yo me casé con una de Carbó, ¿la conoce?. -Sí, le respondía Ramona, una rubia muy linda, -Hugo le respondió: con mujeres tan lindas en Carbó, ¿Cómo se casó con este viejo fiero?, respondió Duraczek mirando a Alberto. Los vecinos, los clientes regulares, los músicos tenían un lugar único para divertirse, era una escapada del día a día, de la rutina. Ramona comentaba: Las personas que venían a tomar se divertían. Sí, porque el bar tenía eso, no había otros lugares para que la gente salga a divertirse, sabían que venían al bar, se jugaba un chinchón, un truco, tomaban y ellos se divertían a su manera. La cancha de bocha y el fútbol Esa cancha de bocha construida con el sudor de Alberto fue otro lugar de encuentro para la diversión, la competencia entre amigos, padres e hijos y las retadas de Alberto cuando era necesario. No solo venía gente de acá de Gualeguay, venían clientes fieles de Buenos Aires y de otras ciudades cercanas. La cancha de bochas no fue un lugar de conflicto, pero sí lo fue la cancha de fútbol, en donde muchos jóvenes y otros más adultos iban a jugar en el campito de atrás, donde cada equipo que contaba con 11 jugadores, se armaban de distintos barrios, por ejemplo el barrio Hipódromo. El torneo fue creciendo y la lista de equipos se fue agrandando hasta 16 equipos. Alberto un día se cansó y terminó con el torneo, porque empezaron a ver discusiones y peleas. Estos espacios en las chacras eran únicos: árboles, sillones, reposeras, cervezas, y con premios como corderos, lechones, asados. Un lugar en donde la Ramona aprovechaba para juntarse y tener su ganancia, mientras el torneo crecía ella empezó a vender cada vez más pasteles de membrillo y batata, también pizzas. Siempre con la ayuda de sus pequeñas hijas, ya con el pequeño Daniel, su hijo menor, dando vueltas. Otra época Estamos hablando de la década de los ochenta en una zona de chacras, la mayoría de vecinos que iban al bar se manejaban a caballo, Pérez tenía un palenque detrás del bar, en el patio, y ellos dejaban ahí atados sus caballos. La heladera que tenían era a kerosén, la luz que tenían al principio era conocida como el sol de noche, el mostrador bien antiguo, la despensa llena de productos indispensables para los vecinos de las chacras. Si ibas a la siesta, siempre aparecía uno golpeando las manos y Ramona salía y lo atendía, ya que con los años la siesta se volvió una rutina obligatoria para Alberto. Crisis, cierre y vuelta a empezar Como muchas historias de trabajo y esfuerzo en Gualeguay, la del bar de Pérez también tuvo momentos difíciles. No todo fue crecimiento ni encuentros. Hubo un tiempo en que sostenerlo se volvió imposible. Hubo un tiempo en que cambió la política y se puso muy mal, recuerda Ramona. Los precios subían, la plata no alcanzaba y el día a día se hacía cada vez más cuesta arriba. Se tuvo que cerrar porque no se podía seguir, dice con la misma simpleza con la que cuenta toda su historia. Con el tiempo, la situación mejoró y llegó la posibilidad de volver a abrir. Y el bar volvió. Con la misma lógica de siempre: esfuerzo, cercanía con la gente y ese vínculo que nunca se había roto del todo. Los vecinos regresaron, el movimiento reapareció y el bar recuperó su lugar en el barrio. Como tantas veces en su historia, volvió a empezar. Un recuerdo viviente: la casa y la pieza Hoy en día mi abuelo ya no está. Sí, Alberto Pérez, ese hombre que yo conocí en sus sesenta, y esto quiere decir que no viví la mayoría de cosas que ellos pasaron. Pero si, las conozco gracias a todas las historias que me contaron. Yo soy preguntón y me gusta indagar en la historia de mi gente. La memoria de mi infancia en la chacra de mis abuelos es imborrable. Cuando era un niño yo le decía a mi mamá: ¿Vamos a la chacra del abuelo Pérez?. E íbamos todos los fines de semana, para la fiesta de año nuevo, los cumpleaños, y tantas otras veces. Pienso en la casa de mis abuelos, y es imposible no pensar en el bar. Los paisanos jugando al truco, en donde estaban presente todas las avivadas habidas y por haber de los gualeyos. Afuera estaban sentados los muchachos tomando vino, mi abuelo haciendo chistes para que yo me riera y hacer enojar a la abuela. Los músicos que iban a tocar zambas, chamamés, milongas; los partidos de bocha en donde con mi hermano nos quedábamos chusmeando que hacían y que hablaban. Esa pieza que después se convirtió en el bar, hoy, en cierto sentido, se convirtió en un almacenamiento de recuerdos, de cosas viejas. Ya no es el bar, eso ya no existe. Desde que mi abuelo partió, las cosas no volvieron a ser las mismas. Un lugar antes con más ruido, con más personas, es hoy un lugar que, por momentos, está habitado por el silencio. Pero los recuerdos son imborrables. La memoria de una Gualeguay diferente, de otra época. Feliz 243º aniversario, mi querida Gualeguay.

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