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Fecha: 21/03/2026 05:49
Hace pocos días, a los 87 años, murió Bo Gritz. Un exsoldado norteamericano que luchó en Vietnam y que tuvo bastante notoriedad en los años 80. La vida de Gritz fue tan agitada y particular que inspiró varias películas. Hasta se puede decir que su figura fue la mentora del auge del cine acción de la década del 80, muy en especial de ese subgénero en el que un hombre solo, en un ambiente salvaje y hostil, lucha contra ejércitos completos. Tanto es así que él se hacía llamar el Verdadero Rambo. Y razón no le faltaba, porque, cómo se verá, Sylvester Stallone se basó en su vida para las secuelas de su famoso personaje. Pero a Stallone no fue al único que inspiró. Dicen que Francis Ford Coppola tomó cosas suyas para crear al Coronel Kurtz de Apocalypse Now y que lo único que no era igual a la personalidad y vivencias de Gritz en John Hannibal Smith, el líder de la serie Brigada A, era el charme y la simpatía. Leé también: Expuso el lado más cruel de la guerra y lo encontraron acribillado: 56 años después, nadie sabe quién lo mató La vida de Bo Gritz tuvo de todo. Dolor, coraje, reconocimiento, pérdidas, confusión, desvarío. Una vida de película (y ya vimos que la afirmación no es solo un lugar común). Fue un boina verde que durante la guerra fue destinado a Vietnam en cuatro ocasiones. El General Westmoreland, máxima autoridad de las fuerzas americanas en Vietnam durante cuatro años y luego máxima autoridad del Ejército, escribió que Bo Gritz era el verdadero soldado americano, el ideal de combatiente. Una leyenda de los Boinas Verdes, el soldado más condecorado por acciones en Vietnam. Recibió más de 60 medallas. Fue considerado un héroe de guerra pero su verdadera fama comenzó después. A su regreso de Vietnam, Gritz siguió combatiendo en otras tierras. Panamá, Afganistán, de nuevo el sudeste asiático y diversos lugares más. Con el correr del tiempo, sus posturas extremistas, sus acciones de resultados nulos o dudosos, su conducta errática y su radicalización extrema su imagen se fue deteriorando. Su nombre real era James Gordon Gritz. Se casó cuatro veces. Lo dejaron, también, cuatro veces. Tuvo cuatro hijos y un intento de suicidio. Decía haber matado 400 enemigos en combate. Su padre murió en la Segunda Guerra Mundial. Él, criado por sus abuelos, creció con la imagen difusa del progenitor caído en combate. Y con el peso de la ausencia y de estar a la altura del linaje heroico. Entró en el ejército muy pronto. Se destacó desde los primeros momentos. Realizó misiones secretas y combatió en Laos, Camboya y Vietnam. Se infiltró, asesinó, rescató compañeros, entrenó tropas contrainsurgentes. Una de sus misiones más célebres en Vietnam consistió en rescatar la caja negra de un avión caído. Al llegar al lugar, los vietnamitas ya la habían capturado. Gritz fue con sus hombres hasta la aldea, la destruyó, mató a sus pobladores y la recuperó. Fue generando un aura mítica alrededor suyo. Al regreso su voz era escuchada. Su mensaje era pétreo, siempre similar a sí mismo. Exaltaba los valores de ser norteamericano, el patriotismo, la posibilidad de solucionar los conflictos por la vía violenta. Inevitablemente el cine se fijó en él. Aunque la primera conexión con el cine fue frustrada. Francis Ford Coppola descubrió, en el libro de memorias del General Westmoreland, una foto de Gritz rodeados de miembros de una milicia laosiana que él entrenó. El director quiso utilizar la imagen trucando la cara de Marlon Brando en lugar de la de Bo. El ejército norteamericano se opuso y la foto no fue utilizada. Dicen que tomó algunos de los rasgos de personalidad para Kurtz. Luego viene Rambo. Aunque allí hay un malentendido. Gritz no fue la inspiración del Rambo original, pero sí de las secuelas, por más extraño que suene. El que inspiró vagamente al Rambo original, creado por el novelista David Morrell fue Audie Murphy, un excombatiente no de Vietnam sino de la Segunda Guerra Mundial. Murphy se había convirtió en el soldado más condecorado de la historia. Un hombre muy valiente que había fraguado sus documentos para ingresar en el ejército antes de tiempo. Sus acciones en combate lo convirtieron en un héroe moderno. Luego del fin de la guerra era vivado y homenajeado en cada lugar al que iba. Se dedicó al cine y actuó en 40 películas. Su autobiografía se convirtió en un best seller. Las mujeres se rendían ante él. Se casó con una actriz y luego con una azafata. Pero varias de sus apariciones públicas finalizaban en escándalos y hechos confusos que nunca gozaban de demasiada publicidad, nunca llegaban a los diarios. Nadie se animaba a hablar mal de él. En medio de la Guerra de Vietnam, Murphy decidió dar a conocer su secreto. Su imagen exitosa, la solidez que aparentaba bajo los focos, no era tal. Se había convertido en adicto a los analgésicos y a las pastillas para dormir. Los fantasmas de la guerra no lo abandonaban, no le permitían descansar. En esa época la terminología que se utilizaba tenía 60 años de antigüedad. Se hablaba de Fatiga de batalla o Conmoción de Guerra (Shell shock). Los estudios no habían avanzado desde la Primera Guerra Mundial. No se hablaba todavía del estrés postraumático. La sociedad negaba tener un problema en esos excombatientes. Audie Murphy quería que quienes habían vuelto de Corea y quienes lo hacían de Vietnam no atravesaran la misma indefensión que él. No quería que durmieran con un arma bajo la almohada, ni que las mujeres los dejaran porque resulta imposible vivir con su violencia y las fluctuaciones de sus estados de ánimo, ni que se convirtieran en adictos a las drogas como él. El autor David Morrell se inspiró en su figura pero para que la historia tuviera mayor impacto lo convirtió en un excombatiente de Vietnam, un tema más actual. La novela es dura y sangrienta; narra el rechazo de la sociedad al soldado que vuelve de combatir y cómo se ignora su sufrimiento y se subestima la violencia que presiona en su interior. El resultado es un aquelarre de sangre, confusión y venganza. Este soldado de apellido Rambo con sus conocimientos militares y con el infierno instalado en su cabeza no resiste un rechazo más. El título de la novela fue Primera sangre (First Blood). Se convirtió en un suceso de público y de crítica en la época (Stephen King contó que la utilizaba como ejemplo en sus clases de escritura). Durante años los estudios cinematográficos batallaron por sus derechos hasta que en 1982, Stallone ganó la puja y filmó Rambo. La película fue un éxito. Para que eso pasara y para que la película diera paso a ese subgénero de héroe solitario y absolutamente sangriento, las desviaciones de la novela serían claves. La principal: el personaje no moría al final -como en el libro-, luego de intentar suicidarse y dar muerte a su mayor rival, al comisario que ocasionó su eclosión definitiva. Hollywood siempre se reserva el derecho a mantener con vida a sus personajes para una posible secuela. Eso fue lo que sucedió. Es con Rambo II que aparece en escena Bo Gritz. El argumento de la película habla de un excomando que vuelve a Asia a buscar compañeros que quedaron en campos de detención ocultos y que se los considera desaparecidos en acción. Así, en una guerra de un hombre solo, en una orgía de muerte y excesos, Rambo da con los detenidos y logra liberarlos. El argumento fue tomado de la mayor preocupación y actividad de Bo Gritz en los años 80. El excombatiente sostuvo con convicción, histrionismo y escasas pruebas que el sudeste asiático estaba inundado de soldados americanos retenidos ilegalmente por los países comunistas y que Estados Unidos debía hacer algo para rescatarlos. La causa era plausible. Gritz aprovechaba su llegada a los medios, su carisma, su pasado heroico y la cercanía con varias celebridades para difundir sus teorías y, al mismo, tiempo para conseguir financiamiento para sus planes. Ya que el gobierno no hacía nada, lo haría él mismo. Seguía teniendo sed de combate. Organizó una misión destinada a rescatar a los soldados retenidos. Para todos se trataba de un héroe intachable que rescataría a norteamericanos secuestrados. Hollywood ayudó con el dinero. Clint Eastwood financió parte de la aventura con 20 mil dólares; William Shatner, el Capitán Kirk de Star Trek, entregó 15 mil dólares con la excusa de comprar los derechos para filmar una historia de su vida. Se sospecha que agencias gubernamentales también aportaron. Luego de unos meses Gritz volvió a Estados Unidos derrotado. Su misión no tuvo ningún éxito. Todo había salido mal. Él y varios de sus hombres habían terminado detenidos y deportados. De todas maneras él dijo que traía pruebas de que había soldados todavía retenidos y que traía restos óseos de algunos que habían sido asesinados. Hubo una enorme conmoción alrededor de la noticia. Pero al estudiar los restos se confirmó que eran de una mujer asiática y de un pollo. Una comisión del Congreso citó a Gritz para que explicara lo sucedido. Le exigieron pruebas. Él respondió: Tengo la misma evidencia que le presentaría un religioso si usted le preguntara por la existencia de Dios. Un buen resumen: se había convertido en una cuestión de fe. Y la sociedad y los medios todavía le seguían creyendo. Al fin y al cabo era un héroe de guerra. En otro contexto, sus actos, declaraciones e intenciones hubieran sido vistos como un gran happening, una parodia permanente, sobreactuada y alucinada de un tipo de vida nacionalista y patriotero. Sin embargo, esa ausencia de matices, ese entusiasmo siempre exaltado provocaba adhesión en lugar de lejanía y extrañeza. La misión fracasada no solo inspiró a Stallone para la segunda parte de Rambo y a los creadores de Brigada A (aunque Hannibal Smith tuviera éxito en sus misiones). Provocó que Gritz continuara intentando. Extraoficialmente decía que Ronald Reagan apoyaba sus iniciativas y que ese mensaje le había llegado a través de Clint Eastwood, amigo personal del entonces presidente. En 1986 comandó otra misión. No le costaba nada conseguir mercenarios que lo acompañaran y capitalistas que financiaran su aventura alucinada. El resultado fue otro fracaso. Pero en lugar de referirse a que otra vez había ilusionado vanamente a los familiares de los soldados desaparecidos en acción (más de 2500), dijo que había descubierto que funcionarios norteamericanos participaban de una red mundial de tráfico de heroína. Esa fue su nueva cruzada. Hasta que empezó una nueva misión: entrenar grupos contrainsurgentes en países del tercer mundo. Mientras tanto, Stallone seguía con la saga Rambo. Hollywood había tomado nota del éxito y el del héroe solitario e inverosímil que derrotaba (con bandana roja o no, con arco y flecha o una bazooka) a todo un ejército enemigo se convirtió en furor. Arnold Schwarzenegger, Chuck Norris, David Carradine entre otros incursionaron en el tema. Todos hacían distintas versiones de las historias (reales o ficticias) narradas por Gritz. Un género que era una mezcla de Doce del patíbulo con El Vengador Anónimo y que exigía la inmediata suspensión de la incredulidad del espectador. Stallone buscando inspiración para la tercera película volvió a mirar para el lado de Bo Gritz. El exmilitar se había abocado a entrenar rebeldes afganos para que lucharan contra los soviéticos. De eso se trata Rambo III, que por su falta de matices, su esquematismo y el agotamiento de la fórmula fue un fracaso. Gritz descubrió, sin demasiado esfuerzo, el parecido entre las películas y su vida y lejos de ofenderse, decidió en esa campaña vitalicia por la autopromoción (uno de sus principales capitales) denominarse como el Verdadero Rambo. Lo honraba la identificación. Esa fama convirtió en inevitable el salto a la política. Participaba en programas de radio y de televisión. Sus opiniones siempre eran fuertes, alejadas de los matices. Opiniones contundentes y extremas. En 1988 se presentó como vicepresidente por el Partido Populista, una opción más extrema que la ultra derecha si eso fuera posible. El detalle es que el candidato a presidente era David Duke, blanco supremacista y líder del Ku Klux Klan. En 1992, por el mismo partido, Gritz fue el que encabezó la fórmula presidencial. Su lema de campaña hablaba de las Tres G pero por supuesto no se refería a la frase a la que aspiran honrar todos los equipos de fútbol: Ganar, gustar y golear. Lo de Bo era más profano, directo y autorreferencial: God, Guns and Gritz (Dios, armas y Gritz). Esas opiniones absolutamente radicales, lindando lo delictivo (muchas veces incurriendo en delitos) en esos tiempos eran vistos como algo extravagante, sin ningún arraigo más que en minorías sin peso en la vida pública. Hoy muchas de las posturas que él sostenía pasaron a estar en el centro de la discusión pública. Sus últimas décadas tampoco fueron apacibles ni exentas de polémicas. Se opuso a la Guerra del Golfo, participó de varias discusiones públicas y pergeñó programas de entrenamiento para aprender a sobrevivir en condiciones extremas y para poder combatir en caso de urgencias. Cambió dos veces de creencias religiosas y tuvo un fallido intento de suicidio. El tiro en el pecho no dio en su corazón. Una ironía del destino: el que mató a más de 400 personas no pudo con él mismo. Formó SPIKE, una especie de fuerza paramilitar. El nombre es un acrónimo de Specially Prepared Individuals for Key Events (Personas especialmente preparadas para eventos claves). Este supuesto grupo de elite autogestionado se entronca en una de las muchas teorías conspirativas que apoyó y fomentó: el Nuevo Orden Mundial, una conspiración global que busca el colapso económico y social de los países. Esa conspiración, según él, fue responsable de todas las desgracias de Occidente desde el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en adelante. En su última aparición pública fue procesado junto a su hijo por el secuestro de dos niñas. Ellos alegaron que lo habían hecho para evitar que la madre perdiera la tenencia, porque no quería que el padre las viera ya que -según ella- las sometía a rituales satánicos. La justicia norteamericana no encontró evidencia de las acusaciones de la madre y sí pudo probar los delitos de Gritz y su hijo: secuestro, uso de arma y obstaculización de tenencia. También deben sumarse en la cuenta del verdadero Rambo dichos racistas, expresiones antisemitas, actitudes de violencia y hechos de abuso de armas. Sin embargo, su pasado de héroe de guerra lo siguió protegiendo, parecía habilitarlo para desequilibrios, delitos, excesos y desvaríos en la actualidad. Como si sus acciones anteriores le dieran crédito a comportarse posteriormente como un cretino o un delincuente. Tal vez en la identificación con Rambo y su saga esté la clave para entender a un personaje como Bo Gritz y su permanencia en la atención pública. La novela de David Morrell y en parte la primera película eran alegatos antibélicos que clamaban por la atención de los veteranos, por prestar atención a su inserción y al tratamiento del estrés postraumático. Que se preguntaban qué hacer con ese monstruo que habían tirado sólo en una ciudad después de haberlo hecho vivir unos años en el infierno y al que lo único que le habían enseñado era a matar. Leé también: De carpinteros y plomeros a asesinos en masa: el dilema del Batallón 101 en la Alemania nazi Las que siguieron, en especial, la segunda y la tercera son películas violentas, que celebran la guerra, que olvidan los matices, donde solo hay buenos y malos. Y en esa limitación, en ese maniqueísmo, en sus excesos tal vez logran mostrar, involuntariamente, de la mejor manera, el derrotero y desvarío de un personaje como Bo Gritz. Décadas atrás Gritz era un personaje marginal y sus ideas no tenían ningún arraigo real en la gente. Su historia también muestra el cambio de los tiempos.
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