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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 21/03/2026 02:32
Desde el púlpito tucumano denuncia una carnicería mediática y vuelve a emprenderla contra empresarios y periodistas. Lo suyo es una metralleta de ofensas y vulgaridades. Recurrente, vuelve a las metáforas parasitarias, escatológicas y estigmatizantes. Ya se sabe. Construye su trinchera atacando. Milei sostiene que su embestida es contra la gente deshonesta y que esta pelea vale la pena. No la tiene fácil. La palabra deshonestidad no cuaja precisamente en un clima de denuncias de corrupción que arroja sospechas sobre, justamente, la honestidad del staff gubernamental. El Presidente no sale a discutir políticas: establece jerarquías morales. Y, desde esta postura, el desacuerdo deja de ser una diferencia para convertirse en una transgresión moral. No se siente como parte, es juez. Milei pretende redefinir las normas morales que dan marco a nuestra convivencia. Lo hace desde parámetros absolutamente propios. Su idea reivindica el respeto irrestricto de la propiedad privada y del proyecto de vida del otro, demonizando el concepto de justicia social, al que considera una aberración. Para nuestro Presidente, el Estado se asimila a una organización criminal. Probablemente inspirado en la filósofa Ayn Rand, reivindica el egoísmo racional, el individualismo y el derecho de cada individuo a existir por sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros para sí. Esta manera de posicionarse frente a lo moral pone en tensión la tradición argentina, que sacraliza la igualdad de oportunidades, la movilidad social ascendente, el Estado como árbitro y la justicia social como valor. En la línea discursiva de Javier Milei, la moral dejó de ser un terreno de deliberación para convertirse en un dogma diseñado por el libertarianismo. Ya no se discuten políticas públicas, sino virtudes. El firmamento libertario se ordena de manera casi religiosa. Solo caben réprobos y elegidos, justos y pecadores. La moral, convertida en argumento político, no ordena el debate: lo clausura. El mercado aparece investido como un orden moral en sí mismo una red de intercambios voluntarios entre individuos libres, mientras que el Estado queda del otro lado, asociado a la coerción, el privilegio y la exacción. En ese corrimiento, la economía se moraliza y la política se simplifica: no hay intereses en pugna, sino un combate entre lo correcto y lo incorrecto. El efecto es inmediato. Si el otro no está equivocado, sino que es inmoral, el debate pierde sentido. La discusión democrática deja de ser técnica y pasa a ser moralizante. La tensión es entre el bien y el mal. El Estado no es ineficiente, es inmoral; el empresario prebendario es corrupto; y quien no está de acuerdo no solo se equivoca: es moralmente inferior. Desde los estrados mileístas se revolea la bandera de la superioridad moral. No se trata solo de arrogancia personal. Es desde donde Milei ancla la estructura de su discurso. Presentarse como moralmente superior supone tomar el atajo más corto para no discutir nada. El tema de la superioridad moral se debate ahora sobre una plataforma resbaladiza. La reactivación del caso $Libra y las revelaciones en torno al tren de vida de Manuel Adorni ponen bajo cuestión la arrogancia moralista del rugiente león libertario. Economista al fin, Milei antepone el costo marginal al costo reputacional. Parece no haber registrado que el avión en el que viene viajando Adorni terminará, más temprano que tarde, estrellado contra la línea de flotación de la narrativa libertaria. Lejos de ofrecer explicaciones sobre los hechos que se denuncian, el Gobierno investiga filtraciones. El tema no pasa por lo que ocurrió, sino por cómo y quién lo hizo público. La declaración del jefe de Gabinete de Ministros, que atribuyó a fuego amigo el video que los muestra subiendo a un avión privado con destino al carnaval esteño, recalentó la interna incendiaria que combustiona en lo más alto del poder. Se sale a cazar al mensajero. Las intrigas palaciegas alimentan las redes y distraen del fondo de la cuestión. El escándalo cripto, que compromete la credibilidad presidencial, explotó tras conocerse el contenido del peritaje de los teléfonos que ordenó la Justicia. El resto está encriptado dentro del sistema de la blockchain, en el que tramitan las operaciones bajo claves alfanuméricas. De todo eso no se habla. El flamante ministro de Justicia de la Nación sale a defender a Milei con el argumento de que es muy grave que se haya filtrado información confidencial del expediente del fiscal Eduardo Taiano, que involucra al Presidente en la criptoestafa. Mahiques dijo que la cadena de custodia no estuvo garantizada y que no podemos garantizar que parte de ese archivo no haya sido manipulado. Se echa a rodar la calesita de eventuales nulidades y triquiñuelas judiciales para descalificar pruebas y documentación. Nada parece perturbar a Milei. Necesita nuevos enemigos y tiene targeteados a los empresaurios, encarnados en Paolo Rocca y Madanes Quintanilla, a quienes vapulea sin piedad cada vez que se le presenta una oportunidad. Lo hizo en Nueva York frente a banqueros e inversores, volvió a la carga en Madrid contra los seguidores de VOX y no se privó en el Palacio Libertad, en el curioso homenaje a Adam Smith. No parece dispuesto a darles tregua alguna. La narrativa leísta se refuerza diferenciando el capitalismo de mercado del capitalismo prebendario. En orden a presentar ante su auditorio su versión conceptual de un capitalismo competitivo, la emprende contra el empresariado industrial. Mientras el Gobierno enfrenta cuestionamientos por el impacto de la apertura importadora en la producción y el empleo, el foco discursivo se desplaza hacia los empresarios nacionales. Los números empiezan a incomodar. Esta semana se conoció el índice de desempleo, que cerró en 7,5%, levemente por encima de 2025, llevando el número de personas desocupadas en todo el país a 1,7 millones. Según relevamientos recientes basados en datos del SIPA, el empleo industrial perdió más de 36.000 puestos en un año y la caída asciende a más de 64.000 empleos desde el pico de 2023. En simultáneo, las importaciones crecieron con fuerza en algunos casos más de 25% durante 2025, mientras distintos sectores manufactureros denuncian competencia externa creciente y cierre de plantas. La balanza comercial fue superavitaria en febrero en USD 788 millones, sosteniendo la racha positiva en 27 meses. Las exportaciones sufrieron una caída interanual del 2,9% y las importaciones del 11,8%. Esto es resultado más del enfriamiento de la economía que de una mejora de la productividad. Según la consultora Empiria, que comanda Hernán Lacunza, la construcción no reacciona en lo que va de 2026, manteniéndose por debajo de los niveles de noviembre de 2023, mientras cae más la demanda de insumos para obra nueva que para la finalización de obras. No sorprende entonces que el Presidente haya elegido subir el volumen de la confrontación con el empresariado local. La operación narrativa es transparente. Mientras el frente económico empieza a mostrar tensiones caída industrial, cierre de empresas y empleo en retroceso, la batalla cultural redefine el campo de conflicto. Ya no se trata solo de confrontar con la casta política. El nuevo antagonista pasa a ser el empresariado nacional. Ausente de todas estas cuestiones, nuestro Presidente se mueve por el mundo en modo profético. Lo suyo es una cruzada cuasi religiosa. Este fin de semana lo encuentra en Hungría, arropado por la buena sintonía que lo emparenta con Viktor Orbán. En paralelo, Mauricio Macri intenta ordenar al PRO y vuelve a quedar en un no lugar. No es oficialismo, pero tampoco oposición. No confronta ni se integra. Tampoco define si habrá candidato propio en 2027. El partido queda suspendido: acompaña sin capitalizar, se diferencia sin disputar. Así, mientras Milei convierte la política en una cuestión de fe, Macri la deja en estado de espera. Uno sobreactúa certezas; el otro administra dudas. Entre la superioridad moral y la ambigüedad permanente, el sistema político se achica. Y en ese achicamiento, lo que se pierde no es solo el debate: es la política misma.
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