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» La Nacion
Fecha: 21/03/2026 02:15
La inacabada comprensión del Nunca Más El Nunca Más, hijo inesperado de la dictadura, nos sigue hablando y su mensaje no termina de ser comprendido. Es un reclamo que va más allá de la inmediatez de su objetivo y sentido original, y de la valentía y determinación de un grupo de ciudadanos destacados que fueron convocados para registrar los testimonios de las víctimas de la tragedia iniciada medio siglo atrás. Es tal el peso de aquellos años setenta que todavía no han podido ser incorporados a la Historia y sólo pueden ser leídos parcialmente a partir de relatos a los que se llama memoria El recuerdo personal del comienzo de la dictadura, el 24 de marzo de 1976, es solo posible para tres de cada diez argentinos, pero sus consecuencias han permanecido como parte de la agenda pública como ningún otro suceso histórico del país. El final del absolutismo rosista ya estaba en la historia para los argentinos de 1900, tanto como la presidencia de Julio Argentino Roca era un pasado lejano en los días en que apareció Juan Domingo Perón. Hoy, es tal el peso de aquellos años setenta que todavía no han podido ser incorporados a la Historia y solo pueden ser leídos parcialmente a partir de relatos a los que se llama memoria. Una memoria que apenas narra fragmentos, versiones. No está mal ni está bien que así sea. Es lo que todavía pueden hacer los sobrevivientes de esos días. Y quienes han empezado a reconstruir motivos y hechos sin poder desprender el presente y lo que impacta sobre él como latigazos del pasado. Todavía esas partes no integran el todo, lo que no obliga a buscar responsabilidades simétricas en demonios enfrentados ni en justificaciones recíprocas. Tardará la Argentina en una reconstrucción histórica que explique y deje establecido una o varias hipótesis por las cuales la política se convirtió en violencia y expresó de las maneras más salvajes un fracaso ensangrentado. Otra cosa es el uso interesado que el kirchnerismo hizo de esa memoria y la selectiva exclusión de los recortes inconvenientes a su narración. Tardará la Argentina en una reconstrucción histórica que explique y deje establecido una o varias hipótesis por las cuales la política se convirtió en violencia y expresó de las maneras más salvajes un fracaso ensangrentado No fue solo un relato. También existió la decisión de rehabilitar los juicios para juzgar y condenar a todos los responsables de los crímenes de la dictadura que no habían podido ser alcanzados. Algo que no había sido posible por las presiones de los restos del poder militar en los años de Raúl Alfonsín. Esa decisión del kirchnerismo incluyó la reivindicación y glorificación de los autores de los crímenes cometidos por Montoneros y ERP, todos ellos puestos a debido resguardo de la Justicia. Esa política fue además un ejercicio de chantaje moral que dividió a propios y extraños e incluyó en este último lote a quienes no se subordinaron como militantes partidarios. Se llegó al extremo de prohibir por ley (en la provincia de Buenos Aires) y pretender convertir en pecado insalvable citar como una verdad la cifra oficial de víctimas registradas por el Estado como asesinados y desaparecidos. En esa versión no hay muertos ni heridos por el terrorismo. Al contrario, fueron borrados del relato y privados de las indemnizaciones que recibieron las víctimas del terrorismo de Estado. La misma política incluyó la cancelación a víctimas directas de la dictadura por no subordinarse y elegir ejercer su libertad intelectual. Son los casos, entre otros, de Graciela Fernández Meijide o Norma Morandini, a quienes la dictadura les arrancó un hijo y dos hermanos, respectivamente. Ellas y tantos otros eligieron seguir pensando y diciendo, como un efectivo contraste de la imposición de un pensamiento único Lo que empezó con la negación y el ocultamiento del enorme valor que tuvieron la Conadep, el Nunca Más y el Juicio a las Juntas tuvo una deriva en el reparto de un botín prebendario de cargos públicos, empleos y becas para los incondicionales. La idea de no repetir el horror se convirtió en un precepto implícito resumido en esas dos palabras, Nunca más, y es un mandato todavía no debidamente cumplido en todos sus términos En el final del ciclo de Néstor y Cristina Kirchner ya importaban poco la historia y los padecimientos encerrados en ella; prevalecía la obediencia y la militancia partidaria en la que diluyeron su persistencia y valorable lucha por la justicia algunos organismos de derechos humanos. Esos desvíos hacia el interés de un sector político no impiden ignorar, sin embargo, una acción continuada durante muchos años para encontrar a los desaparecidos y a los hijos de detenidas nacidos y apropiados en centros ilegales de detención. El mensaje intenso del Nunca Más sobrevivió a estas últimas dos décadas, como antes había perdurado cuando Raúl Alfonsín debió desandar parte de la obra realizada a partir del juicio a los comandantes y luego del fallido intento de reconciliación que trató de establecer Carlos Menem con los indultos a militares y guerrilleros. Ninguno de los beneficiados por aquella decisión del segundo presidente desde la restauración de la democracia colaboró con un gesto de arrepentimiento. Unos y otros murieron y morirán convencidos de que habían obrado en nombre del pueblo. Los guerrilleros, en la falsa creencia de representar a las mayorías, y los militares, justificándose en un supuesto mandato que nunca fue tal ni extendido para cometer atrocidades. Es por eso por lo que la idea de no repetir el horror se convirtió en un precepto implícito resumido en esas dos palabras, Nunca más. Desde una perspectiva complaciente podría aceptarse que los argentinos han cumplido ese designio. Con el final de la dictadura estaba terminando el medio siglo de golpes militares abiertos en 1930 y empezando este último medio siglo de democracia sin gobiernos de facto. Hay algo más en el mensaje nacido en aquellos días de la restauración de la democracia que siguieron a la derrota en Malvinas, un factor decisivo para la muerte del partido militar. El Nunca Más incluye la aceptación de un código de convivencia que tolere los enfrentamientos políticos y sociales sin que estos impliquen la fabricación de grietas como las que dividieron y dividen al país. Es, también, un mandato de hacer realidad para la vida cotidiana lo que se perdió en la dictadura: la justicia que defienda a los ciudadanos de la violencia partidaria y de la violencia organizada ilegalmente desde el Estado. La sombra de la dictadura seguirá entre nosotros aun después de que se hayan ido de este mundo víctimas y victimarios. Es la sombra que proyecta el deber incumplido de restablecer lo básico y lo esencial de un Estado de Derecho como regla y escenario de la libertad que se perdió, por última vez, cincuenta años atrás. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
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