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  • Esta historia no está cerrada

    » La Nacion

    Fecha: 21/03/2026 02:15

    Esta historia no está cerrada A lo largo del tiempo, la violencia de los años 70 y los horrores de la dictadura adquirieron lecturas cambiantes; la herida sigue abierta - 12 minutos de lectura' Es como si la inexorable nave del tiempo nos fuera separando progresivamente de aquella isla infernal, y como si la viéramos de manera distinta cada vez que avanzamos mar adentro en nuestras propias vidas. Cuanto más envejecemos y más nos alejamos de ella, su figura y sus contornos adquieren nuevas sombras y tonalidades. Como Heráclito con el río, nosotros no somos los mismos ni los episodios ni sus hitos y significados parecen exactamente iguales. La historia que, por edad, nos ha tocado vivir en su momento ha ido modificándose sutilmente en nuestra cabeza a medida que avanzaron estas décadas de madurez, estudios, lecturas y revelaciones. Eso sucede, para mi generación, particularmente con los truculentos años 70 y con la abominable dictadura militar: la memoria de una y otra experiencia traumática -ambas profundamente interrelacionadas sufrió fuertes operaciones políticas de aprovechamiento, justificación, negacionismo, escamoteo, extorsión emocional y otras adulteraciones infames y pueriles. También es cierto que mi generación tenía alrededor de 13 años cuando Héctor J. Cámpora abrió las cárceles y liberó a aquellos peligrosos guerrilleros reincidentes, y apenas 15 cuando Jorge Rafael Videla dio un golpe de Estado e inició así uno de los períodos más crueles y oscuros de nuestra cronología. Muchos de los setentistas que participaron de aquellos crímenes políticos jamás pidieron perdón, y algunos hasta fueron indemnizados con honores Recuerdo de niño algunas imágenes sueltas y fugaces: una bulliciosa asamblea en el colegio Carlos Pellegrini dirigida por encapuchados del ERP y Montoneros, y después de la asonada del 24 de marzo de 1976, unos preceptores con pistola al cinto que nos palpaban de armas en los recreos; la rutina previa de las bombas y de los muertos que nos dejaba cada dos por tres sin clases; el susurro de mis padres mientras se leía en televisión el amenazante comunicado número uno; los años de calma chicha (la paz de los cementerios), censura y aburrimiento (¿qué se puede hacer salvo ver películas?); el despertar a la conciencia política en la fase final de la adolescencia, la lectura secreta de los libros prohibidos, las imprudentes aventuras de la primera juventud con una revista artesanal que intentaba ser parte de la resistencia y, finalmente, la guerra de Malvinas: comenzamos repudiándola por entender que era un truco dictatorial y acabamos dispuestos a presentarnos como voluntarios para ir a pelear al teatro de operaciones del Atlántico Sur. El oxígeno de la democracia fue tan intenso que produjo algunos mareos y el horror expuesto y documentado del terrorismo de Estado resultó tan pavoroso que aceptamos de inmediato callar: la prehistoria de los años 70, en ese momento, no debía ser revisada ni merecía una profunda reflexión. Nos hicieron creer que la sana práctica de ese revisionismo sería utilizada como coartada por los genocidas y que, si persistíamos por ese camino, nosotros seríamos denunciados por colaboracionistas de los impunes y de los malvados con charretera. Ese primer chantaje que operaron los sobrevivientes del setentismo para tapar sus propios pecados fue muy efectivo, y logró borrar de la opinión pública una crítica juiciosa pero implacable que merecían la preclara juventud maravillosa y otros demenciales cultores de la lucha armada. Esa crítica implicaba, por aquellos tiempos, ser directamente funcional a los dictadores militares y consagrar la teoría de los dos demonios, que ciertamente emparejaba, y con gran injusticia, a verdugos con víctimas. El indecible sufrimiento que provocó aquel funesto programa de represión estatal e institucionalizada había logrado santificar de algún modo a los antiguos victimarios, que se vieron librados con ello de toda responsabilidad histórica sobre sus actos abyectos. Nosotros se lo permitimos. Las terribles desapariciones forzosas obturaron cualquier análisis serio sobre esa camada de argentinos que frívola y trágicamente se habían dejado seducir por el guevarismo, que pusieron de moda el gatillo y el trotyl, que quisieron imponer una revolución totalitaria a sangre y fuego y que llevaron a cabo atentados, homicidios y secuestros extorsivos, tanto en su versión foquista (los erpianos) como entrista (los montos). Ambos animados por los dos grandes autores intelectuales de esa catástrofe: Fidel Castro desde La Habana y Juan Perón desde Madrid. Muchos inocentes murieron en ese prefacio siniestro. Elijamos dos pequeños ejemplos al azar: los imberbes que le metieron un balazo en la nuca al presidente de Fiat, Oberdan Sallustro, un expartisano que se había jugado la vida contra Mussolini en Italia (leer el último libro de Pablo Sirvén), y los que balearon delante de su propia hija a Antonio Muscat, pacífico ejecutivo de Bunge & Born, solo para aceitar un poco la negociación por aquel rescate y cobrar los sesenta millones de dólares con que Montoneros financió sus actividades ilegales y sus múltiples asesinatos a sangre fría. La violencia era la partera de la historia, y el peronismo revolucionario se había inventado un Perón a su gusto y conveniencia. Pero cuando el viejo general -el real, no el imaginario- llegó al país y lo vieron rodeado de matones de ultraderecha, enseguida le tiraron el cadáver del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci, 23 impactos de bala para que recondujera al Movimiento hacia la patria socialista. La respuesta de Perón no se hizo esperar, reunió al Consejo Nacional del PJ, convocó a la juventud de la burocracia sindical y emitió un decreto donde se disponía la elaboración de un plan para eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas. A continuación, se llevaron a cabo destituciones y represalias armadas, macartismo y persecución directa, y pronto se creó la Triple A, que bajo su inspiración desplegó, metralleta en mano, razias contra los zurdos (sic). Bajo esa administración justicialista se perpetraron 1500 ejecuciones y hay registrados 900 desaparecidos en la Conadep. En la página 106 del libro Por la libre, Mario Eduardo Firmenich le confesaría luego a Gabriel García Márquez: Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente. No tratamos de impedirlo porque al fin y al cabo formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista. Era preferible un Lanusse, pensaban los montoneros, que esta conflagración interna, donde se mataban entre compañeros gritándose Viva Perón (Soriano dixit). Pero no llegó Lanusse sino Massera, con un régimen militar que recogería las consignas y las metodologías de la derecha peronista y las llevaría a un nivel nunca imaginado: un terrorismo de Estado sistemático y ampliado hasta el infinito, que respondería con desapariciones, torturas, crímenes, violaciones y hasta robo de bebés. Sus aberraciones están descriptas minuciosamente en el libro argentino más importante del siglo XX el Nunca Más y fueron ventiladas y condenadas en el proceso judicial más valiente de la historia: el juicio a las Juntas que impulsó Raúl Alfonsín. De ninguno de estos dos hitos participó el justicialismo, que llevaba la amnistía militar bajo el brazo en la campaña de 1983, propósito que luego terminaría por concretar el mismísimo Carlos Menem con sus indultos. Tampoco participó el peronismo de izquierda, que deseaba manejar el sentido común, convertir a los feroces combatientes de los 70 en blancas palomitas, y que logró tener acceso, casi desde el inicio mismo de la democracia, a un poder moral y fáctico desde el que operar incluso las diferentes purgas de las Fuerzas Armadas: fue algo así como otorgarles a los etarras la llave para manejar los ascensos y los despidos de la Guardia Civil. Se les otorgó la facultad de ejercer la venganza de Estado. También intentaron, a través de los Kirchner, instalar la idea de que aquellos terroristas luchaban en realidad por la democracia, cuando habían entrado en la clandestinidad y conspirado contra ella, y cuando claramente querían instalar una autocracia blindada similar a la que lograron instaurar mucho después Chávez y Maduro en Venezuela. Fascistas de izquierda, los llamaron en su momento Juan José Sebreli, Jacobo Timerman y Pablo Giussani. Parece un oxímoron, pero es una descripción tan perturbadora como certera. Las aberraciones están descriptas en el libro argentino más importante del siglo XX, el Nunca Más Muchos de los setentistas que participaron de aquellos crímenes políticos jamás pidieron perdón a sus víctimas por ellos, y algunos hasta fueron indemnizados con honores durante la era kirchnerista. Sus antagonistas del Ejército, la Marina y la Aviación pagaron con condenas y con la cárcel, pero salvo alguna excepción que confirma la regla -el general Martín Balza y por eso es detestado dentro del cardumen represor-, tampoco ellos pidieron disculpas a la sociedad por haber asaltado las instituciones y haber violado de manera sistemática los derechos humanos. Unos y otros creen haberse sacrificado para salvar a la patria. Eso lo demuestran innumerables libros y testimonios que glorifican a los ex guerrilleros y también Si lo contás, te mato (Planeta), el valioso libro del periodista Gustavo Sammartino, que durante muchos años intentó lo imposible: obtener las confesiones del Eichmann argentino, el general Carlos Guillermo Suárez Mason. Allí se escucha, por fin, la tenebrosa voz que intenta convertir una cacería humana en una guerra regular entre iguales: Gracias a lo que se hizo nuestro país sigue siendo una nación libre e independiente, dice Suárez Mason. El llamado cuarto hombre (su poder solo era superado por los tres integrantes de la Junta del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional) se queja más adelante con amargura: Nadie se acuerda de que los decretos emitidos por el gobierno constitucional ordenaban aniquilar a la subversión. Además, se creó el Consejo de Defensa Nacional que nos avalaba a borrar de la faz de la Tierra a todos los guerrilleros. Esa era nuestra legalidad. Teníamos toda la autoridad del mundo y por ello también se nos permitió hacer lo que se hizo. El decreto lo decía bien clarito. Aniquilar a la subversión quiere decir aniquilar basta de hipocresía. Los delitos de lesa humanidad han sido probados, y este relato, donde se mezclan alguna triste e innegable verdad con graves falacias, no alcanza más que para mostrar cómo los carniceros se explicaron a sí mismos. Tampoco fueron inocentes, por supuesto, muchos empresarios que respaldaron discretamente semejantes barbaridades e ignominias. No es cierto, sin embargo, el mito psicopático según el cual todos sabían lo que estaba pasando durante la dictadura: el conflicto armado de los 70 fue protagonizado por minorías intensas, integradas en ambos bandos por muchas familias ilustres de la alta burguesía, y los horrores de los campos de concentración no eran ni siquiera imaginados por la mayoría de aquella enorme clase media ni mucho menos por el amplio proletariado, que se desayunaron de los detalles espeluznantes recién después de la caída de Puerto Argentino y durante la llamada apertura, y que repudiaron esa metodología maligna e imperdonable de quienes tenían en cautiverio las instituciones y completamente silenciada la verdad, y que para terminar con la antropofagia habían elegido comerse al caníbal. En líneas generales, el ciudadano de a pie siguió el derrotero de Jorge Luis Borges, que al principio aprobó el fin de la guerrilla y hasta almorzó con Jorge Rafael Videla -junto con Sabato y Castellani- pero quien luego se apartó de la vida pública, en 1980 firmó una arriesgada solicitada reclamando una explicación por los desaparecidos -Bioy Casares y Jorge Asís también la rubricaron con enorme coraje-, más tarde asistió horrorizado al juicio a los comandantes y al final escribió un pequeño texto donde condensa el abuso de los eufemismos en una Argentina que suele mentirse alevosamente a sí misma: Un grupo de cambiantes militares se encarama al poder y nos maltrata durante unos siete años; esa calamidad se llama el Proceso. Los terroristas arrojaban sus bombas; para no herir sus buenos sentimientos, se los llamó activistas. El terrorismo estrepitoso fue sucedido por un terrorismo secreto; se lo llamó la represión. Los mazorqueros que secuestraron, que a veces torturaron y que invariablemente asesinaron a miles de argentinos, obtuvieron el título general de fuerzas parapoliciales. Hubo una invasión y hubo una derrota; las autoridades hablaron de anticolonialismo y de un cese de hostilidades. Un ministro, acaso deliberadamente, arruina la Patria; se lo denomina un economista. El opresivo régimen de Perón, los inexcusables bombardeos de junio del 55, el sádico itinerario del cadáver de Evita y los fusilamientos clandestinos de José León Suárez, la larga e inútil proscripción del movimiento justicialista, la frívola y atroz insurgencia guevarista, la desalmada guerra interna del peronismo, la perversa dictadura militar e incluso los trasfondos del conflicto bélico de Malvinas forman un único tren de nuestra historia: no es posible desvincular ninguno de los vagones de la locomotora. Tampoco se puede hacer trampa, si se pretende una aproximación serena y con matices a esa saga desgraciada, que tuvo en las últimas décadas mucha bibliografía, documentos desclasificados y testimonios únicos, y que debe seguir siendo examinada con lentitud y ecuanimidad, y a espaldas de adoctrinamientos y manipulaciones, o de quienes pretenden clausurar cualquier discusión histórica y poliédrica para cristalizar un sentido único y caricaturesco, usarlo como escudo político o arma arrojadiza del presente, o valerse de ese postureo para adquirir una falsa superioridad moral. Los fallos merecen ser nuevamente leídos, pero también debemos comprender las tremendas injusticias que siguen pendientes fuera de los tribunales. Porque esta historia no está cerrada. Como una extraña herida sangrante y abierta, cambia de color y de formas a medida que, como decía aquella canción, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. 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