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  • Murió Ernesto Cherquis Bialo, un contador de historias excepcional: periodista de raza, polémico y frontal

    » Clarin

    Fecha: 20/03/2026 22:37

    Puede ser que este adiós a Ernesto Cherquis Bialo -en su tiempo también conocido como Robinson, como firmaba sus notas en la época dorada de El Gráfico- simbolice el final de una época del periodismo deportivo (gráfico) tal como se lo interpretaba: la descripción, contundente y fiel, del suceso, el éxtasis y el drama. Y el hincapié en las historias humanas, antes que en el burocrático dato. Arrollador, extrovertido, conviviendo a la vez entre el porteño simple y apasionado y el personaje, admirado tantas veces y cuestionado otras, que supo de brillar en lo más alto de su profesión, sobre todo por la emoción que transmitían sus textos, y también de la declinación por las distintas polémicas. Como le sucede a todos (nos sucede a todos). Soy un contador de historias y las veces que me designaron para hablar con motivo de algún reconocimiento, el sujeto era el otro porque nuestra vida es el otro. Así se expresó un año atrás en la Legislatura porteña, al ser distinguido como un ilustre en el ámbito de la cultura. Y ya curtido por el paso de tantas batallas, recordando tantos años con las coberturas de lujo, como cronista -y confidente- de los más grandes deportistas de la historia (Muhammad Ali, Bobby Fischer, Pelé, Diego Maradona y tantos otros). Cherquis Bialo había nacido el 30 de septiembre de 1940 en Montevideo, en una familia de inmigrantes polacos, que venían huyendo de los horrores en su país -los progromos antisemitas y luego la invasión nazi- y que tenían como propósito llegar hasta Buenos Aires. Al igual que tantos compatriotas. Y que lo concretaron al poco tiempo, con un Cherquis que pudo vivir su infancia en nuestra capital y que desde entonces siempre se reconoció un auténtico porteño. Aquellos fueron años difíciles y de privaciones, en humildes casas de Almagro y con un Cherquis que hasta se atrevió a practicar boxeo en clubes de barrio, recordando que uno de sus profesores llegó a ser nada menos que Luis Ángel Firpo Pero al mismo tiempo se había entusiasmado por la lectura, que sería la base fundamental para su desarrollo periodístico. Formó parte de la primera generación de egresados del Círculo de Periodistas Deportivos, a comienzos de los 60, y su primer trabajo fue una pasantía en Clarín. Poco después tuvo la oportunidad en El Gráfico, la revista deportiva más importante del país, fundada en 1919 y que, a partir de los años 60 y por largo tiempo, sería la marca por excelencia en ese género, inclusive a nivel mundial. De aquella primera generación que llegamos como pasantes a El Gráfico, quedamos Héctor Vega Onesime y yo, contó Cherquis. Y en la década del 70, luego del período de Carlos Fontanarrosa (también creador de Gente), Vega Onesime asumió la dirección con Cherquis como co-editor general. Del ambiente bohemio pero también de la tarea inicial como pasante de esos primeros tiempos, evocó el año pasado en una entrevista para La Nación: La escuela empezaba en la redacción: primero tenías que clasificar fotos, ponerlas en sobres en los archivos, aprender a leer textos, quedarse de guardia, acompañar al profesional para ver cómo trabajaba. Los deportistas te recibían en su casa con las mejores pilchas, la casa impecable, te presentaban a la familia y el fotógrafo podía ir al lugar más recóndito. Era para El Gráfico. No había intermediarios ni agentes de prensa ni influencers, se arreglaba directamente en el vestuario el domingo para ir el lunes o el martes. Después te llegaría cubrir algo según tu especialidad, al deporte que eras más proclive. Pero tenías que tener cultura deportiva. Si te pedían el sobre de Roberto De Vicenzo y vos no sabías quién era, estabas listo. En la misma entrevista consideró que el juego más bello del mundo es el fútbol, pero nunca me interesó para comentarlo ni interpretarlo, sí para verlo y disfrutarlo. Cuando tuve que elegir sobre qué escribir, cuando me lo permitieron, dije que lo que más me importaba eran las historias, más que los hechos que están a la vista de todos. Las historias hay que descubrirlas y rescatarlas. Soy un escritor de historias o intentaré serlo, le dije a Fontanarrosa, nuestro director, un genio, un adelantado. El quedó muy impresionado de que me interesara eso más que lo técnico. Cherquis -así como los miles de lectores que El Gráfico cosechó en aquellos tiempos- guardaron el recuerdo de sus grandes coberturas. Casi todas las peleas relevantes de aquellas décadas como la épica Ali-Foreman en el Zaire (1974) o Ali-Bonavena en el Madison Square Garden en 1970. Cherquis recordó hasta el final cada detalle de la aventura de Ringo -había acompañado desde las gestiones para conseguir esa pelea- y contó sobre el desenlace, después de la conmovedora entrega del argentino hasta el último round: Recuerdo que después de una hora y media en la que Ringo tuvo las manos dentro de un balde colmado de hielo, salimos a la calle para regresar al hotel. Había que cruzar la 7.ª Avenida. Nevaba en Nueva York y 20 argentinos con su banderita lo esperaban para felicitarlo, para sacarse una foto o pedirle un autógrafo. Detrás de unos lentes negros quedaba un rostro congestionado, lleno de heridas y hematomas. Costó muchísimo cruzar esa avenida llevándolo en vilo entre 4 que nos alternábamos pues su cuerpo, exhausto, pesaba más. Subir los escalones hasta la puerta del Statler Hilton Hotel fue realmente una proeza. Al llegar por fin al lobby y arrastrarlo hasta el ascensor logramos abrir la puerta de su habitación. Se tiró en la cama sin quitarse los lentes repitiendo una y otra vez. Guapié, ¿no?. Todo cuanto le interesaba luego de haber tenido en vilo a la Argentina era el esdrújulo consuelo de la dignidad. Hoy, al evocarlo retomo la fina copa de champagne, la elevo, vuelvo a mirarlo a los ojos y brindo: salud Ringo, aquella noche fuiste más grande que nunca Aun cuando el boxeo o el fútbol requerían las coberturas más amplias, Cherquis estuvo en los grandes acontecimientos de casi todas disciplinas, como los Juegos Olímpicos de Montreal 76 o Los Angeles 84. Y un capítulo especial fue el match del siglo del ajedrez, entre Bobby Fischer y Boris Spassky en Islandia, en 1972. Así describió el comienzo de la serie de partidas que cautivaron la atención mundial como ningún otro match de ajedrez en la historia: Fue como si me hubiera despertado de un largo sueño. O como si aún estuviera soñando. Me vi en una sala inmensa, silenciosa y expectante. Alrededor, unas dos mil quinientas personas ubicadas en butacas y sillas; arriba, un techo con pentágonos blancos y negros cubriendo la forma cupular; en el piso una gruesa alfombra para amortiguar el sonido del -tránsito humano; al frente, un escenario con imponente cortinado blanco, cinco adornos florales de pie, un escritorio para el árbitro aislado por un biombo, un tapiz verde cubriendo todo el piso y una alfombra blanca en la superficie ocupada por la mesa de juego y los dos sillones, reclinables y movibles. Eran las 5 y 2 minutos de la tarde. Bobby Fischer y Boris Spassky ya tendrían que estar allí. Allí, frente a mí. ¿No es un sueño? (). Con las coberturas de los grandes acontecimientos, con un plantel de grandes profesionales -desde sus editores hasta sus cronistas, fotógrafos y diseñadores- El Gráfico se convirtió en una potencia propia del deporte argentino, con ventas de centenares de miles de ejemplares cada semana (que llegaron a picos de medio millón o aún más con la coronación en los mundiales de fútbol del 78 y 86). También, para los deportistas, alcanzar la tapa de El Gráfico era coronar un sueño. Sobre su seudónimo Robinson -que testimoniaba su admiración por el notable Sugar Ray- reveló: Fue una propuesta de Vega Onesime para mi segunda etapa en El Gráfico. En 1968, me fui para trabajar en la radio y volví en 1971. El Gráfico no admitía que volvieran los que se habían ido. Como una excepción, me lo permitieron pero sin firmar con mi nombre. Constancio C. Vigil, para quien guardo toda mi gratitud, me lo permitió. Y Vega agregó el seudónimo Robinson (por mi admiración a Sugar Ray Robinson) y así quedó hasta que asumí como director en 1982, cuando volví a usar mi nombre. Su retiro de El Gráfico se produjo el último día 1990. Fue docente en la UCA y ejerció como profesor titular en Fuentes de información y nuevas tecnologías. Ocupó puestos gerenciales en Telefé, Torneos y Competencias y en Radio Rivadavia (aquí en uno de los revival de su clásico La Oral Deportiva) durante los años 90. En los últimos tiempos, se desempeñó como columnista en Infobae: uno de sus exalumnos de la UCA, Daniel Hadad, ahora propietario de Infobae, lo había convocado. Entre 2008 y 2016 fue director de Comunicaciones de la AFA y vocero de su presidente, Julio Grondona. Lo explicó así: Lo pensé mucho y me decidí con la convicción de que ya no volvería más al circuito periodístico. Es una decisión que tenía que ver con mi edad y con la gerontofobia. La Argentina es un país gerontofóbico, no tenía futuro y tenía que tomar una decisión y fue la correcta. Fui a ofrecer mi arte a una institución que modernicé, conocí a mucha gente y lamenté no haber tratado antes a Grondona porque aprendí mucho de la vida. Pero Macri me echó, choqué contra la pared, no me indemnizaron y tuve que ir a un largo juicio laboral. Ahí apareció Hadad con su propuesta y me salvó la vida. Tuvo presencia en programas televisivos del deporte (Tribuna Caliente, Polémica en los estadios, Fútbol-el debate, entre ellos). Logró cuatro premios Martín Fierro por la tarea en radio y tv y el Premio Konex en periodismo deportivo. Escribió Yo soy el Diego de la gente en coautoría con Daniel Arcucci, Monzón, mi verdadera vida y el más reciente, junto a Carlos Irusta, sobre los grandes boxeadores del historial argentino. La lucha de Cherquis Bialo contra la leucemia Cherquis Bialo tuvo que ser internado internado en 2025 en el Hospital Alemán de Buenos Aires debido a un cuadro de leucemia. La seriedad de su estado llevó a realizar pedidos públicos de donación de sangre y despertó una gran muestra de apoyo y oraciones por parte de colegas y seguidores. Sin embargo, en aquella oportunidad, su fortaleza y su ánimo lograron revertir la situación. Él mismo recordó las palabras que le dijo la médica que lo atendió: "No tengo buenas noticias. La médula no funciona. Haga lo que tenga que hacer. Despídase de quien se tenga que despedir, firme los papeles que tiene que firmar. Aun así, Cherquis consiguió sobreponerse durante algunos meses más. En ese momento, explicó qué fue lo que finalmente terminó afectándolo: Yo tuve un enfriamiento que se convirtió en un broncoespasmo, que se transformó en una pulmonía y que terminó, este, con una, una neumonía bilateral. La neumonía bilateral me produjo la falta absoluta de defensas y la falta absoluta de defensas hizo que dejara de funcionar mi médula. Y cuando mi médula dejó de funcionar, el organismo reaccionó con una leucemia. Su cuadro había empeorado en las últimas horas. Murió la noche de este viernes 20 de marzo. Sobre la firma Newsletter Clarín

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