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  • Ernesto Cherquis Bialo retratado en cinco historias mínimas: el boxeo, la redacción de El Gráfico y la ética periodística

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 20/03/2026 22:22

    Ernesto y yo Conocí a Ernesto Cherquis Bialo el domingo 17 de julio de 1988. Yo estaba informalmente incorporado a la redacción de El Gráfico como pasante de la UCA. Cuando ingresé, Ernesto se encontraba en un viaje de 66 días por Europa. no por placer sino por trabajo. Cubriendo peleas por títulos del mundo, carreras de Fórmula 1, la fase final de la Eurocopa de Selecciones de la UEFA disputada en Alemania, Roland Garros, Wimbledon, entrevistas con grandes personajes del deporte universal... Una gira Imperial, a su medida. Pero ese domingo de cierre de la revista semanal, el director regresaba a la redacción y yo palpaba un clima de ansiedad entre los periodistas. Ernesto subió al tercer piso de la Editorial Atlántida a las doce en punto. La fragancia Armani que recién acababa de cruzar el Atlántico anunció su llegada en el camino entre el ascensor y la posterior escalerita hacia arriba que lo iba a depositar en la redacción. Entró, echó una mirada general con una sonrisa de reencuentro, dejó el attaché en su oficina y se devolvió hacia la gran sala. Lo esperábamos todos de pie. Yo estaba clasificando fotos en un rincón y el Chino Martinez, que también hacía la misma tarea, me reta: ¡Dejá de trabajar, llegó el Jefe!. Todos parados y en silencio sepulcral. No por disposición de Ernesto, ciertamente, sino por el magnetismo que emanaba el personaje, que ya tenía 25 años trabajando en El Gráfico y 47 de edad. Se inició una particular ceremonia. Con Ernesto saludando afectuosamente a cada miembro de su redacción. Uno por uno. Cada quien con una mención o comentario en particular. Aldo Proietto, gracias por dirigir tan bien la revista en mi ausencia. Mi amigo, mi hermano, ya volveremos a ir a ver juntos a nuestro querido Ciclón de Boedo. Osvaldo Ricardo Orcasitas, mi querido O.R.O., el hombre que es sinónimo de El Gráfico. El hombre sin descansos, que está en la redacción aún en los días en que nuestros periodistas tienen libre. Con vos me podría haber ido al fin del mundo tranquilo, seguro de que el funcionamiento estaba asegurado. Julio César Pasquato, el gran Juvenal, la Enciclopedia del fútbol, el señor de los Mundiales. Luis Alberto Hernández, el petitero de Ituzaingó, el periodista que más sabe de tenis en el planeta. Estaba descubriendo al personaje. Yo congelado, inmóvil como todos. Ernesto, dueño de un histrionismo desusado pero auténtico. No me parecía que estuviera impostando una admiración que no sentía. José Luis Barrio, el periodista que se eleva y luego desciende con las musas para engalanar nuestras páginas. El docente de San Andrés. Natalio Gorin, qué honor seguir contando en esta modesta publicación con el biógrafo de Astor Piazzolla. Jorgito Barraza, uno de nuestros dos grandes expertos en el fútbol juego. Gonzalo Abascal, qué gusto verte, el único jujeño lindo como te bautizó Nicanor González del Solar. Danielito Arcucci, señores tenemos con nosotros nada menos que al alter ego de Diego Armando Maradona. Y así con todos. César Litvak, Adrián Maladesky, Huguito Suerte, Daniel Roncoli, Sergio Bornancini, el Chino Martinez... Me di cuenta, con escalofrío incluído, que el giro que estaba dando Ernesto terminaba indefectiblemente en el rincón en el que estaba yo. El rito estaba terminando. De pronto, quedamos frente a frente con Ernesto. Me observó un par de segundos que a mí me parecieron dos minutos. Yo estaba estrenando un jogging Adidas de color negro. Buzo y pantalón largo. Ernesto dudó. Probablemente haya pensado que era parte de la empresa que hacía la limpieza en la Editorial. Finalmente, sin decir palabra, me dio la espalda, no por descortesía, sino porque enfilaba el camino de regreso a su oficina. El silencio seguía. Sólo se recobró el ritmo febril de la redacción un día domingo cuando ingresó a su oficina cerrando, de taquito, la puerta. Fue un cierre más pero con mal resultado para mí. El lunes era descanso para la compañía. El martes, cuando me reincorporo al trabajo, me llama Daniel Félix Galoto, quien era el coordinador de pasantes de la UCA y me dice: Cherquis preguntó quién eras, le dije que eras un pasante de la UCA al que le veía condiciones y por eso te había pedido que siguieras viniendo, vencido el plazo de tu pasantía original. Pero Ernesto me dijo que no vengas más. Que no tenemos plata y que es indigno que una persona trabaje sin percibir retribución. Fue un golpe, pero yo sabía que Cherquis iba a ser mi profesor desde agosto del 88 en la UCA y me tenía fe para convencerlo de que me incorporara. Se iniciaba para nosotros dos un período de 37 años de amistad. Aunque ese mediodía en que nos conocimos, Ernesto no me saludó. Ernesto y el Luna Park Ernesto Cherquis Bialo y Juan Carlos Tito Lectoure forjaron una amistad entrañable. Eran simbióticos, casi como hermanos. El Ernesto que llegó de su natal Uruguay a bordo del Vapor de la Carrera, cuando aun el acné cubría su rostro, sufrió la fascinación del choque con Buenos Aires, la ciudad que brillaba y no dormía promediando los 50. En ese enamoramiento, el hijo del matrimonio judío-rumano que vendía antigüedades en un negocio de Montevideo, puso en el cénit de su admiración al fútbol y al boxeo. Pasión por San Lorenzo de Almagro en uno. Seducción por las noches de sábado con boxeo en el Luna Park. Tomaba siempre un infaltable café antes de ingresar en el mítico bar Ring Side de calle Bouchard. Disfrutó desde la popular de los últimos episodios del superclásico del boxeo argentino entre José María Gatica y Alfredo Prada. Ernesto iba siempre por el Mono, aunque respetaba mucho a Prada. Gozó de la explosión del pugilismo criollo, con el advenimiento de los campeones del mundo. Pascual Pérez como hincha. Horacio Accavallo, Nicolino Locche, Carlos Monzón, Víctor Galindez ya como periodista, presente en cada una de esas consagraciones. Aún vemos en YouTube al gran Ernesto Cherquis Bialo con frescos 28 años, a la vera del ring del Kuramae Sumo de Tokyo, la lluviosa noche en la que el Intocable de Mendoza desfiguró al hawaiano Paul Takeshi Fujii, para devenir campeón mundial de los welter juniors. Fue el 12 de diciembre de 1968. Su romance con el boxeo y sobre todo con el Luna no tendría interrupciones hasta que Tito Lectoure, harto de los malos manejos de los managers de los boxeadores, le cerró las puertas de su estadio al box en 1987. Ernesto, profesor mío de periodismo en la Universidad Católica Argentina, me hace el honor de convocarme para hacer parte de la redacción de El Gráfico en 1988. Poco después me cuenta con una felicidad que no le cabía en el cuerpo: Convencí a Tito para que vuelva a hacer una velada de boxeo en el Luna. Será el 2 de diciembre y pelearán Locomotora Castro, este pibe que revienta de gente el estadio de la Federación en la calle Castro Barros, y el Puma Arroyo, un salteño que tiene muy pesadas las manos. Vuelvo a mi segunda casa. Ojalá que todo salga bien y Tito vuelva a entusiasmarse con el boxeo. Todo salió bien: 25.000 personas llenaron el viejo templo y Locomotora ganó por nocaut técnico. Aunque Lectoure no revisó su decisión y el pugilismo siguió vedado en Corrientes y Bouchard. Una pintura de lo que era el Luna Park para Ernesto. Él mismo encabezó la cobertura de esa pelea para El Gráfico. Secundado por el gran especialista Carlos Irusta y ayudado por dos jóvenes cronistas de la revista: Gonzalo Abascal y Alfredo Alegre. Nos citó a las 21 en el bar Ring Side. Gonzalo y yo nos juntamos en la esquina para ir juntos a su encuentro. Vestidos como pedía una noche de 30 grados. Jeans, camisa, remera, muestras indisimulables de haber tomado sol en los rostros. Cuando ingresamos al bar supimos instantáneamente que algo andaba muy mal. Ernesto, trajeado, perfumado, afeitado al ras, tomaba café de parado con un Irusta elegante en su saco y corbata. Cherquis estaba azorado y no lo disimulaba. Nos dio la bienvenida: ¿Ustedes son periodistas de El Gráfico o eran? El Luna y El Gráfico son tope de gama y esta cita con la historia es, de mínima, con saco y corbata. ¡Habrase visto!. Los cronistas mirábamos con cariño los cafés humeantes pero el ambiente no estaba para invitaciones: ¿Qué café? Métanse en el estadio ya mismo... Y a laburar. Ernesto y Julio Grondona La relación de Ernesto Cherquis Bialo con Julio Humberto Grondona merece una mención especial. Históricamente tuvieron buenas relaciones aunque hubo un episodio que podría haberlos alejado, más precisamente entre 1994 y 1998. Ambos tuvieron muy fluida relación antes y durante el Mundial 78, cuando Don Julio era el verdadero hombre de fútbol de AFA, mientras Alfredo Francisco Cantilo era un presidente más nominal que real, manejado por el contraalmirante Carlos Alberto Lacoste en lo institucional y por el propio Grondona en lo futbolístico. En ese legendario 1978 -y, en rigor, desde un año antes-, Ernesto era el 2 de El Gráfico, solo por debajo de Héctor Vega Onesime, el director. Esa afinidad de Ernesto con Don Julio se afirmó cuando el caudillo de Sarandí arribó a la presidencia de la AFA. Y se mantuvo hasta 1990 cuando Cherquis Bialo renunció a El Gráfico, retirándose como director, tras 27 años de carrera en la Biblia del Deporte. Ernesto tomó la compensación que la Editorial Atlántida le dio tras su salida, en reconocimiento por su brillante e intachable trayectoria y, con 50 años de edad, decidió dedicar su tiempo y su fortuna a concretar su gran sueño: ser hotelero. En unas vacaciones junto a su familia en la provincia de Córdoba, se había enamorado de un pueblo llamado Cruz Alta. Allí se estableció a comienzos de 1991, con el deseo de erigir un cinco estrellas en tan bucólico paisaje. Ernesto, además de extraordinario periodista, era un Quijote, un perseguidor incansable de Molinos de Viento. Por eso fue doblemente doloroso el choque con la realidad. Pronto se dio cuenta de que con el capital que tenía, solo podía edificar una confitería. Muy lejos del cinco estrellas. También veía muy lejano interesar a inversores para construir el hotel. Entró en profunda introspección, más no depresión. Tras analizar que después de 30 años en el periodismo debía empezar prácticamente de nuevo, fue a pedir trabajo, con la humildad de los grandes, a radio Universidad de Córdoba. Se lo dieron y se transformó en el comentarista de José Luis Marchini, en las transmisiones de fútbol. El mismo Cherquis se tomaba el pelo sobre el nivel de audiencia que tenían: No nos escuchaban ni los operadores técnicos de nuestra propia radio, que se ponían el auricular y oían, como toda Córdoba, al negro Víctor Brizuela. Al tiempo, fue contactado por la empresa Torneos y Competencias y decidió regresar a Buenos Aires. Pero para trabajar en un puesto gerencial, lejos de las Olivetti, las cámaras y los micrófonos. Su pasión periodística lo seguía quemando y, dos años después, aceptó la propuesta de conducir la Oral Deportiva Edmundo Campagnale de radio Rivadavia. Debía reemplazar al legendario José María Muñoz, quien había muerto un par de años antes, en 1992. La tarea de Ernesto fue formidable. Levantó la audiencia, alicaída por la desaparición del Relator de América, con un cocktail de información y opinión que generó conmoción en el dial. Sus editoriales se hicieron famosos. En ellos era particularmente ácido con Julio Humberto Grondona, al punto de que, cuando se refería al presidente de la AFA, ponía de fondo el leiv motiv musical de la película El Padrino. Fueron años sin hablar con Don Julio. Pero un hecho desgraciado cambió el rumbo de esta historia. El 26 de abril de 1998 murió el periodista Roberto Ayala, de larga permanencia en radio Rivadavia, en el sanatorio Colegiales de Chacarita, tras haber estado internado durante los dos últimos meses de su vida. En enero del 98 le había sido detectado un cáncer de garganta que terminó con su existencia. Ayala, cuyo verdadero nombre era Roberto Mario Wolinsky, tenía 53 años (había nacido en el barrio de Almagro el 14 de enero de 1945) y era casado. Al tiempo, su viuda, acudió muy preocupada a pedirle ayuda a Cherquis. La situación económica de la familia había quedado muy deteriorada por los gastos de la cruel enfermedad y se aproximaba el remate de la casa de Roberto Ayala y señora. Ernesto la escuchó, la comprendió y quiso ayudarla. Pero no tenía cómo. Hasta que tuvo una idea loca: llamar a Julio Grondona. Lo hizo con aprensión suponiendo un Julio furioso. Lo llamo y me atiende como una seda, con un cariño y un respeto que me desarmó. Me ofreció tomar un café en Viamonte, que era precisamente lo que yo quería proponerle. Ernesto acudió al encuentro y Grondona se hizo cargo de toda la deuda, dejando a salvo la casa familiar del gran periodista fallecido. Relanzada la relación con Julio, pocos años después, Cherquis Bialo tomó el cargo de Director de Comunicaciones de la AFA. Trabajo que sólo abandonó cuando Claudio Chiqui Tapia lo echó en 2017. Ernesto y Carlos Monzón La relación de Ernesto Cherquis Bialo con Carlos Monzón siempre fue de padre a hijo. Aunque el insigne periodista fuera sólo 22 meses mayor que el Escopeta del barrio La Flecha de San Javier, Santa Fe. Ernesto entrevió un gran futuro en ese flaco, alto para peso mediano pero con una infancia de desnutrición que le pasaba factura en medio de sus peleas con ahogos, que luego superaba cuando cambiaba de aire. Y también en el intenso dolor que soportaba en sus manos en los tramos finales de sus combates, cuando las infiltraciones que le adormecían los nudillos dejaban de hacer efecto. Ese sufrimiento era el resultado de una descalcificación aguda, producida por la ausencia total de leche en su dieta infantil, que era prioritariamente ocupada por dorados, sábalos, pacúes, surubíes, bogas y rayas, todos pescados en los riachos de su pueblo por el propio Carlos, desde muy temprana edad. Monzón venía al Luna Park y ganaba pero no deslumbraba jamás. Y el gran estadio estaba a la mitad -o menos- cuando sus contemporáneos Nicolino Locche y Óscar Natalio Bonavena lo reventaban cada vez que se presentaban. Monzón no era noqueador de un solo golpe, no era un estilista, no mostraba carisma, hacía un boxeo de clinc, caja, peleaba para él y para los jurados. No para el público. Pero había tres creyentes clave en las condiciones del santafesino. Tito Lectoure, el promotor del Luna Park, que le veía gran proyección internacional por su físico espigado, su contracción al entrenamiento, su mente fría y estratégica y su potencia de largo alcance. No de un golpe, se reitera, sino fruto de una demolición programada que terminaba deteriorando irreversiblemente a sus rivales. El segundo creyente era su formador, entrenador y manager Amílcar Brisa. Y el tercero era Ernesto Cherquis Bialo, quien se terminó de convencer cuando Monzón despojó sucesivamente de sus títulos argentino y sudamericano de peso mediano a ese muy buen pugilista porteño llamado Jorge Fernández. La proyección internacional estaba instalada y, finalmente, Nino Benvenutti le dió la oportunidad por el título mundial el sábado 7 de noviembre de 1970 en el Palacio de los Deportes de Roma. El pesaje fue la misma mañana del día de la pelea y Monzón tenía algún temor de excederse en la báscula unos gramos del límite de los pesos medianos. Ernesto Cherquis Bialo le dijo: Carlos, si tenés ese temor, pesate desnudo, el slip te suma unos gramos que pueden dejarte sin pelea ni título porque automáticamente la pelea con Benvenutti pierde su condición titular si no das el límite mediano y se hace a 10 rounds sin corona en juego. Carlos no era precisamente tímido. Y le hizo caso al enviado especial de la revista El Gráfico. Dio justo el peso límite de los medianos, pero como Dios lo trajo al mundo. El ingreso de damas al pesaje no estaba vedado. Muchas italianas huyeron horrorizadas. Pero algunas permanecieron en sus sitios muy atentas. Acababa de nacer otra leyenda de Monzón. No precisamente la boxística. Le ganó por nocaut en 12 vueltas al gran Nino, quien le había pedido a su manejador Bruno Amaduzzi un rival fácil después de sus dos tremendas batallas contra Emile Griffith. Pobres ingenuos, Nino y Bruno. Monzón lo destruyó y le quitó el título. Y seis meses después le dio la revancha en Mónaco. Allí, Escopeta jugó con el italiano como juega el gato maula con el mísero ratón. Siguieron las defensas del reinado con una Europa rendida y admirada. Sobre todo, Francia, que fue testigo de las dos masacres de Monzón con el estoico crédito galo Jean Claude Bouttier. El organizador de esas dos peleas fue Alain Delon, quien manejaba precisamente la carrera de Bouttier. Pero al ver el maltrato que recibió su pupilo del campeón mundial, al cabo de la segunda pelea entre ambos, decidió ir a su vestuario y proponerle: Quiero organizar peleas tuyas, Carlos. Sos un verdadero fenómeno. Otra vez, ya en la gala del Lido, intervino Ernesto, envuelto en burbujeante champagne. Pocos meses antes, Cherquis había sido testigo de la provocación a Monzón por parte de un grupo de mexicanos en Maracay, Venezuela, donde Carlos había ido como hincha de un pugilista argentino que era su amigo. Los mexicanos le gritaron a Monzón: Argentino marica, le tienes miedo al Mantecas... ¿Por qué no le das la pelea?. Portaban armas de fuego. Monzón se desabrochó todos los botones de la camisa y gritó que le tiraran. Intervino la comitiva que acompañaba al santafesino y se evitó una tragedia. Pero Ernesto recordaba el insolente desafío azteca y le dijo a Delon por qué no organizaba el combate contra el tal Mantecas. Que no era otro que el cubano nacionalizado mexicano José Ángel Mantequilla Nápoles, brillante estilista que era campeón mundial welter, dos categorías por debajo de la de Monzón. Delon tomó el guante y organizó el combate para el 9 de febrero de 1974 en la isla de Puteaux, París. En la semana previa al choque el alcalde parisino, Jacques René Chirac, luego presidente galo, iba a homenajear en un sencillo acto a Monzón, declarándolo Ciudadano de París. Tanta era la admiración que despertaba el campeón mundial. Monzón recurrió nuevamente a Cherquis para preguntarle que debía decir porque era un acto con escenario, prensa y micrófonos. Ernesto fue claro: Carlos, no te compliques en lo más mínimo con el francés que no lo hablás. Recibí de Chirac la plaqueta que testimonia el reconocimiento, dirigite al micrófono y sólo decí Mercy Bocú. Cherquis simplificaba la expresión de agradecimiento del idioma francés que en realidad es Mercy Beaucop. Sabía que lo de Monzón era pelear y no hablar. El día del acto llegó. Chirac le entregó la plaqueta, Monzón giró en el escenario se acercó al micrófono y dijo: Pipí Cucú. Abajo del proscenio, Ernesto se agarraba la cabeza: ¡No Carlos!. La pelea fue desigual. Monzón le dió una paliza al Mantecas. En la medianoche de esa jornada inolvidable, Delon cerró el Lido para Monzón y su comitiva. Con bailarinas prácticamente desnudas en el escenario y el mejor champagne del mundo entonando a los invitados, Ernesto Cherquis Bialo tomó con sus manos las mejillas de Monzón y le dijo, extasiado y eufórico: Negro querido, ¡vas a ser Campeón del Mundo hasta que a vos se te antoje!. Ernesto y la mentira El 13 de junio de 1978 El Gráfico vivió uno de sus peores momentos. Una isla en medio de su brillante y magnífica trayectoria de 98 años como indiscutida Biblia del Deporte. Fue la primera lectura de muchos niños. Entre ellos quien ésto escribe. En la Argentina, pero también en toda Hispano América. El Gráfico no sólo entretuvo, sino que enseñó y hasta alfabetizó. Periodistas extraordinarios como Ernesto Cherquis Bialo la prestigiaron con su pluma impar y su ética intachable. Pero la perfección no existe. Un martes 13 se publicó esta supuesta carta que habría escrito Ruud Krol, el capitán de Holanda, en pleno Mundial 78, para su hija, quien se encontraba junto a su madre en Amsterdam. Mi preciosa Tu madre te leerá esta carta. Quiero decirte antes que nada, que te extraño mucho, aunque el recuerdo y la sonrisa que sale de tu foto, siempre me acompaña. Ya compré la muñequita que te prometí. Es rubia como tú y tiene un par de ojos exactamente iguales a los tuyos. Camina, habla y muy pronto, cuando yo regrese, jugaremos con ella tirados en el living. Mamá me contó que los otros días lloraste mucho porque algunos amiguitos te dijeron cosas muy feas que pasaban en la Argentina. Pero no es así. Es una mentira infantil de ellos. Papá está muy bien. Aquí todo es tranquilidad y belleza. Esta no es la Copa del Mundo, sino la Copa de la Paz. No te asustes si ves algunas fotos de la concentración con soldaditos de verde al lado nuestro. Esos son nuestros amigos, nos cuidan y nos protegen. Nos quieren como toda la gente de este país, que desde el mismo momento de la llegada nos demostró su afecto y nos tiraban besos y todas las manos querían abrazarnos. (...) Cada vez hace más frío. Por las ventanas del hotel vemos todos los días caer la nieve. El paisaje es hermoso, pero me faltas tú. Sonríe, pronto estaremos juntos. No tengas miedo, papá está bien, tiene tu muñeca y un batallón de soldaditos que lo cuida. Que lo protege y que de sus fusiles disparan flores. Dile a tus amiguitos la verdad. Argentina es tierra de amor. Algún día cuando seas grande podrás comprender toda la verdad. Te adoro, cuida a mamá, espérame con una sonrisa y andá pensando en un nombre para la muñequita. Mi beso. Papito. PD: Yo ya elegí el nombre para tu muñeca. Será Argentina. Si puedes elegir uno mejor, dímelo. La selección de Holanda era cabeza de serie en la ciudad de Mendoza. El equipo naranja se concentraba en la localidad precordillerana de Potrerillos. El revuelo que esta misiva trucha generó en el mundo fue mucho. Y estamos hablando de un planeta en el que no existían ni el DDI, ni el fax, ni Internet, ni los celulares, ni los mails. Tras el epílogo del Mundial, luego de la final perdida 3-1 frente a la Argentina, el plantel holandés aterrizó de regreso en Schiphol y una multitud lo aguardaba. No para reconocer el subcampeonato mundial -el segundo consecutivo para los Orange- sino para repudiar a Krol por su carta imaginaria. El futbolista desmintió todo, aclarando que todo había sido un embuste. Muchos le creyeron, otros no. Pero el zaguero líbero del Valencia de España -por eso hablaba perfecto castellano- decía la verdad. La esquela había sido la invención del periodista Enrique Romero, corresponsal de El Gráfico en Mendoza. Quizás para ganar puntos en su consideración en la revista, con el objeto de ser convocado a trabajar en ella en Buenos Aires. Quizás para quedar bien con los líderes de la dictadura que imperaba entonces. La motivación pudo haber sido diversa. Lo claro es que se trató de un papelón insólito, en la resolución del cual jugó un papel fundamental Ernesto Cherquis Bialo. Cuando ocurrieron estos sucesos, él se encontraba cubriendo los partidos del Mundial que se desarrollaban en la ciudad de Córdoba. Al enterarse de la existencia de la carta, se le encendieron todas sus alarmas internas de periodista joven pero experimentado, con 15 años de limpio recorrido. Luchó denodadamente para que ese libelo no se publicara. Rogó, telefónicamente, que al menos esperaran su regreso a Buenos Aires para realizar él mismo, personalmente, los chequeos correspondientes antes de la publicación. Cherquis no era el Director y la decisión política de editarla ya estaba tomada. A su regreso a la capital, con la publicación consumada y el escándalo en pleno desarrollo, fue Ernesto Cherquis Bialo, más allá de no ser la máxima autoridad, quien tomó la decisión de echar de la revista al cronista mendocino. Llegó hasta a blandir su renuncia a la revista si esa inmediata salida no se producía. Se produjo. Enrique Romero murió el 2 de noviembre de 2002 en Madrid. Estaba en España trabajando como corresponsal de una publicación argentina que no era El Gráfico.

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