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  • Psiquiatra señaló las dos capacidades que ayudan a los niños a sostener una felicidad duradera

    Parana » AIM Digital

    Fecha: 20/03/2026 17:42

    Son muchas las familias que se preguntan "¿cómo conseguimos que nuestros hijos sean felices?". Es una pregunta compleja, pero a menudo se responde de una forma que, paradójicamente, aleja a los niños de una felicidad auténtica. No pocas veces hemos confundido la felicidad con ausencia de frustración o con una especie de estado permanente de satisfacción inmediata. Sin embargo, la vida es más compleja, y el tiempo demuestra que esa idea es tan atractiva como irreal. La felicidad, aclara el psiquiatra Javier Quintero, autor del libro '¿Cómo estás?', "no es un lugar al que se llega, ni un trofeo que se conquista, ni siquiera una emoción permanente. La felicidad es, más bien, un proceso. Algo que se ha de construir día a día y que se fortalece precisamente en el contacto con la realidad, incluso con sus dificultades". Por eso, prosigue Quintero, "cuando hablamos de felicidad familiar, no deberíamos hablar de niños permanentemente contentos, ni de padres capaces de eliminar cualquier incomodidad del camino. Deberíamos hablar de crear un entorno en el que cada miembro de la familia aprende a vivir con coherencia, con sentido y propósito y con capacidad de adaptarse a la vida". De hecho, una de las definiciones más claras y operativas de la felicidad es la que propone este doctor: "la felicidad aparece cuando alineamos lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos". Así, explica este experto, "cuando una persona siente una cosa, piensa otra y actúa de una tercera manera, aparece la tensión interior. Esa disonancia va a generar malestar, confusión y, con el tiempo, incluso desgaste emocional. En cambio, cuando existe esa coherencia entre emoción, pensamiento y acción, la persona experimenta una sensación de equilibrio ergo de felicidad". Este concepto, asegura este psiquiatra, tiene un enorme valor educativo. «Si queremos educar hijos felices, no deberíamos obsesionarnos con que estén siempre contentos, sino con ayudarles a desarrollar esa coherencia interna. Esto significa enseñarles a reconocer cómo se sienten, a pensar sobre ello y a actuar de manera congruente con sus valores. También significa ayudarles a entender que sentirse a veces triste, enfadado o frustrado no es incompatible con ser feliz. Él ha observado en consulta que en muchas familias aparece «una tendencia tan bienintencionada, como inestable: intentan (sobre)proteger a los niños de cualquier incomodidad. Evitarles cualquier frustración a toda costa, anticiparse a sus necesidades y deseos y eliminar cualquier obstáculo del camino, incluso antes de que aparezca. Flaco favor. El resultado, asegura, se transforma en una especie de burbuja de cristal emocional. "Dentro de esa burbuja todo parece funcionar muy bien, el niño está confrontable, protegido y aparentemente satisfecho. Pero esa sensación de 'felicidad' es extremadamente frágil. Basta con que una dosis de realidad atraviese esa burbuja, para que todo se desmorone cual castillo de naipes, dejando expuesto a un menor desprovisto de recursos para afrontar la realidad". En ese sentido, añade, "cuando los niños no han aprendido a gestionar la frustración, cualquier contratiempo se puede sentir como una catástrofe. Cuando no han desarrollado recursos internos, cualquier dificultad se percibe como una amenaza insuperable. La verdadera educación para la felicidad no consiste en blindar a los hijos frente a la vida, sino en prepararlos para vivirla". Cómo se construye la felicidad familiar La felicidad familiar, advierte Quintero, "no se construye en grandes discursos ni sobre teorías abstractas. Se construye en pequeños hábitos cotidianos, en las conversaciones alrededor de la mesa, en la manera en que los padres afrontan los errores, en el modo en que se celebran los logros y se acompañan las dificultades. Por eso resulta especialmente útil plantear la felicidad como un camino a recorrer juntos y no como una meta o un objetivo. La felicidad la vamos a encontrar en los pequeños momentos compartidos". En este sentido, el libro de este psiquiatra "Cómo estar 21 días en el hábito de ser feliz", propone una aproximación interesante: "entender la felicidad como un hábito que puede entrenarse, durante 21 días2, al igual que se puede trabajar cualquier otro hábito de la vida". En este escenario según Quintero, "si hay dos capacidades que ayudan a sostener una felicidad duradera son la resiliencia y la flexibilidad. La resiliencia es la capacidad de recuperarse tras la adversidad, siendo está desde un 'no'» a un helado o un 'no' quiero salir contigo. No significa no sufrir, sino aprender a manejar ese sufrimiento sin quedarse atrapado dentro de él. Las familias que fomentan la resiliencia no niegan los problemas, tampoco los dramatizan, ayudan a que sus hijos los comprendan y aprendan de ellos y los acompañan en su afrontamiento". La flexibilidad, por su parte, "permite adaptarse a los contextos cambiantes. En un mundo cada vez más incierto, esta capacidad es simplemente esencial. Los niños que aprenden a ser flexibles no necesitan que el entorno sea perfecto para sentirse bien, aprenden a adaptarse, reinterpretar lo que ocurre, aprender y seguir creciendo". Y Ambas habilidades, puntualiza, se construyen en el día a día: "Cuando los padres permiten que los hijos se equivoquen, cuando no solucionan inmediatamente todos sus problemas, cuando les acompañan sin sustituirles. En otras palabras, cuando educan con su presencia, pero también en la confianza de la capacidad del niño para crecer". Educar en un autoconcepto saludable Otro elemento fundamental para crecer felices es, señala Quintero, la construcción de un sólido autoconcepto, entendido como la imagen que cada persona tiene de sí misma. "Cuando esta imagen es irreal, ya sea por ser demasiado negativa o excesivamente inflada, la persona vive en una constante tensión con la realidad. En cambio, cuando el autoconcepto es ajustado y suficiente, aparece una base sólida sobre la que construir la vida estable". Educar en un autoconcepto saludable implica, puntualiza, algo muy distinto a repetir a los niños que son extraordinarios en todo. "Exige conocerles primero y desde ahí ayudarles a reconocer sus fortalezas, pero también sus limitaciones. Implica transmitirles que su valor no depende exclusivamente de los resultados, sino también de su esfuerzo, del aprendizaje y del crecimiento". Las familias que logran esto, concluye, "generan una sensación de seguridad interna en los hijos, saben que pueden intentar cosas, fallar, volver a intentarlo y seguir siendo muy valiosos. Y esa seguridad es uno de los pilares de la felicidad".

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