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» La Nacion
Fecha: 20/03/2026 03:18
Cecilia Albino y Roon Van Rhee se conocieron por azar en Mendoza, formaron una familia atravesada por desafíos y hoy inspiran con una forma única de vivir: gratitud, amor y la convicción de que nada llega por error - 8 minutos de lectura' Hay casas donde se respira algo distinto. No se ve a simple vista, pero está. Se percibe en los gestos, en la forma en que se dicen las cosas, en cómo se atraviesan los días. En esas casas, el dolor no se esconde ni se maquilla: se nombra, se atraviesa y, con el tiempo, se transforma en otra cosa. En esta casa de Mendoza, esa energía tiene nombres propios. Se llaman Cecilia Albino y Roon Van Rhee. Y también se llama decisión. Porque si algo define a esta familia no es la suerte ni la casualidad, sino la manera en que eligieron vivir lo que les tocó. Nada de lo que construyeron fue casual. No fue casual el encuentro improbable entre un economista holandés y una mendocina de familia tradicional, ni ese flechazo inesperado en el lobby de un hotel. Tampoco lo fue la boda que unió dos culturas ni, mucho menos, la familia que vino después: cuatro hijos y una vida atravesada por desafíos que hubieran desbordado a cualquiera. Pero no a ellos. Intentamos que esta casa sea un paraíso terrenal y que el paso por aquí sea inolvidable, repite Cecilia, con una convicción que no suena ingenua ni naif, sino profundamente trabajada. No es una frase liviana: es una decisión que se renueva todos los días, incluso y sobre todo en los momentos difíciles. Dos historias que nunca debían cruzarse Antes de que existiera esa casa abierta, ruidosa, llena de música, juegos y comidas compartidas, hubo dos historias completamente distintas que, en teoría, nunca debían cruzarse. Por un lado, Roon Van Rhee, nacido en Rotterdam, criado en una de las ciudades portuarias más importantes de Europa, formado como economista en un entorno estructurado, lógico, casi previsible. Su vida parecía seguir un camino claro, vinculado a su país, a su familia y a la empresa que, tras la muerte de su padre, debió sostener con una responsabilidad que llegó demasiado temprano. Del otro lado estaba Cecilia Albino, mendocina, hija del reconocido pediatra Abel Albino, criada en un entorno donde el compromiso social no era un discurso sino una práctica cotidiana. En ella había algo distinto, una energía expansiva, una manera de decir maravilla incluso antes de que todo lo fuera, una sensibilidad que con el tiempo se volvería central en la historia que estaba por construir. Roon llegó a Mendoza como parte de un viaje. Apenas tres días. Era el cierre de un recorrido más amplio por la Argentina, una escala pensada para disfrutar del paisaje, las bodegas y la cordillera. Nada en ese itinerario anticipaba lo que estaba por suceder. Sin embargo, alguien le sugirió que contactara a una persona que podía ayudarlo a recorrer la provincia. Esa persona era Cecilia. Una chispa y la promesa de volver Se encontraron en el lobby de un pequeño hotel. Ella había ido a darle la bienvenida y a organizarle esos días. Pero el plan se desdibujó rápido. Algo pasó en ese primer encuentro, algo difícil de explicar pero inconfundible cuando ocurre. Salió la chispa, diría él más tarde. Y, a partir de ahí, todo empezó a correrse de lugar. Lo que siguió no fue inmediato ni sencillo. Fue, como toda historia que perdura, una construcción paciente. Él volvió a Holanda, pero prometió regresar. Y cumplió. Ella viajó. Se encontraron en distintos puntos del mundo, sosteniendo una relación hecha de distancia, de decisiones, de incertidumbres. Hasta que apareció la pregunta inevitable: si querían seguir adelante, alguien tenía que dar un paso definitivo. Ese paso lo dio él. Compró un pasaje de ida y se instaló en Mendoza. Dejó atrás su idioma, su cultura, su zona de confort y también una vida que, hasta ese momento, parecía completamente armada. No había garantías, pero sí una convicción: apostar por esa historia. Con el tiempo llegó lo más importante. La familia. Cuatro hijos, una casa que empezó a llenarse de vida, de rutinas, de caos, de risas, de proyectos. Y también de desafíos. Porque si algo define a esta historia no es la ausencia de dificultades, sino la manera en que decidieron atravesarlas, incluso cuando todo parecía desbordar. Un antes y un después El nacimiento de Lieve, en 2015, marcó un antes y un después. El diagnóstico de acondroplasia llegó con todo lo que eso implica: miedo, incertidumbre, preguntas que no tienen respuesta inmediata. Nos asustamos, buscamos información, intentamos entender, evoca. Y en medio de ese proceso, en apariencia tan incierto, algo empezó a moverse internamente. Cuando buscábamos acondroplasia veíamos personas felices, dice. Y esa imagen, simple pero poderosa, empezó a abrir una puerta. Sin embargo, la transformación más profunda no vino de afuera, sino de una decisión íntima. Voy a escribir como la mamá que quiero ser, no como la que soy, se dijo. Y me la terminé creyendo, agrega, mientras suelta una carcajada. Así nació su blog. Y con él, algo que no imaginaba: una comunidad. De a poco, esa elección se volvió una forma de vida. Nadie es un error, empezó a repetirse. Primero como una idea que necesitaba sostener, después como algo que la atravesaba. Ni Lieve ni su condición eran un problema a corregir, sino una realidad a abrazar. Aceptar no fue resignarse: fue cerrar la puerta a la angustia permanente y transformarla en otra cosa, más luminosa, más habitable. Lieve es un canto a la vida, dice hoy, emocionada. Pero la vida, como suele ocurrir, volvió a ponerlos a prueba. La dinámica familiar, atravesada también por el TDA de su hija menor, se volvió por momentos difícil de sostener. Hubo angustia, cansancio, desborde. Días largos, noches inquietas, preguntas que volvían una y otra vez. Y entonces Cecilia tomó otra decisión, una de esas que parecen pequeñas pero que en realidad lo cambian todo: Nuestra casa tiene que ser el cielo. Desde entonces, esa casa funciona con una intención clara. Hay música que suena casi siempre, juegos de mesa que se repiten, comidas compartidas que se estiran más de lo previsto, amigos que entran y salen sin demasiadas formalidades. Hay puertas abiertas y una búsqueda constante: que quien pase por ahí se lleve algo. No siempre sale, admite Cecilia, con honestidad. Pero ese es el horizonte. Ese es el intento. Lo que comenzó como una necesidad personal entender, aceptar, procesar empezó a expandirse más allá de las paredes de su casa. Cecilia comenzó a compartir su experiencia, a escribir, a mostrar sin filtros. Y la respuesta fue inmediata. Familias de distintos lugares empezaron a acercarse, a preguntar, a apoyarse. Se formaron grupos, se compartió información, se generaron redes. Desde distintos puntos de la Argentina y también de países como Perú o Colombia, padres y madres encontraron en su voz una referencia, una compañía posible en momentos difíciles. Sin desafíos no sería lo mismo Lo que diferencia su mensaje es que no está construido desde la perfección. Cecilia no esconde la dificultad ni la romantiza. Habla del cansancio, de los días malos, de la exigencia cotidiana. La realidad tiene luces y sombras, dice. Y en esa honestidad aparece la conexión real. Porque lo que transmite no es una felicidad impostada, sino una forma de encontrar sentido incluso en lo complejo, incluso en lo que no se elige. En ese recorrido, hay una figura que aparece siempre, aunque sin buscar protagonismo: Roon. El hombre que dejó todo para empezar de nuevo, que se reinventó profesionalmente en un país ajeno, que aprendió otro idioma, otra cultura, otra forma de vivir. El que sostuvo, acompañó y se mantuvo firme en cada proceso, incluso en los momentos más desafiantes. Una maravilla, dice Cecilia sobre él, con una mezcla de orgullo y gratitud. Hoy, años después de aquel encuentro casual en un hotel mendocino, la historia ya no se explica por el azar. Se explica por cada decisión que tomaron y por cada vez que eligieron quedarse cuando hubiera sido más fácil correrse. Por cada momento en que decidieron aceptar en lugar de resistir, transformar en lugar de negar. Sin desafíos, no sería lo mismo, dice Cecilia. Y tal vez ahí esté la clave de todo. Porque en esa casa donde todo intenta ser una maravilla no viven personas a las que la vida les fue fácil. Viven personas que eligieron cómo vivirla. Que eligieron, incluso en medio de la dificultad, construir sentido, belleza y comunidad. Y eso, aunque no se vea, se siente.
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