20/03/2026 04:35
20/03/2026 04:21
20/03/2026 04:19
20/03/2026 04:19
20/03/2026 04:19
20/03/2026 04:19
20/03/2026 04:19
20/03/2026 04:19
20/03/2026 04:19
20/03/2026 04:19
» La Nacion
Fecha: 20/03/2026 03:06
El intento es por la edición de 2035 o 2039, pero la candidatura choca contra los intereses económicos de las potencias europeas - 10 minutos de lectura' La visita del CEO de World Rugby al país volvió a poner sobre la mesa un viejo anhelo del rugby argentino: ser anfitrión de la gran celebración ecuménica de este deporte. A través de un comunicado, la Unión Argentina de Rugby hizo explícita su candidatura a organizar el Mundial 2035, algo que Agustín Pichot había adelantado en ámbitos informales. Se trata de un plazo previo a una postulación formal, que de concretarse, será en conjunto con Sudamérica Rugby, que impulsará a Uruguay, Chile y Brasil como subsedes. Todavía hay un largo trecho por recorrer, pero un análisis preliminar indica que las posibilidades son exiguas. Sudamérica merece un Mundial. Vamos a intentarlo, sería una experiencia increíble, dijo Pichot, representante de la UAR ante World Rugby, en una entrevista con The Times en noviembre último. Podríamos hacerlo entre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil. Tenemos buenos estadios, buenos países. Parece que el Mundial gira siempre en un loop por los mismos lugares Francia, Inglaterra. Iremos por 2035 o 2039. Vamos a intentarlo. Aquella expresión de deseo cobró carácter formal a partir de un comunicado que emitió el martes la UAR, en la que afirmó avanzar en su postulación oficial para organizar el Mundial de 2035 y dio cuenta de una jornada de trabajo con el CEO de World Rugby, el inglés Alan Gilpin, en la que participaron el presidente Gabriel Travaglini, su futuro sucesor y actual vicepresidente primero Félix Páez Molina, Pichot y la gerente general, Soledad Iglesias. El propósito de la reunión: continuar con el análisis de viabilidad de la Argentina como sede del máximo evento global. En septiembre último, World Rugby estableció la hoja de ruta que conduce al Mundial de 2035 y abrió las expresiones de interés, que son la primera manifestación formal de un país para organizar el evento, sin llegar todavía a una postulación oficial. El primero en anotarse fue España, que lo hizo en diciembre. En enero se sumó Japón, y ahora, la Argentina. Hay otros países que, todavía sin haber dado este paso burocrático, también han insinuado vocación de postularse. Uno es Italia, tal como lo confirmó el propio presidente de World Rugby, Brett Robinson, e incluso se mencionó la posibilidad de hacerlo en conjunto con España. También hubo un explícito interés de tres países árabes en realizar una candidatura conjunta (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar), aunque esto fue antes de que World Rugby suspendiera provisionalmente a los representantes de Asia Rugby del Consejo tras detectar graves irregularidades de gobernabilidad y control financiero. Y no se puede descartar a Inglaterra, que ya había mostrado intención para quedarse con el certamen de 2031. El impacto económico del mundial El proceso continúa con la presentación, a lo largo de este año, de las propuestas formales y documentación técnica detallada por parte de cada país candidato. Luego, entre fines de 2026 y comienzos de 2027 World Rugby realizará visitas e inspecciones de viabilidad a cada uno de los postulantes. En mayo de 2027 se dará a conocer el informe con la sede preferida, una instancia que no es definitiva (para 2023 fue Sudáfrica). El último paso ocurrirá en noviembre de ese año, cuando el Consejo de World Rugby realice la designación oficial del anfitrión. No es la primera vez que Pichot pone a la Argentina como candidata a organizar un Mundial. Lo intentó en 2016, con miras a alojar el certamen que finalmente se jugará el año próximo en Australia. De hecho, llegó a tener reuniones con el entonces presidente de la Nación, Mauricio Macri, para afinar detalles de la postulación, pero después la situación del país cambió y se retiró la candidatura. Era un plan a largo plazo cuando se ideó, pero luego la Argentina devaluó y comenzó una crisis enorme, por lo que no se podía afrontar un proyecto así. Hoy la prioridad es el bien común de la gente y no se puede hacer el gasto de infraestructura para un Mundial de rugby ante esta situación, dijo entonces Pichot, que entiende que esta vez las condiciones sí están dadas para impulsar un proyecto de tal magnitud. Baja factibilidad A nueve años del evento, la iniciativa no deja de ser una apuesta de alto riesgo, considerando el carácter volátil de la economía argentina. Sin embargo, el primer obstáculo que debe sortear la Argentina para ser ungida es exógeno. El corazón del rugby late en el Viejo Continente, con mayor fuerza en el Reino Unido, y privarse de un evento de tamaña magnitud por 16 años no suena realista. Desde la celebración del primer Mundial, en 1987 (en Nueva Zelanda y Australia), el torneo se desarrolló en Europa de manera intercalada con regularidad suiza. La secuencia Australia 2027-Estados Unidos 2031, sedes ya confirmadas, marca la primera vez que habrá dos versiones consecutivas fuera del continente europeo. No se trata de una cuestión puramente nostálgica o caprichosa, aunque algo de eso hay, sino más bien de una ecuación de rentabilidad y sostenibilidad financiera. Un Mundial representa entre el 80% y el 90% de los ingresos de World Rugby en un ciclo de cuatro años y, máxime en un contexto de incertidumbre financiera de la institución madre, maximizar ganancias en cada Mundial es crucial. Lo expuso con crudeza Rian Oberholzer, CEO de la Unión de Rugby de Sudáfrica, cuando dos semanas atrás hizo declaraciones que se contradicen directamente con la intención de Pichot: Creo que nos hemos alejado de la idea de que todos deben tener las mismas oportunidades de organizar un Mundial. Nueva Zelanda y Sudáfrica no generarán con un Mundial el dinero que World Rugby necesita. No creo que sea algo negativo para nosotros. Tiene más que ver con lo que es más importante para el interés general del rugby. El Mundial es la única fuente de ingresos de World Rugby, que debe financiar todo el ecosistema, y todos los miembros reciben parte de esos fondos. Por eso, World Rugby debe llevar el Mundial a donde pueda generar más dinero y a lugares donde cuente con el apoyo de los gobiernos locales y nacionales. Sudáfrica, el máximo ganador en la historia de los mundiales (cuatro conquistas sobre diez realizaciones) y bicampeón vigente, conoce estos menesteres de primera mano. Se había postulado para organizar el de 2023 (había albergado, y obtenido, el de 1995) y durante el proceso de selección, en el que competía con Francia e Irlanda, un informe de World Rugby lo había señalado como la mejor opción. Sin embargo, a la hora de votar, el Consejo se inclinó por volver a Francia, que había sido anfitrión 16 años antes. La decisión no fue antojadiza. La frialdad de las cifras revela por qué World Rugby tiende a recostarse sobre Europa. El Mundial Inglaterra 2015 generó un impacto económico cercano a los 2900 millones de dólares, con una concurrencia a los estadios de más de 2,47 millones de espectadores y un movimiento de alrededor de 406.000 turistas extranjeros. La mayoría, de otros países de Europa. Cuatro años más tarde, el Mundial de Japón rompió todos los moldes con un impacto de 5400 millones de dólares para el país organizador y 480 millones para World Rugby, pero con una inversión mayor en infraestructura y merced a que demandó un perfil de muy alto poder adquisitivo (hasta 4,6 veces superior al del turista en promedio). Además, la asistencia a los estadios decayó a 1,7 millones de espectadores, lo que representa una merma de 31,2%. El Mundial Francia 2023, en cambio, devolvió al torneo a un terreno más previsible: estadios llenos, una audiencia récord (1330 millones de horas de visualización), lo que redundó en un ingreso $632,48 millones de dólares para World Rugby (31,67% más que cuatro años antes) y un impacto económico para el país estimado de entre 2600 y 3200 millones de dólares. Allí aparece la clave: Europa combina capacidad instalada, mercados consolidados y husos horarios favorables para las principales audiencias televisivas, lo que garantiza ingresos estables en derechos y patrocinios. De allí que resulte el escenario más confiable para el negocio central de World Rugby. Con miras al Mundial de 2027, expandido de 20 a 24 naciones (más partidos, más países involucrados, más potenciales seguidores), las proyecciones apuntan a un evento sólido, con un impacto estimado entre 3800 y 5100 millones de dólares para Australia, pero sin romper récords de audiencia, condicionado por la distancia física y el desfase horario respecto a Europa. La situación es clara: fuera del Viejo Continente, el Mundial puede crecer en términos estratégicos, pero no necesariamente en términos financieros. Y cuando el torneo explica cerca del 90% de los ingresos del organismo rector, esa diferencia deja de ser un matiz para convertirse en el factor decisivo. Si bien la elección de Japón terminó siendo positiva en términos de difusión del deporte en Asia, está en tela de juicio que ocurra lo mismo en Estados Unidos, que también fue beneficiado como sede del Mundial Femenino de 2029. Esto generó arduos cuestionamientos entre las Home Nations (Reino Unido e Irlanda), las creadoras de este deporte. La fijación de World Rugby con el mercado de Estados Unidos está convirtiéndose en una parodia de sí misma. Entregarles la edición de 2031, mientras el deporte lucha por obtener oxígeno en sus hogares tradicionales, es una bofetada en la cara para naciones como las de las Islas del Pacífico y Georgia, que viven y respiran este juego pero son ignoradas sistemáticamente, escribió el ex jugador de Inglaterra Brian Moore en The Telegraph. Es una ironía que los líderes estén tan desesperados por los dólares estadounidenses que estén dispuestos a ignorar el hecho de que la selección de Estados Unidos es una sombra de lo que alguna vez fue. Ganar la sede de un Mundial debería ser una cuestión de mérito y crecimiento real; en este caso, luce como un soborno para mantener vivos los sueños comerciales de los ejecutivos. Si el Mundial 2031 termina siendo un torneo de estadios llenos pero vacíos de verdadera pasión local, habremos sacrificado la integridad del rugby en el altar del marketing estadounidense. En el plano deportivo, el crecimiento de los Pumas en las últimas dos décadas ha consolidado a la Argentina como un actor de primer orden en el escenario global del rugby. Desde esa perspectiva, su aspiración de albergar un Mundial no es solo legítima, sino también coherente con su evolución en la élite. El análisis cambia cuando se traslada al terreno económico: la escala de mercado, el volumen de consumo y la capacidad de generar ingresos globales están muy por debajo de los estándares que hoy ofrece Europa, sin contar la incertidumbre constante de su macroeconomía (como ya ocurrió, en 2016). En un modelo en el que la rentabilidad del Mundial resulta determinante para la sustentabilidad de todo el ecosistema, y sumado al conservadurismo de las Home Nations, las posibilidades de que ese merecimiento deportivo se traduzca en una designación efectiva se reducen sensiblemente y conspiran contra todo intento de romper el statu quo, al menos para 2035. En cambio, 2039 aparece como un horizonte más factible. Dicho esto, corresponde también mencionar que Agustín Pichot ya ha logrado torcer más de una vez los límites de lo posible para el rugby argentino. Ahora afronta el desafío más ambicioso.
Ver noticia original