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  • Un horizonte para los jóvenes

    Parana » La Nota Digital

    Fecha: 19/03/2026 07:09

    Desde El suicidio (1897) de Durkheim -una de las obras clásicas de la sociología- sabemos que este fenómeno no puede explicarse únicamente como una decisión individual. Más de un siglo después, esa intuición sigue vigente en Argentina. Entre 2014 y 2023 se registraron cerca de 35.000 muertes, con un promedio anual que oscila entre 3.600 y 4.000 casos. Pero más que el crecimiento, preocupa la inestabilidad: desde 2018 las variaciones son más bruscas y el período posterior a la pandemia consolidó niveles altos. En ese movimiento, los jóvenes aparecen como el grupo más expuesto, y dentro de ese grupo, los varones concentran la mayoría de los casos. El dato no es accesorio. Señala una forma de vulnerabilidad específica, una masculinidad que pierde apoyos materiales y simbólicos sin encontrar nuevas formas de sostenerse. Ese malestar se construye en capas. La precarización del trabajo, el desempleo y la inflación erosionan las condiciones de vida, pero también afectan de manera particular a quienes fueron socializados bajo la idea de que deben proveer y resolver. Cuando esas expectativas se vuelven inalcanzables, no solo se debilita la estabilidad económica: también se resquebraja la identidad. A esto se suma una dificultad persistente: la de expresar el dolor. Los datos muestran la concentración en varones jóvenes, pero no explican por sí solos por qué. Allí aparece una dimensión menos visible: la falta de repertorios emocionales y culturales para tramitar el malestar. El resultado es una acumulación silenciosa, donde el sufrimiento no desaparece, sino que se desplaza y se intensifica. En Entre Ríos, esta dinámica adquiere mayor intensidad. Con una población que supera los 1,4 millones de habitantes, la provincia registra entre 110 y 170 suicidios anuales, con tasas superiores al promedio nacional. La escala no reduce el problema: lo vuelve más sensible a los cambios sociales. En zonas rurales, donde el acceso a servicios de salud mental es más limitado, el aislamiento territorial se combina con modelos de masculinidad más rígidos. Allí, pedir ayuda puede ser más difícil que en contextos urbanos. Cada crisis reciente 2018, 2020, 20222024 dejó marcas visibles en la evolución de los casos. No hay estabilidad sostenida, sino oscilaciones que reflejan un sistema social en tensión. Pensar un horizonte para los jóvenes implica, entonces, intervenir en múltiples niveles. Los dispositivos de atención existen como la Línea 135 o los servicios públicos de salud mental, pero resultan insuficientes si no se acompañan de transformaciones más profundas. Es necesario ampliar el acceso, pero también modificar las condiciones culturales que dificultan pedir ayuda, especialmente entre varones. Abrir espacios donde la vulnerabilidad no sea leída como fracaso. Generar oportunidades reales de trabajo y proyecto de vida. Porque los datos no solo describen una situación: también señalan un límite. Cuando las políticas públicas se retiran, desfinancian también la posibilidad de futuro. Construir un horizonte no elimina el conflicto, pero puede devolver algo esencial: la posibilidad de sostenerse en el tiempo sin quedar atrapado en el silencio. J. Noriega imagen. IA

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