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» Clarin
Fecha: 19/03/2026 06:21
Es pesado. Un kilo cien. Tapas duras. Mil trescientas cuarenta y cuatro páginas. Al abrirlo y hojearlo, uno tiene la sensación de estar ante una Biblia y en cierto modo lo es, porque encierra los mundos de fantasía (no todos, ciento trece) del extraordinario Ray Bradbury. Nada más tenerlo, tocarlo, olerlo, jugar con la cinta señaladora celeste cosida al lomo, explica por qué el libro en papel ha mantenido a raya al libro digital: su materialidad es una fiesta que anticipa la fiesta de la literatura. Bradbury (1920-2012) decidió que sería escritor a los 12 años, cuando le regalaron una máquina de escribir. Él fue eso: una máquina humana de escribir (incansable, insatisfecha) que produjo a lo largo de su carrera entre 400 y 600 relatos. Enfrentaba el proceso de escritura con una premisa que hoy, supongo, no debe ser muy bien vista ni en las aulas ni en los talleres literarios: la velocidad. En la rapidez está la verdad, cuanto más pronto se suelte uno, cuanto más de prisa escriba, más sincero será, decía. Empezó publicando en revistas baratas norteamericanas hechas con la pulpa del papel, las pulp magazines, un semillero de grandes autores que eran leídos, mayormente, por trabajadores urbanos que invertían diez centavos de dólar para salir de sus vidas rutinarias y extraviarse en aventuras de ciencia ficción, terror o misterio. Un Bradbury canchero, con sus típicos anteojos de marcos oscuros y gruesos, nos sonríe desde la portada de la antología del sello Páginas de Espuma. Este gesto quizás encierre una declaración de principios: la escritura puede ser un proceso lúdico, feliz, alegre; nada de esa cosa sufriente y desgarrada que muchos proclaman, como si escribir fuera martillarse un dedo o quemarse con la pava del mate. La escritora española Laura Fernández, en el precioso prólogo que abre la edición, rescata esta cita de Bradbury: Soy una rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo. Sólo un niño eterno puede pasarse la vida jugando a inventar mundos, por más extraños o tenebrosos que sean. El libro comienza con un relato que publicó en 1943 en la revista Weird Tales (Cuentos Raros). Un hombre, Herb, recibe el llamado telefónico de su mejor amigo, Allin, que le pide que vaya a su casa a pasar la noche. Herb se disculpa (él y su esposa esperan gente) y como sabe muy bien qué le sucede al otro, cuál es su pesadilla, qué temor delirante le intoxica la vida, lo invita a que se sume. Pero Allin es alguien en pie de guerra y esa guerra se llevará a cabo esa noche en su casa, apenas termine de levantarse un viento que ya sopla desde el oeste. La fórmula es simple: por un lado, un hombre común y sensato en una acción cotidiana; por el otro, un hombre alucinado por una amenaza invisible y difícil de creer. El teléfono es la nerviosa línea que los unirá en diálogos secos, tensos, que paulatinamente trasladarán la inminencia del horror de una casa a otra. Se llama El viento, tiene una breve referencia al Pampero argentino, y es una pieza perfecta de un autor que no pasa de moda. Newsletter Clarín
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