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» TN
Fecha: 18/03/2026 19:40
Casi tres semanas después del inicio de la guerra, Trump no tiene ningún plan evidente para lograr la caída del régimen iraní, algo que dijo que buscaba. Si su objetivo es más modesto, como la incautación del material nuclear iraní, no ha ofrecido ideas creíbles para lograrlo. Y no planificó una consecuencia previsible de una guerra en Medio Oriente: una interrupción del suministro de petróleo que provoque un aumento de los precios y perjudique a la economía mundial. La guerra se ha convertido en un ejemplo del enfoque caótico y egoísta de la presidencia de Trump. A la hora de ordenar una acción militar, ha recurrido a un círculo de asesores más reducido que el de presidentes anteriores, y ha evitado el cuidadoso proceso diseñado para señalar objeciones y posibles problemas. Ha hecho declaraciones públicas ridículas y contradictorias, incluida la afirmación de que la guerra casi ha alcanzado sus objetivos. Ha intentado engañar al mundo sobre la trágica muerte de decenas de escolares iraníes, causada por un misil estadounidense mal dirigido. Casi a diario demuestra por qué no se le puede confiar los asuntos más trascendentales del gobierno. Leé también: Sin la OTAN y con críticas internas, Trump busca cómo abrir el estrecho de Ormuz y terminar la guerra con Irán A pesar de todo esto, la guerra ha tenido algunos éxitos tácticos, y creemos que es importante reconocerlos, aunque sigan sin estar vinculados a una estrategia. Los instintos de Trump sobre Irán fueron acertados en algunos aspectos. Su gobierno es claramente peligroso: durante décadas ha oprimido a su propio pueblo, patrocinado el terrorismo, intentado destruir Israel, convertido al Líbano en un Estado fallido, protegido a un régimen atroz en Siria y ha desarrollado un programa nuclear. Trump también reconoció que el régimen de Irán era más débil de lo que aparentaba y podía debilitarse aún más mediante la confrontación. En los últimos años, la combinación de sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y sus aliados, junto con ataques militares, principalmente israelíes, ha debilitado la capacidad de Irán para generar conflictos regionales. El valor de su moneda se ha desplomado. Muchos de los dirigentes y científicos nucleares iraníes han muerto. Sus defensas aéreas están casi destruidas y sus arsenales de misiles están agotados. Dos de sus grupos aliados terroristas, Hamas y Hezbollah, están debilitados. Su Estado satélite en Siria fue derrocado por rebeldes locales. Pero al lanzar esta guerra hace dos semanas y media, Trump planteó objetivos más ambiciosos que simplemente contener a Irán. Al gran y orgulloso pueblo de Irán, esta noche les digo que la hora de su libertad ha llegado, dijo poco después de los primeros ataques. Ha pedido la rendición incondicional del gobierno iraní y ha dicho que debe aprobar al próximo dirigente del país. Ha prometido volver a hacer grande a Irán. Trump ni siquiera ha empezado a explicar cómo logrará ninguno de estos objetivos. Sus defensores han afirmado que su ambigüedad es una táctica para mantener abiertas sus opciones y mantener a su enemigo en incertidumbre. Cada vez más, la verdad parece ser que el presidente de Estados Unidos ha iniciado una guerra sin tener ni idea de cómo terminarla. Leé también: La batalla del agua en Medio Oriente: monarquías del Golfo temen ataques iraníes a plantas desalinizadoras Tres problemas estratégicos han quedado claros desde que comenzó la guerra. Primero, Trump repitió un error que presidentes estadounidenses han cometido durante décadas --en Afganistán, Irak, Vietnam e incluso en el propio Irán en los años cincuenta-- al imaginar que un cambio de régimen sería más fácil de lograr y mantener de lo que realmente fue. En este caso, su arrogancia ha sido asombrosa. El poder aéreo por sí solo casi nunca derroca un gobierno. Solo las tropas sobre el terreno pueden apoderarse de los instrumentos del poder estatal e instalar a un nuevo líder. En desafío a esta historia, Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu han soñado con un cambio de régimen. A veces se habla de armar a la minoría kurda de Irán o de acelerar el regreso de Reza Pahlavi, el hijo del sha depuesto, que ahora vive en un acomodado suburbio de Washington. Otras veces, Trump anima a las fuerzas de seguridad iraníes a desertar o a su pueblo a que tomar las riendas de su gobierno. No hay pruebas de que nada de esto esté funcionando. Después de que Trump alentara las protestas callejeras en enero, el régimen de Irán masacró a miles de manifestantes y permaneció firmemente al mando del país. Desde entonces, las protestas han cesado en gran medida. Segundo, sigue sin estar claro cómo logrará Estados Unidos un objetivo crucial: garantizar que el régimen asesino de Irán no se convierta en una potencia nuclear. Se cree que sus reservas de uranio altamente enriquecido permanecen intactas, en un complejo de túneles bajo las montañas cerca de la ciudad de Isfahán. Si la guerra termina con Irán aún en posesión de ese arsenal, tendrá una vía para construir una bomba. Las humillaciones militares que ha sufrido en los últimos años le dan un incentivo para dar los pasos finales hacia un arma que antes no había dado. Cuando empezó esta guerra, el Secretario de Estado Marco Rubio reconoció que los soldados sobre el terreno podrían ser la única manera de capturar el uranio. Habrá que ir a buscarlo, dijo. Sin embargo, cuando un presentador de Fox News Radio preguntó a Trump sobre el uranio la semana pasada, respondió: No estamos enfocados en eso. Aquí no hay respuestas fáciles. Pero el enfoque disperso de la planificación de la guerra no inspira confianza. El tercer problema afecta a la economía mundial. Las guerras de Medio Oriente son conocidas por provocar turbulencias económicas al elevar el precio del petróleo. Irán tenía una forma clara de repetir ese patrón: al restringir el tránsito de embarcaciones en el estrecho de Ormuz. Sin embargo, Trump intentó hacer que esta situación desapareciera por arte de magia. Antes de la guerra, su principal asesor militar, el general Dan Caine, le advirtió de que Irán probablemente respondería atacando barcos en el estrecho y cerrándolo de facto. Trump respondió con sugiriendo que el gobierno de Irán capitularía antes de poder cerrar el estrecho o que el ejército estadounidense podría mantenerlo abierto, según The Wall Street Journal. Se equivocó, como debería haber sido obvio. Desde entonces, el precio del petróleo ha subido más de un 40 por ciento. Sus respuestas han tenido un aire de desesperación. Levantó temporalmente las sanciones petroleras a Rusia, lo que es un regalo a un enemigo. Durante el fin de semana, recurrió a suplicar al Reino Unido, Francia, Japón, Corea del Sur --aliados a los que ha despreciado durante años-- e incluso a China que enviaran fuerzas navales para proteger el estrecho. La guerra es incierta, y aún es posible que cualquiera de estos problemas empiece a parecer menos grave en las próximas semanas. Quizá surja de alguna manera una oposición iraní y el actual régimen colapse tan rápido como lo hizo el gobierno de Al Assad en Siria a finales de 2024. Quizá las fuerzas especiales retiren el uranio enriquecido sin víctimas. Quizá el ejército estadounidense, cuyo desempeño sigue siendo en gran medida impresionante, colabore con sus aliados para reabrir el estrecho de Ormuz. De hecho, acogeríamos con satisfacción cualquiera de estos resultados. Sin embargo, las primeras semanas de esta guerra no inspiran confianza. Más bien sugieren que la planificación entre bastidores de la Casa Blanca podría haber sido tan imprudente como su comportamiento público. No solicitó la aprobación del Congreso para la guerra, como exige la Constitución. No planificó con aliados en Europa ni en Asia Oriental. Ofreció al pueblo estadounidense solo justificaciones superficiales para la guerra. A lo largo de su carrera empresarial y política, Trump a menudo ha intentado crear su propia realidad. Cuando la verdad es inconveniente, la ignora y dice falsedades que lo favorecen. A menudo le ha funcionado. Pero la guerra suele ser menos susceptible a la manipulación narrativa que la política o la mercadotecnia. La realidad inicial de la guerra con Irán no se presta a la fanfarronería de Trump. *Por el Comité Editorial de The New York Times, conformado por un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y unos valores muy arraigados. Es independiente de la sala de redacción.
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