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  • El fanatismo, el antisemitismo y el antitrumpismo de una guerra

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 17/03/2026 18:29

    Es una guerra muy particular en la que Estados Unidos, aunque sabe porque está luchando, ya no sabe contra quién es porque todo lo que fueron a destruir lo destruyeron, todo lo que fueron a ejecutar fue ejecutado. En términos convencionales sería una victoria absoluta. Se está destruyendo un país a voluntad y se está eliminando su liderazgo a voluntad sin que Irán tenga mecanismos de defensa adecuados al respecto. Israel, por su parte, sabe por qué está luchando, es por la existencia de su Estado y ello hace que no tenga margen de error, habiendo sido permanentemente atacado por el terrorismo de Hamas, Hezbollah y otros proxis de Irán, la posibilidad que los mismos cuenten con armas nucleares en el futuro no es una alternativa. Se atribuye a Rafsanjani una frase que señalaba que era bueno que los Judíos estuvieran en un solo lugar (su país, Israel) porque así alcanzaba con una sola bomba para terminar con ellos. Existe el deber ser éticos a la hora de conceptualizar la justicia y la paz, debemos empezar por la consideración de los derechos humanos como la base racional de la paz y el fundamento ético para aceptar la misma. Los derechos a la justicia en sus dimensiones social, económica, jurídica, política están vinculados a las responsabilidades que tenemos en la sociedad y en la comunidad de naciones. La paz no puede ser perjudicial para los pueblos, no hay paz sobre la base de asesinatos masivos, ni sobre la base de ataques terroristas, porque estas son acciones que son contrarias al derecho a la paz y a vivir en paz, porque además simplemente conculcan los derechos a la justicia. La paz se basa en la definición del bien como la naturaleza esencial de los Derechos Humanos y la Justicia, como conceptos que la hacen posible. Por supuesto que es buena la paz absoluta, pero no se puede negar el bien de la justicia y los DDHH para alcanzar la paz, esto es un absurdo conceptual, propio de la concepción de una paz ilusoria porque implica que no es asequible, esa paz es nada más que la tranquilidad del opresor y del que comete crimenes de lesa humanidad y del terrorista. Pero conviene recordar que esta es una de esas suposiciones implícitas sobre la paz de las que se habla con superficialidad jurídica y política. Es el pacifismo de no entrar en guerra contra Hitler, un error que cometieron nuestros países en el pasado, pretendieron justificar bien lo que era injustificable. Hoy al régimen le queda la guardia revolucionaria y su fanatismo, los comités y su fanatismo y los militantes del régimen iraní. Ello quiere decir que no es una estructura de poder que puede ser desmantelada bajo una lógica política porque el fundamentalismo no precisa dar órdenes para que cada uno continúe haciendo lo que viene haciendo. Y que, si la guerra termina mañana, mañana mismo recomenzarán su programa de enriquecimiento de uranio para tener armas nucleares. El fanático puede quedarse sin gobierno, sin líder de la revolución, pero eso no importa, él sabe en su casa, en su célula terrorista que es lo que tiene que hacer. Y cada uno sabe lo que debe hacer como cada fanático sabe lo que debe hacer y es continuar no con una guerra o una batalla sino atacando objetivos civiles y comerciales para obstaculizar, desbaratar, socavar, provocar, para aterrorizar, por lo tanto, no se detendrán drones y misiles. Es una guerra que ha tenido algunos interesantes efectos colaterales ya que nos permitió ver a quienes respiran antisemitismo por todos sus poros. Incluso les permitió escribir sobre la paz, aunque se transformó en algo tan insostenible que luego cambiaron la narrativa para las dinámicas del mercado y los negocios, pero consistentemente omitiendo conceptos como Estado patrocinador del terrorismo, grupos terroristas, crímenes de lesa humanidad, asesinato de 30.000 personas, enriquecimiento de uranio con fines armamentistas. En el contexto de este conflicto cuanto más complicado es el análisis económico menos encontraremos las palabras Derechos Humanos o justicia, las pérdidas no se refieren a esto sino al precio del petróleo. Los objetivos civiles y comerciales que ataca el régimen iraní parecen ser absolutamente justificables en la ética del antisemitismo y el anti-trumpismo. El fanatismo permite barbarie como ejecutar gente en los hospitales, algo que ocurrió recientemente cuando la represión de las protestas y algo que ocurrió en el atentado terrorista en la AMIA hace 31 años. En los conflictos humanos, las vidas se definen por la identidad, y por lo tanto es importante conocer las perspectivas a considerar para conocer el enfoque evolutivo respecto a en qué momento adquieren las personas la capacidad de volverse fanáticas de dejar de pensar críticamente sobre la muerte y de adoptar una postura rígida al respecto para luego cesar por completo el pensamiento crítico. El ejercer una fe religiosa nos debería hacer creer antes que nada en la libertad religiosa como una de las formas más espirituales de convivencia humana. En el ejercicio democrático de la política no debería hacer otra forma de hacerlo que, asegurando la libertad religiosa, un principio fundamental del derecho a tener Derechos. Musulmanes, Cristianos, Judíos creen mayoritariamente en este principio. Esa es la diferencia esencial con un régimen que es sponsor del terrorismo como el iraní. Al contraponer el autogobierno personal de la sumisión ante la muerte, se sugiere que el fanatismo podría, en realidad, ser una condición regida por fuerzas externas. Así es que debemos determinar que ciertos individuos, partiendo de una identidad grupal original, terminan convirtiéndose en fanáticos y a partir de allí en ejecutores inmorales de una idea. Estas son ideas que no se plantean con frecuencia, ya que solemos concebir al grupo de fanáticos de manera monolítica; por ejemplo, asumiendo que todos los miembros del régimen iraní se convirtieron en instrumentos del terrorismo, ya sea perpetrándolo, ya sea justificándolo y siempre con la visión fundamentalista de adoptarse a esos roles. El peligroso y oscuro genio de la invención fundamentalista iraní residió en utilizar las tecnologías modernas de comunicación social y de masas para influir en grupos cada vez más amplios de fanatismo, por lo tanto, allí hay de todo. La ejecución inmoral de una idea religiosa o política ya sea por el asesinato, la tortura o atentados terroristas requiere de un estado de conciencia que le permite ser suficientemente idiota como para aceptar lo malo que tienen estas acciones. Como diría Oswaldo Payá, las hemorragias de odio idiotizan. El fanatismo mata el cerebro político y también el cerebro religioso. Pero también existen iraníes de todas clases sociales que no caen en el fanatismo, que su pensamiento los sostiene para lograr resistirse a ser arrastrados hacia una identidad fanática. La cuestión radica en la dimensión humana de dimensión de conciencia de cómo oponerse a la presión social, política y económica de someterse a una identidad fanática. La intensidad de la entrega a una causa es un ejemplo que nos revela la esencia de los principios y del pensamiento propio. Es fundamental mantener la capacidad de reflexión, especialmente en el contexto de países autoritarios, donde el pensamiento diferente, sea crítico o no, corre el riesgo de sucumbir ante las presiones que implementa el sistema sobre los individuos. Las sociedades no es que siempre fomentan el pensamiento diferente, por más democráticas que sean. El mercado, por ejemplo, exige en muchas ocasiones la masificación del gusto y la masificación de las ideas cuando se trata de aplicar principios del mercado electoral. Resulta útil definir algunos términos ya que aquellos que no ejercitan la capacidad de desarrollar un pensamiento propio, de tener ideas propias corren el riesgo de convertirse en fanáticos incapaces de reflexionar sobre el verdadero significado de sus actos. Además, parece que en la vida cotidiana se utiliza el término fanático en el sentido muy específico de referirse a personas con ideas que son llevadas adelante más allá de la racionalidad posible o que son en sí mismas irracionales. Sin embargo, a menudo resulta difícil deslindar estos matices; el problema radica, en ocasiones, en el uso mismo de la palabra musulmán y allí terminan pagando justos por pecadores. Por lo general, se asocia este término con la disposición a sacrificar vidas, en aras de acciones extremas como muerte a Estados Unidos o Israel, mediante el recurso a la violencia o el terrorismo para lograr determinados objetivos. De las diversas formas que existen para el término fanático esta es la que se encuentra en estado de ebullición conceptual. Hace unos días señalábamos que el conflicto con Irán es un conflicto duro creado por la posición pacifista pero en realidad belicista de permitirle seguir adelante con su programa de enriquecimiento de uranio burlándose de los acuerdos, de las verificaciones, del sistema multilateral de la ONU y de la OIEA. Solamente le faltaba un poco más de tiempo para alcanzar su objetivo. El fanatismo tiene mucho que ver con sostener un proceso como ese a pesar de la oposición de todos los vecinos y de toda la comunidad internacional. Al utilizar el concepto de fanatismo para describir una lealtad extrema se tiende a instrumentalizar a las personas involucradas considerándolas meras herramientas al servicio de intereses políticos ejercidos a través de la violencia, pero sin definirlas explícitamente desde su propia perspectiva interna. Esta perspectiva interna es siempre elusiva, ya que en cualquier dinámica social o política en que se debe definir dicho término y sus implicaciones se suele utilizar precisamente esas mismas definiciones. De ahí la imperiosa necesidad de definir el fanatismo de una manera que trascienda la visión simplista y convencional con la que suele ser percibido, algo que trascienda al hincha de un equipo de fútbol pero que no coloque cualquier compromiso social o político desmedido en la misma categoría. La gente en general en un régimen autocrático es muy escéptica respecto al gobierno, pero, de hecho, podría decirse que la mayoría prefiere vivir tranquilamente su propia vida, mantenerse al margen, con gran dosis de escepticismo. Pero ahorrándose todos los problemas que es posible ahorrarse. En una plaza pública de un viernes de oración con el líder de la revolución islámica es quizás posible determinar si, efectivamente, existe alguien que desee la muerte de Estados Unidos o Israel, o si son todos. Si es posible que sea uno o sean todos que se ofrecen voluntariamente para luchar y resistir. O para golpear mujeres por vestirse de determinada manera. O maquillarse de determinada otra. Esas son las acciones constantes del régimen y su disfuncionalidad ética. La política del fundamentalismo islámico busca imponer una verdad que, aunque conflictiva, pretende ser LA verdad; esa verdad pretende lograr alterar el curso llevando la sociedad hacia determinado bien común. El fundamentalismo iraní no se conforma con ello, sino que en los 47 años de revolución islámica lo destruye todo y como un tirano en el sentido clásico ejecuta a la disidencia mediante el uso indiscriminado de la violencia. Como todo modelo único que se busca instalar no admite matices y, mucho menos, alternativas. La alternativa de hecho es enemizada y se espera que toda la sociedad se sume a esa visión. Existen mecanismos propios del fundamentalismo islámico iraní como ser una «burocracia de la represión que ejecutan acciones a nivel social y comunitario en detrimento de la persona humana individual. Se afirman sobre una forma específica de propaganda que lleva a la presentación de determinada visión y transforman todas las demás visiones políticas y sociales en dinamicas de conflicto; personas que, al estar divorciadas de los mundos sociales coherentes que surgen de las relaciones humanas genuinas, terminan necesitando la coherencia que les ofrece ese mundo falso. Quizás exista un hilo conductor que atraviese todos estos mecanismos y que podríamos definir como la destrucción patológica de la interacción social que debe existir sobre la base de principios éticos que aseguran la convivencia y la tolerancia. Se trata de la destrucción de cualquier relación espiritual o social que no se alinee con sus fines, los elementos cotidianos que aseguran la racionalidad de la convivencia se convierten en el objeto de una destrucción psicológica y material. Pues, una vez que se ha despojado a las personas de sus ideas alternativas estas personas dejan de tener seguridad y libertad personal, pasan a depender del sistema. Todos los elementos de la interacción social tienen que estar alineados, lo que da paso a la imposición de estructuras de mayor envergadura que prometen ofrecer la seguridad, así como la inseguridad de las visiones alternativas, susceptibles de ser ejecutadas en las calles. Así pues, esas estructuras orgánicas producen lo que llamaremos la muerte de la paz de la disidencia; pero, al mismo tiempo, desaparece cualquier fundamento para que exista la posibilidad de negarse al conflicto como es entendido por el régimen o el terrorismo. Por consiguiente, si estructuras sociales disidentes entran en colisión con el fundamentalismo del régimen iraní, solo les queda seguir el camino de las dinámicas que llevan a la muerte o ver como evitan de todas formas el mismo. Enfrentar la cuestión de incluso algo tan externo como la muerte de Estados Unidos y de Israel (un llamamiento a la aniquilación total, no un eufemismo), se transforma en una situación crítica de disidencia en la que no hay forma de tener garantías personales ni nadie a quien recurrir en busca de ayuda. Enfrentarse a las condiciones políticas que impone el fundamentalismo religioso (o las autocracias latinoamericanas) lleva, asimismo, a las posibilidades ciertas de la muerte y la cárcel. El fanatismo es un instrumento del fundamentalismo, ya sea político o religioso. Creo que, en esencia, sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de un fanático del régimen iraní, pensamos en alguien que, con escaso control racional, clama por la «muerte a Estados Unidos y a Israel», manifestando una obediencia ciega hacia una causa que percibe como algo superior a su propia existencia. Cuando se trata de fanatismo o terrorismo, es imposible evitar una connotación negativa. A menudo se percibe que el conflicto y la muerte son características inherentes a un determinado pensamiento político autocrático y uno religioso fundamentalista. El fanatismo conlleva también la idea de la disposición tanto a matar como a morir. Lo que hace a los fanáticos tan extremadamente peligrosos no es solamente la capacidad ciega de asesinar sino también la capacidad ciega de morir. De este modo los terroristas resultan aterradores porque su fanatismo ha clausurado la posibilidad humana racional que nos permite oponernos a la idea de matar y que podemos ejercer el instinto de no morir. El fundamentalismo islámico se ha valido una y otra vez del fanatismo y este fanatismo, como otros, acciona bajo la idea de una verdad única que no puede ser contrastada internamente por las personas. En Irán, desde hace 47 años, el régimen se basa en una realidad en la que sus adherentes se identifican fuertemente con lógicas de conflicto religioso y político, adoptando posiciones más rígidas que no admiten una visión diferente. El concepto verdad deja de ser argumentable, sino que se transforma en algo rígido, pre-establecido y fanatizado, la conceptualización fascista de la religión, como existe en las dictaduras de la región la conceptualización fascista de la ideología de izquierda. Y la muerte adquiere un significado histórico en ese proceso de fascistización que reside en el intento de construir un único mundo religioso o ideológico. La muerte se transforma en la alternativa siempre, ya sea al socialismo como señala el slogan cubano, ya sea a una visión religiosa fundamentalista. Considero que, antes de que la atomización pueda consumarse plenamente, se produce una especie de suicidio colectivo; no, esto es realmente de lo que estamos hablando. La alternativa entonces a eliminar las amenazas a la paz que constituye un Estado fundamentalista sponsor del terrorismo es aceptar la paz que proviene de la muerte a Estados Unidos, a Israel y a la disidencia política y religiosa que promueve, implementa y ejecuta el régimen iraní. La paz de ese futuro sería una paz nuclear impuesta por Irán que se parece más bien a un suicidio colectivo de efecto retardado. La posibilidad de que un conflicto del mundo real se vuelva fundamentalista desde el punto de vista religioso invierte las ideas y la muerte pasa a ser una sistematización de la verdad religiosa y le puede resultar imperativo ejecutar una verdad que le permite al terrorista matar. Y a ese terrorista de Hamas, Hezbollah, Jihad Islámicas, Huties o milicianos chiitas iraquíes por su comportamiento presente y anterior podemos concluir que le gustaría tener acceso a armas nucleares de su régimen fundamentalista referente. Y eventualmente las podría utilizar en el marco de un conflicto inherente a una realidad unica que configura la realidad del fundamentalista religioso. Toda persona quiere maximizar su propia felicidad dentro del entramado social, por ende, todas sus interacciones constituyen, precisamente, formas derivadas del razonamiento humano y de la de la realidad objetiva. Esto implica un sistema formal que le permite pensamiento individual, que le permite la acción individual en pugnas en que sus intereses son ejercidos en un marco de igualdad ante la ley. Y que existe libertad religiosa. La realidad del poder ejercido por el fundamentalismo religioso o político se halla intrínsecamente ligada al conflicto con otras visiones del mundo a partir de ideales y verdades preconcebidas, esto ha llevado, de manera previsible, a un estado de conflicto permanente de Irán con sus vecinos de la región que se han sentido amenazados por este régimen desde su creación. La satanización o paganización de sus víctimas elimina la responsabilidad moral de un modo tan absoluto que su transformación en asesinos de la Guardia Revolucionaria es resultado de la aplicación de conceptos religiosos sistemáticos que explotan la susceptibilidad que genera la fe, basada en la capacidad para satanizar a aquellos que se perciben como diferentes, termina justificando todo. Matar o violar a una mujer por llevar mal su hejab es transformado en aceptable por esta dimensión amoral de la religión. Los reflejos cerebrales de premio de la divinidad asociados al fundamentalismo iraní implican la justificación de estas acciones y la vida eterna de quien demuestra esta obediencia, lo cual transforma su acción en algo espiritual. La razón es que la justicia y los Derechos Humanos deben prevalecer y que pretender una paz contraria a estas definiciones es una irresponsabilidad absoluta además de una contradicción en sus propios términos, como lo es el terrorismo. *Luis Almagro, Director del Observatorio Democracia del CASLA Institute.

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