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» La Nacion
Fecha: 17/03/2026 13:20
Eliminada del reality luego de diez días de permanencia, la participante habló con LA NACION sobre su experiencia y cómo logró ser madre de dos niñas - 8 minutos de lectura' Carla Carlota Bigliani ingresó a Gran Hermano como reemplazo de Divina Gloria, cuando la salud de la actriz le impidió continuar en el reality. Pero la estadía de esta nueva jugadora fue más breve de lo deseado y, luego de poco más de una semana, fue eliminada. En diálogo con LA NACION, la participante reflexionó sobre cómo se sintió en la casa y reveló la historia de amor que la unió a sus dos hijas. ¿Qué sentiste cuando te enteraste de que habías sido eliminada del juego? Me quería matar, pero lo sabía. Me costó un montón entrar. Yo fui Carlota desde el primer día, pero no me dieron espacio. Me dieron un colchón en el piso, estaba cómoda, pero no tenía mi lugar. Ellos sintieron que yo era la última; durante diez días sintieron eso. Una vez a propósito alguien se confundió y me dijo Carola y todos empezaron con Carmela, Carola, cualquier cosa. Yo no tenía cama, no tenía locker y dormía con los chicos, aunque feliz porque siempre empatizo más con los hombres que con las mujeres. En la casa sentía que era el blanco fácil. Mi idea era entrar y jugar sola, sin duda. No necesitaba a nadie, estaba segura. De hecho, estoy sorprendida y angustiada a un nivel en el que me acuerdo y lloro, porque me da bronca no haber podido ser yo. Mientras estabas adentro, ¿evaluaste armar algún tipo de alianza con alguien? Nunca elegí un grupo para decir voy a jugar con estos hasta el final, ni siquiera cuando me vi complicada. Y no importaba si me gustaba un grupo o no, pero después necesitaba de alguien para salvarme. Ahí me empecé a juntar con Dani, que como es coach, me prestó la oreja y me dijo tres tips que me levantaron un poco. Yo pensé: Listo, me tengo que pegar a ella. Con Yipio me llevaba súper, pero con Andrea siempre me sentí medio rari. No sé si le tenía miedo, pero sí un respeto especial. Le sonreía, pero cuando se le volaban los patos con alguno, yo no quería ser esa, no quería estar en el foco, quería empatizar. Soy un aparato ¿Y cómo es Carlota en el afuera? En mis redes soy un aparato. Yo siempre quise anotarme, pero, por cosas de la vida, nunca me anoté. Y para este Gran Hermano todos me decían que me tenía que anotar. Le pregunté a mis hijas como chiste y me dijeron re. Y yo soy esto, no paro de hablar, soy re simpática, no hay nada que me joda, y lo que me pasó en la casa respecto a mi simpatía era que sentía que me deliraban. Ahí había dos edades, los de cuarentipico y los pendex. A los pendex no les llegaba; me sonreían de educación, pero mi humor era otro. Y los grandes me miraban como diciendo: Uy, esta. Sentía todo el tiempo que no pertenecía. Yo en la fiesta iba a bailar y se daban vuelta; la verdad es que sentí bullying. Dijiste que siempre quisiste anotarte, ¿en otras ediciones no te animaste por miedo? No, cero. En las primeras ediciones, yo estaba lidiando entre seguir con mi emprendimiento o con mi trabajo. Yo estaba en el Estado, como recepcionista en el Ministerio de Economía. Me fui a vivir sola de borrega, a los veinticuatro. Mis papás no me podían ayudar económicamente. Cuando me mudé, me saqué un crédito, me fui, quería ser independiente. Eso determinó que yo siempre tuviera un trabajo en el ministerio y estuve ahí durante veinte años, pero mientras tanto tenía otro laburo. En esa época me gustaba la joda, salía un montón, pero también tenía que pagar el alquiler. ¿Cómo fue el irte a vivir sola? Soy hija única y mi papá no me dejaba respirar. Estudié comercio porque mi papá quería que sea despachante de aduana como él. Igual yo estudié un poco. Ellos siempre me ayudaron, pero me influenciaban. Yo era la única que estaba ahí para que ellos pusieran sus expectativas. Me hacían la cabeza. Me decían que me bancaban en lo que eligiera, pero nunca me dejaron elegir. Y así, entre los mil trabajos que tenía para mantenerme sola, en uno me puse a vender ropa interior con una amiga que la fabricaba. Ahí empecé a sentir que era divertido. En el Ministerio la gente era re careta, pero yo era esto; me conocía medio Ministerio porque era un aparato. Iba a un bar de Palermo, a una feria, y cuando empecé a fabricar pelotudeces con lo que tenía, eso me despertó la creatividad. ¿Qué era lo que más te frustraba trabajar en el ministerio? Algo parecido a mi casa. En el último tiempo, yo miraba a la gente mayor que ya estaba por jubilarse tomando mate; estaban en otra. Pero yo, si no tenía laburo, acomodaba expedientes, les cambiaba la carátula; necesitaba hacer cosas porque soy muy movediza. Me banco dos, tres trabajos. Me gusta crecer, ganar guita, vivir bien; ese era mi motor. De hecho, trabajé cinco años en el ministerio en paralelo a mi proyecto. Un diagnóstico inesperado Y con respecto a la maternidad, ¿cuántas hijas tenés? Yo tengo dos hijas que me las dio la vida. A los treinta me entero de que tengo menopausia precoz. Ahí ya estaba con mi actual marido, y no estábamos en esa de ser padres, pero no nos cuidábamos. Entonces un día voy al médico y le digo: Necesito que me hagas un control, me siento re mal, debe ser porque trabajo un montón. El estudio arroja que tengo las hormonas de la menopausia a full, y me tira que si quería ser madre o si estaba pensando en tener hijos, que consultara en una clínica de fertilidad porque me quedaban pocos cartuchos. Eso me traumó, no fue la manera más simpática de enterarme. Yo no quería ser madre, pero a la vez quería ser madre porque me dijeron que no podía. Y a partir de ahí, ¿cómo fueron los años posteriores? De mis treinta a mis cuarenta, toda mi misión fue ser madre. Averiguamos en clínicas de fertilidad; no estaba la ley de salud, pero después sale la ley de fertilidad y yo necesitaba el tratamiento más caro, que era el de ovodonación. Esto fue una lucha, pero fue muy amorosa. ¿Cómo atravesaron la situación como pareja? Con mi marido nos unimos más. Es un proceso desgastante, te ves fea; yo estaba explotada, no quería hacer el amor con mi marido porque ya ni me parecía que era por deseo. En la última oportunidad que prendió, la cosa no prosperó y fue traumático. Yo lloraba, lloraba y lloraba. Un día entre sueño y sueño, me vi en una pieza, preparándome para ir a una fiesta, con mi marido poniéndose lindo y con dos pendex. Y eso fue una señal. Yo le contaba a todo el mundo, pero la gente me miraba como si estuviese loca. Empecé a hacer constelaciones familiares, una amiga me tiró el péndulo, y todo salía que yo iba a quedar embarazada. ¿Y cómo fue el momento en el que finalmente aparecen tus hijas? Con mi marido decidimos ir al Ruaga, el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos, para presentar la carpeta de adopción. Hicimos los trámites y todo se condujo por un camino del sí. Tenía un montón de señales que me decían que íbamos bien. Y llegó ese 9 de marzo de 2019, en el que recibo la llamada del juzgado en donde me comunican que había dos criaturitas hermosas, que hoy son mis actuales bebas, de quince y trece años. Ellas son hermanas biológicas de la misma mamá, pero no del mismo papá, y vivían en un hogar en el que estuvieron dos años y medio. ¿Qué edades tenían cuando las adoptaste? Ellas tenían seis y siete años. Las conocí el martes 2 de abril; el domingo era Pascuas. Ellas parece que son mías de toda la vida, como si estuvieran conmigo desde siempre. O sea, me recordaban que no habían estado junto a mí en situaciones o cosas que nadie les enseñó o costumbres de familia que no tenían. Qué importante es hablar sobre la adopción de niños más grandes, ¿no? Es que yo hice cuentas, tenía que ser realista. ¿Yo quería ser madre o quería criar a un bebé? Algún día ya tendré nietos para cambiar los pañales, pero tenía que avanzar casilleros.
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