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  • ¿Todas las novelas son policiales?

    » Clarin

    Fecha: 17/03/2026 06:19

    Existen miles de novelas policiales, de miles de autores, escritas en todas las lenguas y reflejo de mil culturas. Es agobiante. Al punto que he asistido a discusiones en que eruditos han afirmado que novelas policiales son todas. Todas. Que los únicos requisitos son un enigma y un detective. Y en todo libro escrito hay un enigma a resolver, y alguien que asume la pesquisa. Incluso, dicen, lo son aun cuando el enigma a resolver es el alma de una dama, y el detective su devoto enamorado. He ahí un enigma y una resolución feliz o desgraciada. ¿Acaso no hay muertes por amor, insisten, Ana Karenina no finaliza con un crimen? Me han dejado pensando. Si todas son novelas policiales, el problema no es cuáles no lo son, sino cómo distinguirlas. Quiero decir, hasta hace poco en la Academia con mayúscula miraban por sobre el hombro a las novelas policiales. Pero si resulta que todas lo eran, ¿cómo mirarlas por sobre el hombro sin hacer el ridículo? Muy fácil, hay que saber discriminar. No hay ejercicio que más se aprecie que el arte de discriminar en el arte. Hay que darle a cada categoría de novela un lugar, y a cada lugar, un nombre. Acá le dejo al desorientado lector una guía para poder discriminar ante qué clase de novela se enfrenta, y así emitir, incluso sin necesidad de leerla, un juicio adecuado. Con rigor científico asevero que hay novelas policiales con mayordomos asesinos, y otras que no. Estas se subdividen entre las que tienen mayordomos que no son asesinos, pero resultan muy sospechosos, y las que tienen mayordomos fuera de toda sospecha, e incluso las que no tienen mayordomo en absoluto. Ahí tienen. Con estos elementos se pueden mover como pez en el agua en cualquier conversación sobre novelas policiales. Otra: hay novelas con bosque, y otras que no. Fíjense que mientras las llanuras, los pastizales, y hasta los desiertos dan poco de sí, los bosques dan infinidad de asesinos. Por algo será. Pero lo cierto es que si usted quiere una novela muy cruenta y misteriosa, ponga un bosque. Y luego otra vez: bosques con una cabaña destartalada, a la que estúpidos adolescentes deciden entrar. Y antes de abrir la puerta, las clasificaciones del caso: novela con sicótico con máscara, con ermitaño lacónico, con alcohólico en recuperación muy desaliñado. Todos de un humor de perros. Y todos a correr entre los árboles. Pero el modo más adecuado de clasificar una novela policial es por el detective. Que tiene o no tiene. Si no tiene, hay que clasificar por quién cumple la función sin serlo: ajedrecista, periodista, cura, forense, boxeador y mucho ex: expolicía, experiodista, exmilitar, ex écuyer, en fin, se entiende. Pero la clasificación que se lleva las palmas es la novela policial que lleva en su seno al detective-en-sí. El desencantado, cínico e insobornable que alza la solapa de su impermeable, arroja el cigarrillo y se pierde en la noche a combatir el crimen. No puede fallar. Sobre la firma Newsletter Clarín

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