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  • El calvario de la joven que fue violada y torturada durante un mes: la decapitaron y ocultaron su cabeza dentro de un peluche

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 17/03/2026 03:49

    La noche del 17 de marzo de 1999, Fan Man-yee fue obligada a subir a un departamento en Kowloon, en Hong Kong. Nadie en el edificio imaginaba que, durante semanas, detrás de una de sus puertas, se desarrollaba uno de los crímenes más brutales en la historia de la ciudad. Las atrocidades que padeció la joven de 23 años y su posterior desaparición revelarían un nivel de violencia pocas veces visto incluso en una metrópolis acostumbrada a historias del bajo mundo. En la segunda mitad de los años noventa, la vida nocturna de Hong Kong era un universo de luces de neón, clubes y karaokes donde miles de jóvenes buscaban escapar por unas horas de la presión económica y social. Pero también era un territorio dominado por códigos invisibles, deudas peligrosas y la presencia constante del crimen organizado. En ese ambiente, Fan intentaba sobrevivir como podía, moviéndose entre la precariedad, la dependencia económica y un círculo de personas tan poderosas como despiadadas. Una vida marcada por la vulnerabilidad Fan Man-yee nació el 15 de febrero de 1976 en Hong Kong, en un contexto de extrema fragilidad social. Su infancia estuvo marcada por la violencia doméstica, el abandono y la precariedad económica. Tras ser abandonada por su familia, fue enviada a un orfanato, donde vivió hasta cumplir 15 años, momento en que tuvo que irse por las restricciones de edad de la institución. Sin un hogar al que regresar ni una red de apoyo que la contuviera, terminó viviendo en la calle. Desde ese momento, su vida comenzó a deslizarse por un camino cada vez más incierto. Para sobrevivir, empezó a trabajar en clubes nocturnos como anfitriona, una ocupación relativamente común para mujeres jóvenes en la ciudad. Su trabajo consistía en acompañar a los clientes, conversar, beber con ellos y crear una atmósfera de seducción que, en muchos casos, derivaba en acuerdos informales o intercambios económicos fuera del club. Era un entorno donde la frontera entre compañía, consumo y explotación era bastante difusa. En ese mundo conoció a hombres que le ofrecían dinero, alojamiento temporal o una aparente protección, pero pocas veces una ayuda real o duradera. Con el tiempo, el consumo de drogas especialmente metanfetamina comenzó a formar parte de su vida cotidiana. Al principio funcionó como una vía de escape frente a las dificultades, pero pronto se convirtió en algo habitual dentro de los círculos nocturnos en los que se movía. En 1996 se casó con Ng Chi-yuen, un hombre que también luchaba contra problemas de adicción. Dos años después nació su hijo. Durante un tiempo, Fan intentó cambiar el rumbo de su vida: trató de alejarse de las drogas y del trabajo sexual, buscó mudarse y construir un entorno más estable para su hijo. Sin embargo, la relación con su esposo era conflictiva y violenta, y la inestabilidad económica hacía cada vez más difícil sostener ese intento de reconstrucción. Finalmente, la necesidad de dinero la empujó nuevamente hacia el ambiente nocturno del que había intentado salir. Fue en ese contexto cuando conoció a un hombre que terminaría marcando su destino: Chan Man-lok, un narcotraficante local vinculado al bajo mundo hongkonés y cliente habitual de los clubes donde Fan trabajaba. Tenía 34 años, dinero, influencia en ciertos sectores del ambiente y una reputación que despertaba temor entre quienes lo rodeaban. Al principio, Fan lo trató como a cualquier otro cliente frecuente. Con el tiempo, Chan comenzó a prestarle dinero y a proponerle encuentros fuera del trabajo. La relación que se fue formando entre ambos estaba lejos de ser equilibrada: el poder y las condiciones siempre estaban de un solo lado. Pero Fan necesitaba el dinero. Y el dinero, como tantas veces en ese mundo, terminaría arrastrando consigo la tragedia. El robo que desencadenó la pesadilla Según los registros judiciales del caso, Fan tomó un día una decisión impulsiva: robó la cartera de Chan Man-lok y se llevó aproximadamente 4.000 dólares hongkoneses. No estaba en condiciones de afrontar la deuda, y mucho menos la furia de un hombre acostumbrado a que todos le obedecieran. Chan no denunció el robo ante la policía, claro. Tenía su propia ley: juntó a sus secuaces para que se cobraran. Leung Shing-cho, un joven de 21 años, y Leung Wai-lun, de 14 años. Además, participó una adolescente de 14 años, novia de uno de los agresores. El plan inicial, reconstruido durante el juicio, era secuestrarla y forzarla a trabajar para ellos hasta devolver el dinero. Pero lo que comenzó como un ajuste de cuentas terminó convirtiéndose en una espiral de crueldad cada vez más extrema. Fan Man-yee fue capturada el 17 de marzo de 1999 y llevada a un departamento en el distrito de Kowloon, donde durante semanas padeció una sucesión de tormentos físicos y psicológicos documentados en la investigación judicial. Allí fue prostituida para saldar la deuda y reiteradas veces violada por cada uno de los miembros de la banda. Desde el primer día la golpearon con barras metálicas y le dieron infinidad de puñetazos y patadas en todo el cuerpo. La ataron de pies y manos, impidiendo cualquier intento de defensa o escape. Le arrancaron cabellos y cejas, y la colgaron en distintas posiciones del techo para someterla a más dolor; la quemaron con cera caliente y plástico derretido, la obligaron a tomar duchas de agua hirviendo, provocándole graves quemaduras. También fue obligada a consumir clorhidrato de metanfetamina, la forzaron a comer heces y beber orina de sus captores y explotadores. A veces la dejaban días enteros sin comida, o le tiraban restos de comida, obligándola a comer del piso, como única alimentación. La privación del sueño era una constante: la despertaban a la fuerza y con métodos violentos. Era tal el sadismo que, incluso, la obligaban a sonreír mientras filmaban la tortura a la que la sometían. Si no lo hacía, la violencia crecía. Gozaban con su sufrimiento al punto de someterla a lo impensado cada vez que la víctima gritaba por ayuda. Cuando perdía el conocimiento por el dolor o las lesiones, le tiraban agua helada para reanimarla o aceite hirviendo y así continuaban con el maltrato. Era utilizada como un saco de boxeo humano, dijo el juez Peter Nguyen, quien presidió el tribunal durante el juicio en el año 2000. Fan sufrió fracturas en su cuerpo y desgarros en la vagina. Le electrocutaron sus genitales y mordieron sus pechos hasta hacerlos pedazos. Le dejaron heridas abiertas que nunca recibieron atención. Durante el cautiverio, la adolescente de 14 años y novia de uno de los captores participó activamente en las torturas y humillaciones. Los hombres se burlaban cuando les suplicaba piedad y seguían filmándola como parte de un juego macabro. Fan Man-yee vivió esas torturas ininterrumpidas durante 28 o 29 días. Su cuerpo, debilitado y herido, no resistió ese nivel de crueldad y murió entre el 14 y 15 de abril de 1999. Tras su muerte, sus agresores desmembraron el cadáver, la decapitaron, hirvieron su cabeza y la escondieron en una muñeca de Hello Kitty, mientras el resto del cuerpo fue desechado en distintos puntos de la ciudad. El descubrimiento del crimen y la irrupción de la justicia El caso salió a la luz gracias a la confesión de la adolescente de 14 años cuyo nombre jamás fue revelado que participó en el cautiverio y la tortura. Al igual que en el cuento El corazón delator, de Edgar Alan Poe, donde la culpa y el tormento psicológico terminan por delatar al asesino, la joven no soportó las pesadillas ni el peso de lo vivido. Afirmaba ver el fantasma de Fan Man-yee persiguiéndola cada noche. Incapaz de silenciar la culpa, buscó a una trabajadora social y, entre lágrimas y miedo, contó todo el horror del que había sido parte. La funcionaria la acompañó a la policía para que hiciera la denuncia. Al principio, los agentes dudaron de lo que contaba porque era demasiado cruel para una chica de 14 años, pero la insistencia, los detalles y el estado emocional de la adolescente los llevaron a investigar el departamento. Allí, como en el cuento de Poe, la verdad oculta emergió con crudeza: hallaron el cráneo de Fan Man-yee dentro de la muñeca inexpresiva de Hello Kitty, junto a restos y pruebas que confirmaban el tormento que había padecido. Solo se recuperaron el cráneo, un diente y algunos órganos de su cuerpo. El hallazgo provocó una gran conmoción y las primeras informaciones ocuparon portadas de los diarios locales y de la prensa internacional. El juicio comenzó en el 2000 y puso en evidencia no solo la brutalidad del caso, sino también las redes de explotación y la vulnerabilidad de las mujeres en la industria nocturna de Hong Kong. La adolescente que confesó recibió inmunidad judicial a cambio de testificar contra los otros implicados. Los acusados no fueron condenados por el crimen de Fan, ya que la fiscalía no pudo determinar con precisión la causa exacta de la muerte debido al estado de los restos. Sin embargo, fueron sentenciados por homicidio involuntario y por impedir un entierro legal. Las penas impuestas fueron severas, aunque consideradas insuficientes por buena parte de la sociedad. El juez Peter Nguyen justificó la severidad de las penas señalando que los implicados mostraban tendencias psicopáticas y representaban un peligro persistente para la sociedad. Chan Man-lok, de 34 años, y Leung Wai-lun, de 21, recibieron penas de cadena perpetua, con la recomendación judicial de no acceder a libertad condicional antes de cumplir 20 años de prisión. Ambos permanecen en la prisión de Stanley. Leung Shing-cho, de 27 años, fue condenado inicialmente a cadena perpetua, pero tras una apelación y un nuevo juicio en 2004, su pena fue reducida a 18 años de cárcel. Fue liberado en abril de 2014. Sin embargo, en agosto de 2022, volvió a ser arrestado y condenado a 12 meses de prisión por agredir sexualmente a una niña de 10 años. La adolescente de 14 años, también citada con el nombre de fantasía Ah Fong, obtuvo inmunidad total ya que su testimonio fue clave para el esclarecimiento del caso y la condena de los otros tres implicados. Fan Man-yee se convirtió en un símbolo involuntario de todas aquellas mujeres atrapadas en sistemas de abuso que parecen no ofrecer salida. Su nombre, que en vida fue apenas conocido dentro de los clubes nocturnos, pasó a formar parte de debates sobre el horror, la indignación y la necesidad de justicia para las mujeres.

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