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» Clarin
Fecha: 16/03/2026 20:58
A esta altura ya casi aburre, pero hay Gobiernos que insisten en su pretensión de controlar a las redes sociales. Y las diferencias ideológicas que los separan en casi todo, los acercan en ese afán vigilante. En el fondo parecen querer lo imposible: que el tiempo vuelva atrás. La última humareda la lanzó el español Pedro Sánchez, que la semana pasada presentó HODIO (de la Huella del Odio y la Polarización), una oficina "que hará un seguimiento de los contenidos que promuevan el odio en las plataformas". No es complicado anticipar el casi seguro resultado: nulo, cero. Un fiasco. Lo debe saber el propio Sánchez, pero la movida le sirve para ponerse la capa de héroe y señalar en la vereda opuesta a críticos y opositores como responsables de ese odio. "Ya no nos rendimos ante las plataformas", se envalentonó. "Ahora son ellas las que deberán rendir cuentas ante las sociedades. Vamos a parar al odio. Nuestra misión es que hablemos más de amor y menos de odio, exclamó, con pretensiones poéticas. ¿Por qué se puede augurar el fracaso? Fácil. La iniciativa remite en la Argentina al gobierno de Alberto Fernández, que en octubre de 2020 presentó NODIO (Observatorio de la desinformación y la violencia simbólica). El supuesto objetivo era "estudiar y detectar la desinformación y violencia en redes sociales y en los medios". Cualquier parecido con el proyecto español no es pura coincidencia. Aquella política tuvo el impulso del entonces senador kirchnerista Oscar Parrilli, que pidió mano dura en el control de los medios y monitorear a quienes "difaman a los políticos". Los discursos pueden ser distintos, las palabras disfrazan intenciones (Sánchez señala a las plataformas, no a sus usuarios), pero el ánimo es uno solo, vigilar quién dice qué para silenciar las voces o la información crítica (y crear una caja para ubicar funcionarios amigos). El HODIO español no es igual pero también es primo hermano de la Oficina de Respuesta Oficial presentada por Milei hace poco más de un mes, "para desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios y la casta política. Porque solo informar no alcanza si la desinformación avanza sin respuesta, según el pomposo comunicado oficial. (Para amontonar palabras con pretensiones de importancia no hay diferencia entre izquierda y derecha). Uno de los voceros de aquel lanzamiento fue nada menos que Adorni, a quien ninguna Respuesta Oficial salvó en estos días de su ya eterno "vine a deslomarme a Nueva York". Si algo, entre otras cosas, revela el affaire Adorni y su esposa Betina, es que la amenaza mayor para un gobierno y sus funcionarios es la propia soberbia y su consecuencia segura: las pavadas dichas con énfasis, ideales para la genuina viralidad, aquella que no necesita trolls (dicho sea de paso, la operación de una parte del kirchnerismo falseando una foto de Adorni con su mujer de compras en Manhattan nunca prendió, lo cual pone en duda la supuesta rápida difusión de falsedades). ¿Cómo y quién definirá en España a los discursos de odio? "La nueva herramienta", intentó explicar Sánchez, "estará basada en criterios académicos reconocidos y combinará análisis cuantitativo y revisión experta para garantizar precisión y representatividad. Una sanata formidable para explicar lo inexplicable. El objetivo final casi que provoca una sonrisa: "generar un ranking público y transparente de las plataformas" que circulen mayor cantidad de odio (hasta parece inspirado en el Campeonato Nacional de mandriles ideado en estas páginas por Alejandro Borensztein). Todo parece un chiste, pero no lo es. Lo mejor que se puede esperar es que no sirva para nada. Si sirve, una porción de libertad habrá quedado en el camino. Sobre la firma Newsletter Clarín
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