16/03/2026 08:13
16/03/2026 08:13
16/03/2026 08:13
16/03/2026 08:13
16/03/2026 08:13
16/03/2026 08:13
16/03/2026 08:13
16/03/2026 08:12
16/03/2026 08:12
16/03/2026 08:12
» Clarin
Fecha: 16/03/2026 06:18
Tengo 57 años y practico Crossfit hace 10 meses. Estoy muy lejos de ser una atleta, pero soy disciplinada y me devolvió la alegría de ver a mi cuerpo volverse fuerte y potente. Antes de decidirme, lo primero que había escuchado acerca del Crossfit fue: ¿Son esos que saltan y se tiran al suelo? Luego, el veredicto: Eso no es para nuestra edad, comen diferente a la gente común. Y tras eso una seguidilla de catástrofes apoyaba la idea de que yo ya no estaba para esos trotes: Una amiga mía se quebró una muñeca. Una persona que me contaron se lesionó muy mal. En tal lugar, a una persona le dio un infarto y se murió. Eso fue más que fue suficiente para que a mí me picara el bichito de la curiosidad. No voy a escribir acá los pro y los contra científicos de esa disciplina: los pueden encontrar por voces mucho más autorizadas que yo a hacerlo. Lo que sí voy a hacer es contar mi experiencia que va en contra del mito de que después de la menopausia a las mujeres nos corresponde hacer prácticas tranquilas, como el yoga o alguna gimnasia de salón. Hago ejercicio de los 13 o 14 años, estimulada por mi papá que había sido corredor a esa edad, y que, según él, llegó al récord provincial y no lo atravesó porque no poseía los botines de atletismo adecuados. Por aquel tiempo me compré un libro que se llamaba Aerobismo -no existía el concepto de running de hoy- que daba consejos que consideré excelentes, como correr siempre en el sentido contrario al que van los autos. Empecé a ir a un gimnasio con pesas a los 14 años, en el auge del físicoculturismo. No hay disciplina de gimnasio que no haya hecho a lo largo de mi vida, empezando por el aerobic que impuso Jane Fonda. La primera vez que fui a Crossfit (apto físico de por medio) hace diez meses, cuando llegué de la clase hube de acostarme para recuperarme. Nunca me había pasado sentir el esfuerzo tan tremendo del cuerpo por adaptarse. Por supuesto, en la clase me trataban de usted y me llamaban señora. Muy bien los abdominales, señora. Un coach se tomó el trabajo de aterrorizarme con problemas de cadera y de rodillas que yo podría tener sin saber y que haría que empeorara. No me amedrentó nada. Pasé de ir una vez por semana a dos. Yo soy muy prudente y no me da por la intrepidez. Al tiempo de perseverar, noté como todo el grupo se solidarizaba conmigo. Me ayudaban con las barras, las pesas rusas. Yo aprendía a leer las rutinas en ese código spanglish que dicen es el entrenamiento de los marines. El coach Cristian, me llama ahora señorita; y Noelia, mamina. Un día me colgué de la barra; apenas moví cinco centímetros el cuerpo. Sentí tal alegría que quería gritar, como una niña a su madre: Miráme, ma. Mirá lo que hago. No sé si estoy más delgada, pero sí con mejor postura. Siento seguros mis pasos; los kilos de más un día serán menos. Y ya no hay colectivo que se me escape al correrlo. Sobre la firma Newsletter Clarín
Ver noticia original