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  • Los dilemas de Trump en la guerra contra Irán y una China que observa atenta

    » Clarin

    Fecha: 16/03/2026 06:18

    La guerra de Irán día a día pone en evidencia las vulnerabilidades del trumpismo. El designio externo de la Casa Blanca está a prueba en la medida que algunos plazos le prescriben: la crisis energética global, asociada a la vulnerabilidad del Estrecho de Ormuz, no puede ser solucionada volcando al mercado internacional las reservas petroleras estratégicas de los países de la Agencia Internacional de Energía. En paralelo se va aproximando un evento decisivo: la Cumbre Trump/Xi a celebrarse en Pekín. En estas circunstancias la hegemonía depredadora, término acuñado por S. Walt, Profesor de Harvard y uno de los mas destacados especialistas americanos, entró en crisis porque no logra éxito en su objetivo central: extraer concesiones y tributos entre aliados y adversarios buscando ganancias de corto plazo. Un diseño instrumentado a través de impulsos y de violencia verbal, en el largo plazo siempre es improductivo: las intimidaciones generan resentimientos y crea oportunidades para sus rivales. En la niebla de la guerra, la incertidumbre de Clausewitz, día a día se modifican los escenarios iraníes. El eventual retorno de la Monarquía es uno de los más impactantes porque se estaría repitiendo la historia de 1953: luego de un golpe de estado, apoyado por los EE.UU y Gran Bretaña, fue derrocado el gobierno de M. Mosaddegh que había nacionalizado el petróleo y el Sha Reza Pahlavi pudo recuperar el trono. En las actuales circunstancias regresaría su hijo, aupado por Washington pero sin apoyos sólidos en un país donde nunca vivió. La guerra civil es el escenario más temido. Un país con una vasta geografía, habitada por Kurdos, Árabes y Baluches, seguramente entraría en una aceleración geopolítica que modificaría los equilibrios geográficos regionales. Finalmente, el escenario seguramente más buscado por Trump es la venezuelización. Se trata de cooptar a un sector del poder dispuesto a negociar para sobrevivir, un pacto que conlleva a un sector del clero shiita y de la estructura militar. Obviamente, este escenario incluiría cláusulas de garantía: la destrucción de los subsistemas históricamente ligados al poder nuclear -con entrega de material de uranio enriquecido-, a la fabricación de drones y misiles, y la ruptura de vínculos con movimientos políticos radicados en otras geografías, por ejemplo en El Líbano. En este acuerdo podrían sumarse algunos otros items, vg. reparaciones a pagar a las bombardeadas Monarquías del Golfo, el compromiso de la libre navegación en el Estrecho de Ormuz y de no permitir la instalación de bases militares de terceras potencias en sus costas. En suma, un estatuto de neutralización y desarme. Muchos interrogantes quedarían abiertos en este tablero de opciones geopolíticas, algunos de ellos vinculados a un componente central del diseño trumpista: la costumbre de vivir en un mundo auto-creado, donde generalmente se destaca la omnipotencia destructiva que aleja a los aliados. Es lo que hoy ocurre en la relación EE.UU/Europa. Según una encuesta reciente del Consejo Europeo para las Relaciones Internacionales, sólo una ínfima minoría, el 12%, considera a los Estados Unidos un aliado. Una guerra sin estrategia debería concluir con una paz realista. En este nuevo escenario, China y particularmente Rusia salieron perjudicados. China perdió influencia y Rusia también, pero en el caso ruso el balance es mas negativo porque existió una estrecha alianza. En enero del 2025, Teherán y Moscú firmaron un Tratado de Asociación Estratégica que no incluyó una cláusula de defensa mutua, el eje pasó por la provisión de drones iraníes Shahed. Según N. Grajewski, en un artículo publicado por revista Foreign Policy, señala que en la medida que se intensificaron las protestas en Irán, Moscú proporcionó equipos y sistemas de intercepción de comunicaciones e instrumentos para controlar el ciberespacio iraní. Pero, más allá de los contenidos del Tratado Rusia/Irán, la imagen de una Rusia que no está en condiciones de defender a un país aliado resulta negativa. La derrota del régimen iraní puede frustrar los planes y proyectos de la empresa rusa Rosatom, para construir cuatro reactores nucleares, invertir en gas y petróleo y construir una línea ferroviaria para desarrollar el Cáucaso del Sur, una vieja prioridad de Moscú. Pero a pasar de estas adversidades, la economía rusa, fuertemente dependiente de las exportaciones de hidrocarburos, se ha beneficiado notablemente como consecuencia de la guerra de Irán, particularmente en materia gasífera. Como las exportaciones iraníes de petróleo han bajado, China, India y otros clientes significativos deberán comprar en Rusia. Decididamente, el colapso del régimen iraní modificará una agenda internacional que hasta hace poco estaba centrada en las implicancias de las elecciones legislativas americanas y en los resultados de la próxima visita a Pekín del presidente Trump. Sobre la firma Newsletter Clarín

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