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Parana » AnalisisDigital
Fecha: 15/03/2026 12:21
EL racismo siempre está, pero lo combaten las sociedades que lo reconocen. El color de la piel es una señal de distinción en la Argentina. Fernando Ruiz En 1927, aprovechando los avances de la ciencia, en la cárcel de Ushuaia le recortaron las orejas aladas al Petiso Orejudo, el primer asesino serial de nuestra historia. Era la forma de terminar con su carrera criminal. El referente mundial de esa idea era Cesare Lombroso, a quien La Nación y los principales diarios del mundo le publicaban sus artículos y tuvo seguidores locales influyentes, como José Ingenieros y José María Ramos Mejía. Estos genios decían que el aspecto físico se correlaciona con la moral, lo que es la base del racismo. Las sociedades modernas reniegan del racismo, pero no dejan de pegotear imaginarios negativos a rasgos físicos, como pensaba Lombroso. Y eso tiene efectos materiales concretos, haciendo que las diferencias entre las personas se conviertan en robustas desigualdades humanas. Hoy la principal comunidad extranjera es la paraguaya y la segunda es la boliviana. Entre los que tienen ya su residencia legal, los que están en trámite y los que todavía no lo iniciaron, puede haber casi dos millones de paraguayos en el país. Por su parte, los bolivianos residentes serían alrededor de quinientos mil, y el crecimiento de sus familias expande notablemente la comunidad, la que se desarrolla en forma más endogámica que la paraguaya, como también ocurre con los coreanos y chinos. A diferencia de los paraguayos, tanto los bolivianos, como los coreanos o los chinos parecen ser percibidos como extranjeros para siempre. En la prensa esa realidad social es inhallable. Las apariciones de la comunidad paraguaya o boliviana tienen más que ver con el delito o la falta de trabajo. Se cuenta la migración como problema. Así, no son reconocidos sus aportes, y estos no se ven porque la prensa no los muestra o les da poca relevancia. Si un medio es una comunidad que se habla a sí misma, es posible que la gran prensa no los considere parte de la comunidad. Hace un siglo y medio, los migrantes italianos y españoles sufrieron similar menosprecio. A los italianos, por ejemplo, se los acusó por la fiebre amarilla que asoló a la ciudad en 1871. El periodista recientemente fallecido Diego Rojas, de origen boliviano, en su última novela, Los días de La Zona, describe un levantamiento ante una dictadura argentina que quiere erradicar el problema boliviano. El racismo siempre está, pero solo lo combaten las sociedades que lo reconocen. Las que no, caen en la inercia segregacionista. El color de la piel El color de la piel es una señal de distinción en la Argentina. Si hay muchos morochos o mestizos, los boliches, los bares y restaurantes, las playas, etcétera, tienden a perder reputación. El cuento Cabecita negra, de Germán Rozenmacher, ya lo describió hace décadas cuando el señor Lanari, de la clase media blanca, despreciaba a los morochos. Hasta Chiqui Tapia, en su reciente alegato en Córdoba, se refirió a este menosprecio: Qué raro, a nosotros no nos sorprende, pero los cabecitas hicieron algo bien, dijo el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) al aludir a la iniciativa de La Pasión del Fútbol Play (LPF Play). En un estudio de 2017, realizado por el Observatorio Social de la UCA, se analiza el acceso a la salud, la educación y el trabajo según el color de piel, y la diferencia es sideral. Pero también ese estudio afirma que la mayoría de los discriminados no se sienten discriminados. Quizás se necesita un Black Lives Matters argentino para activar la victimización de ese sector social, que representa alrededor del 20% de la población de la Ciudad de Buenos Aires y un 40% del Conurbano, según el estudio de la UCA. Como dijimos en la columna del 14 de febrero pasado, El periodismo como agente de victimización, la prensa puede describir esa discriminación por color, pero no lo está haciendo. Pueblos originarios La información sobre los indígenas también es mínima. Y suele activarse para reforzar que autopercibirse como indígena puede ser una estrategia para beneficiarse económicamente o incentivar algún tipo de violencia política. Más de un millón de personas se reconocen indígenas o descendientes de indígenas. Pero pocas veces las coberturas nos permiten conocerlos. Si la prensa tiene que ofrecer un retrato de la sociedad en la que vivimos, en este caso hay un agujero, es un no sector social. Hace diez años, el investigador Damián Andrada editó un libro colectivo que analizaba esto, Hacia un periodismo indígena. La guerra en el tratamiento informativo del caso Santiago Maldonado parece haber clausurado la posibilidad de explorar periodísticamente las identidades indígenas. Religiones A las religiones también les toca el manto de silencio. En este caso se trata de discriminar una mayoría. Las actividades cotidianas del primer culto religioso del país tienen apenas una cobertura política. Eso se vio con claridad durante el papado de Francisco. La mayoría de las notas estaba relacionada con sus gestos reales o imaginados sobre la política local, y muy poco sobre la dimensión religiosa de su papado. Igual, la voz de los obispos suele aparecer solo cuando ingresa al plano político. Pero la religiosidad cotidiana tiene poca resonancia. Sin embargo, cualquier revisión de un medio indica que no para de crecer la cobertura periodística sobre otros aspectos de la vida privada de las personas. Es habitual que grandes movilizaciones masivas, como la peregrinación a Luján, cuando miles de personas caminan decenas de kilómetros, sean subestimadas como noticia. El día de San Cayetano, a veces, recibe más cobertura, porque hay un interés político en revelar la cantidad de personas como indicador de la situación socioeconómica. También es subestimado el enorme movimiento evangélico, que incluye alrededor del quince por ciento de la población. La cobertura que se hace de ellos suele ser desde cierto temor irracional, como si fueran personas manipulables expoliadas por pastores a los que solo les interesa facturar. Esta ausencia de periodismo sobre esa comunidad de fieles hace que el resto la desconozca por completo, y tienda a compartir esos miedos. En PERFIL, las notas de Giselle Leclercq ayudan a conocer más esa comunidad. En las comunidades de paraguayos, bolivianos, coreanos, chinos, indígenas, católicos, evangélicos o morochos, la falta de visibilidad tiene impactos sociales reales: no se conoce a esas comunidades lo suficiente como para romper los estereotipos. En la medida en que se informe con más intensidad, surgirán los desidentificadores, que son aquellos aspectos que sirven para contradecir nuestra visión mutiladora y simplificadora de un grupo social. Si evitamos la atención excesiva que le ofrecemos al mundo político, quizás podríamos reorientar ese esfuerzo a informar más sobre la vida y composición real de nuestra sociedad. (*) Perfil
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