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  • Caracas en llamas, o "también a él le decía Pichón"

    » Clarin

    Fecha: 15/03/2026 07:22

    A dos meses de la magna abducción, ocurrida en Caracas, empecé a oír la palabra reconciliación como ese ruido diría Rulfo que hace el agua crecida al rodar sobre los pedregales. Este rumor no sé si proviene de la Oficina Oval o de la mente retorcida de la revolución. Por suerte, comunicadores prevenidos preguntan: ¿reconciliarnos con quién? La cuestión es pertinente porque la mayoría de los venezolanos repudia al régimen desde hace bastante. Además, que sepamos, no hay conflictos entre vecinos ni cosa parecida de qué preocuparse. Es verdad que aún queda alguna gente que no cambia de opinión. Podríamos citarles a Teodoro Petkoff, paradigma de la izquierda venezolana, y su raro libro Solo los estúpidos no cambian de opinión (2006), una larga entrevista con el periodista Alonso Moleiro, donde redondeó esta idea de la estupidez que tan útil sería en adelante. Un gestor emocional muy visto en Instagram, Ávila Vila, asegura que el tonto es circunstancial. Cuando entiende, cambia. Pero quien sabe y mantiene una posición errónea es un imbécil. Pienso en la conferencia Sobre la estupidez, leída por Robert Musil en 1937, cuando explica que el estúpido no es un incapaz mental, sino un indecente, una ofensa genérica a la moral. Seres malvados. Con todo, sabemos que aun los malvados pueden mostrarse afectuosos con sus familiares, solícitos con sus amigos y hasta cordiales con el barrio; sin embargo, eligen el país de la revolución depredadora porque en esa turbulencia se hacen de un buen botín. Me atrevería a decir que ni siquiera con ellos habría nada que reconciliar. Conviene saber que, según una encuesta independiente de enero de 2026, los venezolanos exigen justicia muy por encima de la reconciliación. En ese contexto particular la sola idea connota impunidad y gatopardismo. El delcismo pos-Absolute Resolve busca ahora aferrarse a ese argumento de efecto purificador, del mismo modo que antes recurrió a la estrategia del diálogo para ganar tiempo y aparentar tolerancia, recurso que aprovechó al máximo. Que vuelvan a esas andanzas es más que obvio; lo preocupante es que Washington esté dándoles la chance de reacomodarse y emprender nuevas simulaciones. Basta mencionar la burla que ha significado la llamada ley de amnistía, más un proceso de propaganda y reubicación de presos que liberación real. Resulta comprensible, entonces, que venezolanos desconfiados hayan solicitado a la Corte Penal Internacional la aplicación del Estatuto de Roma por detenciones arbitrarias, torturas y persecución. No extrañaría que Venezuela, al final de este vía crucis, acabara por padecer alguna especie de síndrome de Estocolmo, derivado de las artimañas jorgianas y del malabarismo legislativo de sus cómplices. La literatura, que suele anticipar la realidad, nos presenta al Pichón, personaje rulfiano de El llano en llamas (1953), quien fue a la cárcel por la mala costumbre de robar muchachas y que acabó viviendo con una de ellas. ¡Pichón, te estoy esperando! Te he estado esperando desde hace mucho tiempo, le dijo esa chica cuando salió en libertad. Pichón arrasó su pueblo, asesinó a su padre y la violó: ella tenía apenas catorce años. Tengo un hijo tuyo. Allí está, añadió, señalando al muchacho. Pichón se reconoció en el rostro del hijo. Ella explicó que también a él le decían el Pichón, pero que no era ningún violador ni asesino, sino gente buena; y Pichón solo pudo agachar la cabeza y callar. Sobre la firma Newsletter Clarín

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