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» TN
Fecha: 15/03/2026 06:52
Después de cada tormenta en Buenos Aires, el paisaje urbano se repite: paraguas torcidos, dados vuelta por el viento o abandonados al lado de un contenedor. Para la mayoría son basura. Para Romina Palma, en cambio, son materia prima. Diseñadora sostenible y creadora de Cazaparaguas, Romina lleva años recorriendo la ciudad con una mirada distinta: donde otros ven un objeto roto, ella ve una campera, una mochila o una prenda impermeable. Leé también: Nunca es tarde para aprender a andar en bicicleta: la experiencia de adultos que se animan a vencer el miedo Si hay algo que me encanta es caminar por la ciudad después de la lluvia y encontrar una reliquia que para alguien es basura, cuenta la emprendedora a TN. Su historia con el reciclaje empezó mucho antes de que los paraguas entraran en escena. Nació en Comodoro Rivadavia, en Chubut, una ciudad donde el viento fuerte hace casi imposible usar paraguas. Creció en un entorno donde reutilizar era una práctica cotidiana. Reciclo desde toda la vida. Me crié en un lugar donde las distancias son muy largas y muchas veces no tenés acceso a materiales. Entonces esta práctica de transformación es algo que aprendí de mi familia, de mis abuelas, recuerda. A comienzos de la década de 2010 comenzó a trabajar en diseño sostenible. Primero creó una marca de juguetes llamada Fauna Brava, con la que fabricaba muñecos de animales autóctonos a partir de telas recuperadas. Esa experiencia fue el primer paso de un camino que, con el tiempo, terminaría conectándola con los paraguas. La escena fundacional ocurrió cuando llegó a Buenos Aires alrededor de los 20 años. Allí vio algo que en su ciudad natal no existía: paraguas rotos tirados en las calles. Nunca me voy a olvidar del primero que vi. Era un arcoíris hermoso tirado en la calle. Ahí pensé: este material tiene algo, porque las personas no lo tiran en el container, lo dejan a la vista como si supieran que hay algo más, cuenta. A partir de ese momento empezó a observarlos con atención. Notó que después de cada lluvia aparecían en esquinas y veredas. Y que nadie parecía tener una solución para ese residuo. Estamos en una ciudad con 32 barrios. Después de una tormenta se rompen uno, dos o tres paraguas por esquina. Es una cantidad enorme de material que termina enterrado, explica. El primer desafío fue técnico: separar la tela de la estructura metálica. Ese paso era clave para poder reutilizar el material: Aún no sabíamos que teníamos esa capacidad manual y empezamos a investigar, a experimentar y a ver qué podíamos hacer con esos textiles, relata. Así nació Cazaparaguas, en 2017, un proyecto que combina diseño, reciclaje y participación comunitaria. Hoy la iniciativa funciona gracias a una red de personas que donan paraguas. Algunos aparecen en la calle, otros llegan a través de vecinos o de los puntos verdes de la ciudad. A veces cuando empieza a llover me llega un mensaje al celular: alerta Cazaparaguas. La comunidad sale a buscarlos y me avisa dónde están, dice Romina entusiasmada. El material también llega desde descartes industriales: paraguas nuevos que no llegan a venderse porque tienen una varilla rota o algún defecto. Una vez en el taller comienza el proceso: desmontar, lavar, clasificar y seleccionar las telas que tienen la calidad suficiente para convertirse en prendas. Las primeras piezas fueron mochilas y bolsas. Con el tiempo el proyecto fue creciendo y hoy producen camperas, capas, monos impermeables y prendas urbanas. Cada campera lleva entre tres y cuatro telas de paraguas distintas. Todo el textil es recuperado, lo único que compramos nuevo son los avíos de mejor calidad, explica. El proceso es lento y artesanal. Cada año lanzan dos colecciones pequeñas de unas 50 prendas. También realizan diseños a medida para quienes quieren elegir las telas o incluso traer su propio paraguas. El precio de la ropa ronda los $100.000. Tratamos de que tenga el mismo precio que una campera normal. Para nosotros es importante que todas las personas puedan tener una de estas prendas, dice la emprendedora. El proyecto también intenta aprovechar todas las partes del objeto. Las varillas metálicas, los mangos de madera y las piezas plásticas se reutilizan para fabricar muebles, percheros y objetos de diseño. Lo que no se puede usar se dona a organizaciones educativas para que funcione como material didáctico en escuelas. Romina enfatiza que lo que empezó como una iniciativa de diseño, se transformó en un dispositivo de educación social para pensar qué hacemos con los materiales que consumimos. La comunidad que se formó alrededor del proyecto es, según dice, lo que sostiene todo: Se sumaron las personas más lindas de la ciudad. Gente que guarda un paraguas roto durante años porque no quiere contaminar o que sale a buscarlos después de una tormenta. Eso es Cazaparaguas.
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