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  • Empezó a pintar sin saber que tenía talento y hoy retrata mascotas en platos vintage

    » TN

    Fecha: 14/03/2026 05:51

    Nicole Zaidman siempre necesitó crear. Desde chica encontró en el arte una forma de canalizar energía, ideas e inquietudes. Diseñadora de indumentaria, amante de lo antiguo y emprendedora por naturaleza, construyó su camino probando materiales, técnicas y formatos. Aprovechando su vasto conocimiento, tuvo un estudio de tapices teñidos a mano, experimentó con resina, vendió camperas de cuero vintage y siempre volvió al mismo lugar: la fascinación por lo antiguo. Los colores, la música, la arquitectura, la estética de otras épocas. Siempre me atrajo lo viejo, lo que tiene historia, dice. Pero nunca había pintado de manera figurativa. Nunca había retratado un animal real. Yo no sabía que sabía pintar, cuenta hoy, casi con sorpresa intacta. Leé también: Tiene 23 años, la echaron del trabajo y creó una pyme para mujeres electricistas: En un día gano $200 mil Hace apenas un año y medio tomó un pincel y empezó a intervenir porcelana. No sabía que podía lograr ese nivel de detalle, ni que tenía esa sensibilidad para capturar miradas. Tampoco que ese gesto casi casual terminaría definiendo su presente. Lo que empezó como una prueba se convirtió en una revelación. Y esa revelación tomó nombre propio: El Vajillero. De la experimentación al hallazgo Al principio pintaba animales ilustrados: jirafas, conejos, osos, figuras más decorativas que personales. Hasta que un día su hermano le hizo una propuesta distinta: retratar a sus gatos. Ahí apareció el verdadero desafío. No era lo mismo pintar un animal cualquiera que el animal de alguien. Había que captar la esencia, el gesto particular, la expresión de los ojos. El dueño debía reconocer inmediatamente a su compañero. No podía ser parecido: tenía que ser él. Así, con esos trabajos en mano, subió los platos a redes sociales y algo cambió. El mensaje fue inmediato. Consultas, pedidos, mensajes privados. Desde entonces, el 98% de sus encargos son retratos personalizados de perros y gatos. Mes a mes, los pedidos se duplicaron. Armó su página web, sostuvo la constancia y perfeccionó su técnica. El momento en que entendió que estaba construyendo algo propio no fue el del primer gran pedido, sino otro más íntimo: cuando quienes recibían un plato volvían para encargar más. El boca en boca es lo mejor que le puede pasar a un emprendedor, asegura. Cada plato tiene un precio de $56.000. Muchos clientes completan colecciones; otros encargan juegos completos de seis o doce platos con las caras de sus mascotas. Algunos los eligen para cumpleaños, Navidad, aniversarios e incluso casamientos. Pero detrás del crecimiento había algo más profundo ocurriendo. Cuando un objeto se vuelve recuerdo Frankie, su perro salchicha de 13 años, es su principal muso inspirador. Para Niki, los animales no son accesorios afectivos, sino familia. Y ese amor atraviesa cada pincelada. Con el tiempo entendió que no estaba vendiendo vajilla intervenida: estaba trabajando con memoria. Un cliente le encargó dos platos para sorprender a su novia con los retratos de sus perritas y filmó el momento en que ella abría la caja. En el video se la ve emocionarse, llevarse las manos a la cara, llorar. Meses después, Niki recibió otro mensaje: una de esas perritas estaba enferma cuando la pintó y había fallecido poco tiempo después. Me agradecieron por haberla inmortalizado con tanto amor, cuenta. Cada vez que vuelve a mirar ese video, se emociona otra vez. Otra clienta le hizo un pedido especial: quería un plato con un caballo y otro con un conejo. No eran simples animales. El caballo representaba a su padre; el conejo, a su hermano. Ambos ya no estaban. La única consigna fue: Pintalo con mucho amor. En esos momentos Niki entendió que su trabajo acompañaba procesos mucho más sensibles que una celebración. Cada uno lleva su propio duelo, pero tener ese recuerdo alegre ayuda. Es una forma de recordar los buenos momentos y tenerlos un poquito más cerca, reflexiona. Leé también: Tenía 16 años, 30 dólares y creó un emprendimiento que lo sacó de la depresión Los videos que recibe cuando los clientes abren las cajas se volvieron parte fundamental de su rutina. Algunos son risas, otros son lágrimas. Todos tienen algo en común: sorpresa auténtica. Ver que algo que hiciste con tus manos, con tanto cariño, es realmente apreciado por alguien más, llena el alma, dice. La estética también es parte esencial del relato. Ella trabaja principalmente con vajilla inglesa o alemana, piezas antiguas que en algunos casos superan los cien años. Sellos históricos, porcelanas difíciles de conseguir, juegos que sobrevivieron décadas intactos. Me encanta imaginar a quiénes pertenecieron. Pienso en esas familias usándolos en reuniones importantes. Y ahora vuelven a brillar en manos de personas que aman tanto a sus animales como yo al mío, reconoce. En esa mezcla entre lo viejo y lo nuevo encuentra coherencia: una técnica con siglos de historia, una mirada contemporánea y una historia íntima pintada a mano. Hoy su celular está lleno de fotos de perros y gatos que ni siquiera conoce. Algunos clientes pasan a buscar sus platos acompañados por sus mascotas para que pueda verlos en persona. Se genera un vínculo. Hay algo comunitario que trasciende la transacción. Leé también: Se fue de Bahía Blanca por amor, empezó de cero en Chile y 25 años después cumplió su sueño A veces piensa que tiene el trabajo más lindo del mundo. Porque no solo fusiona sus tres grandes pasiones animales, arte y antigüedades, sino que convierte objetos cotidianos en pequeñas cápsulas de memoria. Cada plato es único. Cada encargo tiene una historia. Y en tiempos donde todo parece descartable, su emprendimiento propone lo contrario: algo que permanece. Se pinta el amor que alguien siente y es, quizás, el detalle más significativo.

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