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  • El nieto que cocinó para presidentes y estrellas de Hollywood y volvió a San Juan por su abuela

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    Fecha: 14/03/2026 05:41

    La historia de Gonzalo Ponce, sanjuanino de 39 años y cocinero desde los 17, empieza en la cocina de su abuela y hoy se escribe en una casa familiar convertida en restaurante a puertas cerradas. Después de cocinar para presidentes y para figuras internacionales decidió apostar todo a su provincia. Y no lo duda: nada cambia la alegría de cocinar en San Juan. Gonzalo nació en San Juan Capital y se crió junto a su abuela Lidia Rosa Gil, aunque para todos era simplemente Nena. Cocinaba como los dioses, dice él. Fue ella quien, casi sin proponérselo, lo metió en el mundo de la gastronomía. Vení, ayúdame con esto, le decía cuando era chico y andaba inquieto. La estrategia era simple: mantenerlo entretenido para que no hiciera travesuras. Sin imaginarlo, estaba marcando el rumbo de su vida. Leé también: Viajar y comer bien: las claves para elegir restaurantes sin caer en trampas turísticas Los recuerdos son nítidos: bolsas y bolsas de habas para pelar, arvejas, preparaciones sencillas que, con el tiempo, se transformaron en aprendizaje. Gonzalo estudiaba en la escuela de Enología y allí le enseñaban a hacer dulces. Pero fue su abuela quien, cuando él tenía 15 años, lo miró y le dijo algo que quedó resonando: Vos tenés que aprender a cocinar. Te vas a desenvolver mejor. Esa frase fue un punto de quiebre. Desde los 16 o 17 años ya sabía que quería estudiar gastronomía, aunque ni siquiera sabía que la carrera existía formalmente. Se formó en la Universidad Católica de Cuyo, sede San Juan. Fue parte de la segunda camada de egresados y se recibió entre 2004 y 2005. Desde entonces no paró. Trabajó en restaurantes de prestigio, en hoteles boutique y en hoteles cinco estrellas. Recorrió el país de punta a punta: desde Ushuaia hasta el norte argentino. Luego el camino lo llevó al exterior. Vivió en México y trabajó también en Perú y Colombia. Estudió bromatología y consolidó una carrera que lo puso frente a comensales de altísimo perfil. En 2010, mientras trabajaba en el Hotel Del Bono Park de San Juan, participó de una cumbre presidencial y cocinó para Néstor y Cristina Kirchner y para Lula. En 2011 o 2012, ya en Buenos Aires, le tocó cocinarle a Mauricio Macri, cuando era jefe de Gobierno porteño. En 2018, en México, preparó un menú para Andrés Manuel López Obrador. También estuvo detrás de platos que llegaron a la mesa de Julia Roberts, en un evento de Lancôme, y de Diego Maradona, primero en 2010 en San Juan y luego en un country de San Isidro. Ricardo Montaner y otros músicos internacionales también probaron su cocina. Leé también: Una granja, 30 comensales y una mesa hecha en la tierra: la cena más radical del año No hay fotos de esos encuentros. El protocolo era estricto. En las cumbres presidenciales no podían tener el celular encima. En México, incluso, les pidieron los teléfonos antes de ingresar a trabajar. Todo quedaba en la memoria, en la experiencia, en la adrenalina de servir a figuras que el mundo entero reconoce. Pero hay otra escena que pesa más que cualquier cumbre. Gonzalo tenía 22 o 23 años y vivía en Buenos Aires cuando recibió un llamado que todavía le duele: su abuela había fallecido. Una de las peores cosas que me pasó fue estar viviendo allá y que me llamaran para decirme que había muerto, recuerda. Sin embargo, hay algo que lo calma. Antes de irse a la gran ciudad, Nena le había dicho que estaba contenta de que siguiera su profesión. Le dio su bendición. Y eso, asegura, lo dejó tranquilo. Hace un par de años, después de tanto recorrido, decidió volver a casa. Regresó a San Juan con una idea clara: crear algo propio, íntimo y distinto. Así nació Nena Chill, un restaurante a puertas cerradas que funciona en la casa de su tía abuela hermana de Nena en el barrio Villa Mallea, en San Juan capital. El nombre lo dice todo. Nena, en homenaje a Lidia Rosa Gil. Chill, por una foto en blanco y negro que encontró de ella cuando tenía unos 20 años. Está en las sierras de Córdoba, de vacaciones con amigas, vestidos largos, lentes, un mantel extendido sobre el pasto, armando un picnic. La escena transmite calma, disfrute, frescura. Está muy chill el asunto, dice Gonzalo. Esa imagen se convirtió en concepto. El restaurante es para solo 20 comensales y funciona exclusivamente con reserva. La propuesta es un menú de degustación que cambia cada dos meses, o incluso antes. Va a ser dinámica, explica. La carta se modificará según la estación y la disponibilidad de los mejores productos. Uno de los pasos puede cambiar cada fin de semana o cada quince días, dependiendo de la materia prima. La idea es que quien vuelva encuentre algo distinto, que la experiencia esté viva. La cocina toma recetas tradicionales de su abuela, sabores propios de San Juan, y los reinterpreta con técnicas modernas y una mirada sofisticada. Producto fresco, regional, trabajado con respeto. Cada ingrediente tendrá una técnica distinta de cocción. Gonzalo quiere demostrar que la provincia es rica en materia prima y que merece la gastronomía que puede ofrecer. El escenario también es parte del relato. Se cocina y se sirve en la casa familiar, con la vajilla y los muebles originales. No es un salón impersonal. Es una casa con historia, con memoria. Cada plato dialoga con ese pasado. Después de haber servido a presidentes y celebridades internacionales, Gonzalo es categórico: No cambio nada de eso por estar acá en mi provincia, en mi país, apostando a lo mío. No reniega de su recorrido; lo valora. Pero entiende que el verdadero sentido está en volver, en sembrar donde nació. Hay algo circular en esta historia. El chico inquieto que pelaba habas para no hacer travesuras hoy cocina para 20 personas en la casa de la hermana de su abuela. El profesional que recorrió hoteles cinco estrellas y eventos internacionales vuelve al mantel extendido, al espíritu de picnic de aquella foto en las sierras. El nieto honra a Nena no solo con el nombre del restaurante, sino con cada receta que rescata y transforma. En un mundo gastronómico que muchas veces persigue la fama y la exposición, Gonzalo eligió el camino inverso: puertas cerradas, cupos limitados, contacto cercano. Apostó todo a San Juan. A su tierra y a su historia. Leé también: No es el brownie ni el helado: los mejores 10 postres de la Argentina, según Taste Atlas Y en cada servicio, cuando los comensales prueban un plato que combina tradición y modernidad, cuando la vajilla antigua sostiene una creación nueva, hay algo más que técnica. Hay memoria. Hay gratitud. Hay un nieto que sigue escuchando aquella voz que le decía: Vení, ayudame con esto.

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