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  • Charla de jueves con mi madre

    » La Nacion

    Fecha: 14/03/2026 01:35

    Charla de jueves con mi madre Mi madre ha llegado a esa edad en la que, cuando se quiere decir algo, simplemente se lo dice, sin estar tan pendiente del efecto que podría producir en los demás. Una de dos: acaso quien está cerca de los 90 años se siente autorizado a hablar sin filtro o ya se enteró de que, la mayor parte de las veces, quien está enfrente no escucha o lo hace a medias. Almorcé con ella el jueves, un día después de que viera a su médico clínico. Había ido a la consulta con una preocupación concreta. Hace poco más de un mes, a causa de un corazón que no bombeaba como debía, le pusieron un marcapasos. El cansancio que la había invadido en los últimos tiempos cedió y ella volvió a ser la misma de siempre. Pero su temor era que ese adminículo que llevaba encima la mantuviera en este mundo aun cuando algún órgano del resto del cuerpo decretara que ya era hora de partir. Porque, y esto es algo que repite con frecuencia a sus hijos, anímicamente ya está lista para eso. Su médico disipó su preocupación, moriría cuando le llegara el momento, y agregó por las dudas que la encontraba muy bien. Después de que me transmitiera el parte, yo comenté que estaba hecha una piba. En lugar de aligerar la charla, como era mi intención, eso le dio pie para decir lo siguiente: -Es difícil la vejez. Te tenés que despedir de muchas cosas. Y hay que aprender a vivir lo mejor posible con lo que queda. Enseguida paré la oreja. Entendí que estaba sintetizando un sentimiento muy hondo. Pero, ¿en qué pensaba cuando dijo muchas cosas? Tal vez en nada en particular, sino en la suma de lo que hasta allí había sido su vida. Era la expresión de una añoranza difusa por todo lo vivido. En concreto, se tuvo que despedir de mi padre, con cuya ausencia física convive desde hace diez años en el departamento que ambos compartieron. También, de familiares cercanos. Y de muchas amigas. Le quedan algunas, y con ellas, ahora que ha recuperado el aire, suele reunirse cada tanto en alguno de los restaurantes o cafés cercanos a su casa. Entre otras cosas, se ha despedido además de los viajes y del bienestar inconsciente que supone un organismo joven, ahora que el dolor en las articulaciones le recuerda su edad y el hecho de que no puede moverse con la libertad de antes. Hay hechos a los que damos un valor tal que no son pasado, sino presente, porque los llevamos con nosotros en el recuerdo Para los hijos, cuando la llamamos, siempre está muy bien. No bien, sino muy bien, y todo en su voz transmite buen ánimo. Yo sé que a veces no es así. Y me lo confirmó el jueves, en el silencio que siguió a la confidencia anterior. Pero ella es una persona que siente gratitud por la vida que tuvo, que tiene, y nunca se queja. Acaso porque lo que queda, como lo perdido, es mucho. Por empezar, hijos, nietos y bisnietos que están cerca de ella. Pero no mencionó esto el otro día. Dijo en cambio que daba gracias por poder seguir haciendo cosas. Que suerte que a mí me gusta leer, dijo, textual. Lee uno o dos libros por semana. Literatura y ensayos. Ahora, me mostró, está con Los templarios. Monjes y guerreros, de Piers Paul Read, y con un libro sobre la historia del mar Mediterráneo. Le ayudan a entender las noticias sobre la guerra en Medio Oriente, que lee en el diario papel todas las mañanas. Yo le dije que no me olvido de lo que una vez, cuando yo era muy chico, me dijo en medio de un viaje en auto: Cuando crezcas, leer te va a encantar. Acaso me abrió una expectativa que resultó determinante, porque así fue. Leer está entre las cosas que más me gusta hacer en la vida. La frase más interesante de anteayer llegó sobre el final de la charla, en la que yo hablé poco y casi no hice preguntas. Días atrás se había visto con algunas amigas y una de ellas se quejaba de la vejez. Pero fulanita, la cortó ella. Nosotras ya fuimos. Y enseguida, como si quisiera neutralizar la resignación que trasuntaba la sentencia, o como si le hubiera dado otra vuelta de rosca, me miró y me dijo: -Hoy yo soy por lo que fui. No lo dijo con pesar. Al contrario. Y le encuentro razón. Al amparo de esa idea, y sin negar el cambio constante, el ser hospeda los recuerdos de una vida, aquellos hechos a los que damos un valor tal que no son pasado, sino presente, porque los llevamos con nosotros. Yo tengo muchos recuerdos en los que mi madre es el personaje principal, desde sus largas brazadas cuando se internaba con mi padre a nadar en el mar hasta su llanto callado cuando le dije, a meses de estrenar el título, que abandonaba la profesión de abogado sin tener todavía muy en claro hacia dónde rumbear. Pero estas son mis imágenes. Las que fueron decantando en la vida de ella, aunque puedo adivinar algunas, aunque a veces comparte otras, en buena medida son un misterio. Y todavía están en proceso, porque muchas veces nos visita con fuerza inusitada un trozo de nuestra historia al que habíamos perdido por años o décadas. Hoy soy por lo que fui. Mediante el recuerdo, palabra ligada etimológicamente al corazón, podemos volver a tener con nosotros cualquier acontecimiento o escena que hayamos vivido. La charla que mantuvimos este jueves, por ejemplo, algún día será recuerdo. Al menos para mí. -Mamá, ¿puedo contar lo que me dijiste recién en una columna? le pregunté. -Por supuesto, hacé lo que quieras respondió. Lo dicho: parece estar un poco más allá de todo.

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