Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Una tapa para la historia

    Concepcion del Uruguay » 03442noticias

    Fecha: 13/03/2026 09:43

    A la memoria de Jaime Mito Mir. Alfredo Di Stéfano, para cualquier simpatizante merengue el mejor jugador de la historia del fútbol (opinión que comparten muchos veteranos en todo el mundo), sentenció años después de su retiro que para un futbolista había tres sueños: jugar en la primera de su club, vestir la camiseta de la selección y salir en la tapa de El Gráfico. A los 99 años de su creación, la revista que por décadas signó la vida de los argentinos, desaparecía en su edición de papel. Años antes en el 2002- había interrumpido su salida semanal. El tradicional formato y periodicidad del que sus leales suscriptores hiciéramos culto. Con su calidez y humor de siempre, el Negro Roberto Fontanarrosa recordaba, en una frase ingeniosa, digna de la irreverencia rosarina, que algunos intelectuales serios habrán ocupado sus horas leyendo a Tolstoi, mientras yo leía El Gráfico. El entrañable Osvaldo Soriano, cuervo apasionado, brillante narrador, que supo granjearse como pocos- el afecto de sus incondicionales lectores, la refrendaba en un reportaje: yo seguía el fútbol a través de Aróstegui, de Veiga y esperaba El Gráfico que, para nosotros, los más chicos, era la Bibla. No exageraban. El Gráfico era esperado en muchÍsimos hogares argentinos con devoción, celebrado como un rito. Formó parte de la cultura popular porque la sublimación de una epopeya deportiva, encarnaba en los lectores a través de la pluma de verdaderos maestros del periodismo. Cada martes prolongaba los ecos de los partidos del domingo y su ávida lectura nos corregía de un error o nos entregaba una certeza de la fantasía que habíamos imaginado en los épicos relatos del gordo Muñoz. Sus láminas empapelaron las paredes de juveniles dormitorios, bares y talleres para perpetuar a los ídolos. Inmortalizados en los inapelables registros documentales de Ricardo Alfieri. Cuando para la mayoría de los mortales el concepto de globalización significaba una rareza, El Gráfico con su presencia en los aeropuertos más importantes del mundo, representaba una realidad concreta. En una reciente entrevista lo cuenta por si faltara una confirmación- la prestigiosa pluma catalana del periodismo deportivo español, Ramón Besa. Dice: Es curioso pero nunca he estado en la Argentina. Pero estoy unido, porque cuando vine a estudiar a Bellaterra, en Barcelona, todos los martes iba a un kiosco de La Rambla a comprar El Gráfico. Aquellos periodistas me explicaban el fútbol de una manera que yo nunca había leído. Y empezó el amor por aquella revista, porque llegaba de ultramar, por ese lenguaje, por esa sonoridad Yo encontraba en El Gráfico una forma de entender el juego. Grandes figuras del fútbol mundial, en las concentraciones europeas, y los mercaderes de la pelota daban crédito ciego a las calificaciones que, con su rúbrica, asignaban ecuánimes comentaristas. Cierto día, un espabilado dirigente del fútbol español relativizaba el precio que le solicitaban por la transferencia de un recio defensor argentino. Cómo puede valer tanto, si jamás salió en la tapa de El Gráfico, objetaba con indisimulable desconfianza. Ricardo Lorenzo, Borocotó, fue el espejo en el que se formaron camadas de periodistas. En sus Apiladas afloraban el barrio y la epidérmica sensibilidad de la vida cotidiana. Espíritu que Leopoldo Torres Ríos inmortalizaría en Pelota de Trapo, un clásico del cine nacional. El otro pilar: Félix Daniel Frascara, Frascarita. Un bohemio y amante de la noche, sin retorno. Quienes lo conocieron bien, sostienen que podía hablar con tanta autoridad del aceitado funcionamiento de la máquina millonaria o de la demoledora performance del atómico Mario Boyé como de filosofía e historia. A su muerte, Alberto Laya, columnista del diario La Nación de equivalente estirpe- lo despediría: Y fue un periodista. Lo fue porque sintió su oficio de la única manera que debe sentirse: con pasión. Borocotó y Frascara trazaron la senda en la que se formaron las nuevas generaciones, que afianzaron el prestigio de la redacción. Sucesores que la enaltecieron. Expresado en la ética inclaudicable y las convicciones de Dante Panzeri. Sería el propio Panzeri, con olfato de maestro, que percibió la sabiduría e ilustración de Osvaldo Ardizzone, a quien rescató de la rutinaria tarea administrativa en la editorial Atlántida. Y lo animó a escribir. Para muchos fue el poeta del fútbol, por su inigualable estilo para contar historias del Hombre Común y sus generosos retratos de los deportistas, en los que siempre primó el costado humano. Esa secuencia de docencia periodística, imitada en la familiaridad de un seudónimo, se llamó Free Lance (Hugo Mackern), Banda Bow (Juan Carlos Villa), Juvenal (Julio César Pasquato), El Veco (Emilio Lafferranderie) u O.R.O., con el que todos conociéramos a Osvaldo Ricardo Orcasitas, perfeccionista de excepción, que dedicó su vida al popular semanario, con fervor monástico, y uno de los mentores de la Liga que catapultara al basquetbol argentino al sueño olímpico, nada menos. El mismo que en aquel extraordinario domingo uruguayense del 84, llevaba las riendas de la mítica redacción. Un par de días antes, del otro lado de la línea, en imperativo tono porteño, una voz impone al joven redactor local, que escucha con respetuoso ensimismamiento: mire, mañana un equipo de trabajo viaja a Concepción para cubrir el partido. Le hago saber que será tapa, si River gana. La aclaración era casi innecesaria. Y el martes 13 de marzo, la vigoroza acción del Ruso opuesta a la plástica gambeta del Príncipe, colgaba de las marquesinas de los clásicos kioscos de revista. De aquí y, vaya a saber, de cuántos otros lugares del mundo. Eduardo Gradizuela

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por