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» Clarin
Fecha: 13/03/2026 07:00
El caso de la figurita falsificada Resumen del episodio anterior: En busca del origen de la figurita difícil, para encontrar al falsificador, la niña china Lin Pía revela a sus dos aliados, Tomás el Telépata y Ragú Taburete, que ella es parte del comité decisor. La noticia de que Lin Pía, la niña china, integraba el Alto Comisionado para la Figurita Difícil habilitó una nueva reunión de riesgo en el patio del colegio 32, junto al mástil. Con licencia por piojos, Ragú Taburete de todos modos se infiltraba en el patio escolar, de incógnito, para conferenciar con sus dos allegados. En ocasiones un niño, obligado como todos a asistir al colegio, se ausentaba sin permiso, por medio de la maniobra conocida como rabona o hacerse la rata; pero nunca, como en la ocasión de Ragú Taburete, un alumno al que se le había prescripto la ausencia asistía furtivamente. Ragú alteraba sus rasgos y apariencia general hasta resultar irreconocible. Pero no para la maestra Estefanía. La viejecilla, que regaba las plantas del jardín rodeando el mástil, era también la directora del colegio del Socorro. Según cierta versión, asistía al colegio 32 como maestra de Primer Grado durante la mañana, y dirigía el Socorro por la tarde. Pero existían testigos que aseguraban haberla visto en turnos opuestos respectivamente. El mono Garronero, sin ir más lejos, en su pesquisa rastreando al falsificador, la había detectado en el Socorro al mismo momento en que Lin Pía y Tomás la registraban en el colegio 32. En un artículo del diario La Mañana, el periodista Berni Danguto prestó su pluma a la especie, proporcionada por un maestro que prefería el anonimato, de que Estefanía no participaba exactamente del mundo de los vivos. -Niños -dijo la maestra, abandonando la regadera-. No todos los días se descubre en falta al célebre Ragú Taburete. Esta anomia provocada por la figurita falsificada nos afecta a todos. En el caos, no hay diversión ni estudio. ¿Qué les parece si formamos una patrulla conjunta? Los tres niños asintieron. Estefanía recurrió a sus poderes misteriosos para prolongar el tiempo del recreo. Por medio de un método elíptico denominado Josué, podía extender a voluntad la pausa entre timbre y timbre, sin que alumnos ni maestros percibieran la diferencia temporal. -Cuando este año elegimos al Cuate Verdú como figurita difícil -respondió Lin Pía a la pregunta base-, pensamos en sus bigotes combados como marca; en su posición de número cuatro como jugador olvidable. Y en su apodo y apellido como intermedio entre la intrascendencia y la memoria. -¿Sabían que perdería un partido 0 a 7? -repreguntó la anciana Estefanía, sorprendentemente versada en los resultados del fútbol-. ¿Sabían que descendería de categoría? Lin Pía negó con un extraño gesto de su cabeza: lo que los occidentales hubieran tomado por un asentimiento. Tomás el telépata habló: -No ha de haberle gustado ser recordado como el defensor al que le embocaron siete. Responsable de ponerle la B larga al equipo. -Más avergonzado habría de estar el arquero -reflexionó en un hilo de voz alta Estefanía, retomando el riego de sus plantas-. -Pero el arquero no es figurita difícil -cerró Ragú Taburete-. Los cuatro integrantes de aquel mitin secreto escucharon esta sentencia como si presenciaran una señal en el cielo, incluyendo su emisor. El propio Ragú retomó: -¿Quién querría ser figurita difícil, para ser recordado por la eternidad como un perdedor que hundió a su divisa? -Nuestro pueblo cursa más de tres mil años -lo secundó Lin Pía-. Los promotores del caos nunca se olvidan. Tampoco los generadores de la armonía. Cada uno de ellos pasó a la historia como figurita difícil, entre los más de mil millones de chinos que pueblan el Reino Medio. -En este caso es al revés -concluyó Tomás, el telépata-. Un jugador que de otro modo pasaría al olvido, será recordado eternamente como un fracaso, por ser la figurita difícil del año. El mono Garronero descendió de no supieron nunca dónde para aseverar con sus morisquetas y chillidos, en su exclusivo Dígalo con Mímica: El propio Cuate Verdú quisiera terminar con la colección de figuritas de este año. Para poder ser olvidado. Enviaron ipso facto al mono a la localidad de Villa Pereza, para confirmar, por medio del mensaje a telepático a Tomás, si efectivamente se hallaba en su lugar natal el Cuate. Por otra parte, con su chiflido supersónico Ragú Taburete llamó al caballo Corcován, ensillado por el paisano Tío, y partió rumbo al colegio 32. Estefanía prefirió no ser de la partida trashumante. Había cumplido su función deductiva. Sonó el timbre de regreso a clase. ----------------------------------------------------------------------------------------- Ragú Taburete desconocía cualquier forma de orientación. Fracasaba en la mayor parte de las materias, perdía los útiles, llevaba manchado de tinta el guardapolvo. Pero leía rigurosamente Patoruzú, Isidoro, Don Nicola y Langostino. Para arribar a una meta relevante, confiaba en la guía de su fiel Corcován. Ninguno de los dos, no obstante, pudo haber adivinado que Malandra Mandioca, el pequeño demonio de la desgracia, se les adelantaría en la patriada. Montaba Ragú Taburete la silla de Corcován, más como amigo que como jinete, cuando vio pasar raudo una suerte de niño con pluma en la frente, montando una saeta flamígera, quizás un avestruz, una mezcla de caballo y ñandú. Parecía llevarlos el diablo. Ragú sí lo supo al verlos: si llegaban primero hasta el Cuate Verdú, el asunto terminaría mal. Las cosas tenían tres finales posibles: que llegara primero el individuo, y pudiera terciar entre el bien y el mal. O que llegara primero la desgracia, y el individuo siquiera pudiera batallar. La peor derrota no era el resultado, sino la inacción. Ragú Taburete espoleó a Corcován con un mero: Arre, amigo. El viejo matungo del zoológico no estaba ya para esos trotes. Pero milagrosamente el mono Garronero emergió de una vizcachera, deteniendo en seco la montura de Malandra Mandioca. Ragú Taburete vio al simio salir volando, no como tantas veces por impulso de una liana, sino sacudido despiadadamente por la criatura también emplumada de dos patas largas... ¿O era un caballo alado? Lo que fuera, quedó por el camino, como el propio mono Garronero. No había tiempo para socorrerlo en esa hora. Un pálido horizonte sonrosado pintó el cielo, como una constelación que formara imperfectamente el rostro de la anciana Estefanía. El sendero hacia Villa Pereza ahora despejado y sin contrincantes, Ragú Taburete necesitaba llegar antes de que lo falso y lo verdadero se trenzaran para siempre. (Este primer caso de Ragú Taburete, el de la figurita falsificada, concluirá la próxima semana). Sobre la firma Newsletter Clarín
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