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  • Waterland: el parque acuático que prometía ser el Disney argentino y terminó en ruinas porque se construyó sobre un basural

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 13/03/2026 02:29

    A menos de seis kilómetros de Mar del Plata, entre montículos de tierra y restos de inmensas estructuras abandonadas, sobreviven los vestigios de lo que alguna vez fue uno de los proyectos turísticos más ambiciosos de la Costa Atlántica: el parque acuático Waterland. Ubicado en el kilómetro 5.5 de la ruta 11, el complejo abrió sus puertas en 1982 con una promesa seductora: traer a Mar del Plata un pedazo de Miami. Sin embargo, su historia terminó marcada por decisiones polémicas, problemas estructurales y conflictos legales que lo llevaron al abandono. Hoy, a 36 años de su creación, el lugar permanece en ruinas y se transformó en un destino elegido por los exploradores urbanos (urbex) y creadores de contenido, que recorren sitios abandonados para filmar o sacar fotos. Entre ellos se destaca Mar Legón, para quien recorrer lugares abandonados no es solo una curiosidad: es casi una forma de arte. Artista multidisciplinaria y exploradora urbana, suele buscar espacios olvidados para fotografiarlos y documentarlos; y así fue como terminó descubriendo Waterland. Mar es porteña, tiene 38 años y desde que se mudó a La Feliz, en 2023, comenzó a recorrer la ciudad con ojos curiosos. Visitaba iglesias abandonadas, frigoríficos viejos, distintos lugares que iba encontrando, contó a Infobae. En medio de esa búsqueda apareció el nombre de Waterland, del cual no tenía idea de su existencia. Desde la ruta se ve como un paredón grande, contó Mar, quien bajó por la colectora, dejó el auto estacionado sobre uno de los laterales y se adentró atravesando un alambrado roto. Mar Legón muestra parte del recorrido que hizo por el parque Dentro del predio, lo primero que le llamó la atención fue la cantidad de objetos abandonados: Había muchas mesas de fibra de vidrio y materiales que eran carísimos, todos apilados bajo techo. El complejo, pese al abandono, conservaba muchas estructuras reconocibles: Se ven claramente las piletas, los toboganes, los caminos. Está todo bastante identificable. Entre los escenarios que más la impactaron fue una piscina con una especie de isla de fantasía hecha con rocas falsas, de la cual asomaba una palmera real que aún sigue viva, señaló Mar, a quien le fascinó ver cómo el tiempo y la vegetación empezaron a reclamar el espacio. Ver un tobogán que le sale pasto por todos lados es increíble. La naturaleza está brotando de cada agujerito, resumió. Y pensar que antes había familias gritando en los toboganes, riéndose, sacándose fotos y ahora solo ves desolación, se lamentó. La exploración de Mar en Waterland duró cerca de 40 minutos, cuando un hombre y una mujer con muy mala actitud, la echaron del parque. Si bien ella se disculpó por haber ingresado sin permiso, ninguno de los dos se identificó como personal de seguridad del lugar. Me dio mala espina esa situación. Temo que podrían estar ocultando algo turbio. Por eso no aconsejo visitarlo, concluyó. El sueño de un parque acuático único en la Argentina El ideólogo del proyecto y dueño del predio fue el empresario Luis Venturino, quien buscaba crear un complejo recreativo de gran escala inspirado en los parques acuáticos de Estados Unidos. La idea era ambiciosa: construir un centro de entretenimiento que combinara piscinas gigantes, toboganes, deportes y espectáculos en vivo. El complejo contaba con más de 5.800 metros cuadrados de piscinas, una pileta de olas, zonas para esquí acuático, canchas deportivas y áreas recreativas para toda la familia. Además, el predio incluía bungalows para hospedarse, restaurantes con chefs internacionales, bares y discotecas. Durante el verano, el lugar funcionaba prácticamente como una pequeña ciudad del entretenimiento. En aquella época, el parque era presentado como un destino de lujo. Muchos lo comparaban con complejos turísticos de Miami, motivo por el cual algunos lo llamaban la Miami argentina. Era el Disney argentino, algo espectacular Los hermanos Alfredo (53) y Juan Olivan (47) eran habitués del parque. Como su mamá era docente, solían instalarse de diciembre a marzo en Mar del Plata porque tenían casa. En una charla con Infobae, ambos coincidieron en que era algo único, adelantado a su tiempo. Hoy, a casi dos décadas de su cierre, sus recuerdos siguen intactos. Era el Disney argentino, algo espectacular", resumió Juan al intentar describir lo que significaba visitar ese predio en su infancia. Incluso, se jactan de que asistieron el día de la inauguración. No recuerdo por quién había sido invitada mi mamá, pero tengo grabada en mi memoria que el evento había salido en la revista Gente y en una de las fotos se alcanzaban a ver los pies de mi mamá, relató Alfredo, quien agregó que si bien en la playa todos hablaban del parque, no era algo tan popular porque la entrada era cara. Para nosotros, visitar Waterland era la salida de la temporada. Pocas veces pudimos concurrir más de una vez en el verano, recordaron los Olivan al hacer referencia al precio de las entradas. Estaba prohibido llevar comida y bebidas al parque, por lo que el paseo se encarecía. Es por eso que la familia solía llevar sanguchitos escondidos entre sus pertenencias para ahorrarse ese gasto. Siempre contamos que una vez casi nos descubre un guardia de seguridad y terminamos tirando todos los sanguchitos en el bolso de nuestra madre, remarcaron. Una vez dentro del predio, la oferta era enorme. La entrada permitía usar todas las instalaciones, algo que para la época era considerado un lujo. Entrabas y podías usar todo: las piletas, las canchas de tenis, las canchas de fútbol. Era todo incluido, señalaron. Incluso, Alfredo contó que a los visitantes les entregaban una identificación colgada del cuello, similar a las pulseras que hoy se usan en los resorts all inclusive: Te daban como una medallita de plástico que te hacía sentir como un rey. Para ellos, el corazón del parque eran las enormes piletas interconectadas, una idea que para mediados de los años ochenta resultaba revolucionaria. Podías empezar en un lugar y caminar o nadar por todo el complejo, explicaron. El diseño permitía recorrer distintos niveles de profundidad y altura, con espacios para descansar que Alfredo recuerda como bordes similares a pétalos de una flor. Para la época, ese tipo de infraestructura era algo inédito. Otra de las grandes atracciones del parque era un tobogán que se metía dentro de una especie de caverna construida como una montaña, recordó sobre ese recorrido que atravesaba túneles oscuros y terminaba en una salida con cascada. En ese momento no te dabas cuenta, pero ahora pienso que esa montaña estaba hecha con residuos del antiguo basural, dijo Alfredo entre risas. El lugar elegido: un antiguo basural Más allá de su impactante diseño y enorme envergadura, el proyecto tenía un problema de origen que con el tiempo se volvería determinante. El parque había sido construido sobre un antiguo relleno sanitario. Por eso, para poder levantar el complejo turístico, los desarrolladores cubrieron el basural con capas de tierra y nivelaron la superficie. En ese momento, la decisión fue vista como una solución rápida para aprovechar el terreno disponible. Pero con el paso del tiempo comenzó a evidenciarse que la base sobre la que se había construido el parque no era estable. Los residuos enterrados continuaban generando gases y movimientos en el suelo, algo que terminaría afectando seriamente las instalaciones. Los primeros inconvenientes comenzaron a aparecer pocos años después de la inauguración. Algunas de las piscinas y estructuras empezaron a presentar grietas y deformaciones. Incluso se registraron episodios inusuales: en ciertos sectores del parque, los gases acumulados bajo la superficie escaparon de forma repentina y produjeron pequeñas explosiones o levantamientos del suelo. Estos fenómenos, asociados a la presencia de residuos orgánicos en descomposición, se transformaron en un problema cada vez más difícil de controlar. Y a medida que avanzaban las temporadas turísticas, los costos de mantenimiento y reparación de las instalaciones comenzaron a crecer. Un punto de encuentro del espectáculo y la farándula A pesar de los problemas estructurales, Waterland vivió durante varios años su etapa de mayor popularidad. El parque se convirtió en un lugar de encuentro para artistas, empresarios y celebridades que visitaban Mar del Plata durante el verano. Entre los visitantes habituales figuraban figuras del espectáculo argentino como Susana Giménez, Ricardo Darín y Alberto Olmedo, quienes formaban parte de la intensa actividad teatral de la ciudad. Además, el complejo ofrecía espectáculos musicales y eventos nocturnos. En su interior funcionaba una discoteca llamada Frisco Bay, que rápidamente ganó notoriedad en la vida nocturna marplatense. Por ese escenario pasaron artistas destacados de la música argentina, entre ellos Charly García, Soda Stereo y Los Abuelos de la Nada, en momentos clave de la escena del rock de los años ochenta. Entre las historias llamativas que rodean a Waterland aparece un nombre que años más tarde adquiriría notoriedad política, llegando a convertirse en el vicepresidente de la Argentina. Se trata de Amado Boudou, quien se desempleñó como disc jockey en la discoteca Frisco Bay. Con el tiempo, su vínculo con el emprendimiento fue mucho más allá de la cabina de DJ, participando también en tareas vinculadas a la gestión del complejo. En aquella época era el novio de una de las hijas de Venturino. El comienzo del abandono y su cierre definitivo A finales de la década de 1980, los problemas estructurales, sumados a dificultades económicas y administrativas, comenzaron a poner en riesgo la continuidad del proyecto. Finalmente, el parque dejó de funcionar en 1988, apenas seis años después de su inauguración, debido a los graves problemas financieros de la empresa Venturino S.A., dedicada a la recolección de residuos. A comienzos de los años 90, auditorías municipales detectaron irregularidades y en 1995 el municipio decidió rescindir el contrato de recolección de basura, lo que desencadenó un conflicto judicial de gran magnitud. Ese litigio se extendió durante años y recién en 2011 la Corte de la provincia de Buenos Aires falló a favor del municipio, cerrando uno de los juicios más largos vinculados al caso. Durante el proceso judicial salieron a la luz denuncias sobre movimientos financieros irregulares dentro de la empresa. La contabilidad se volvió insostenible y la empresa terminó en la quiebra dejando deudas millonarias y conflictos con proveedores y empleados. Cuando la compañía dejó de operar, cientos de trabajadores quedaron con sueldos impagos, aportes previsionales sin registrar e indemnizaciones pendientes. Otro problema central fue la deuda con el Sindicato de Choferes de Camiones, que reclamaba aportes sociales y previsionales impagos. Para intentar saldar parte de esas obligaciones, el predio de Waterland fue cedido al gremio liderado por Hugo Moyano. Un gigante abandonado Con el paso de los años, Waterland se convirtió en un parque fantasma. Las piscinas se llenaron de tierra y escombros, los toboganes se rajaron y las estructuras metálicas se oxidaron. Hoy el predio permanece abandonado, cubierto por vegetación y rodeado por montículos que recuerdan su pasado como basural. La presencia de residuos enterrados y la inestabilidad del suelo hacen extremadamente complejo desarrollar nuevas obras de gran escala. Por ese motivo, el predio continúa sin un destino claro y se convirtió en parte de la historia marplatense.

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