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Chajari » Chajari al dia
Fecha: 12/03/2026 12:09
Hablar de payadores equivale a hacerlo de artistas de la vida, de personas con la incomprensible capacidad de crear de manera repentina una obra acompañada por su guitarra. Siempre contando lo vivido, lo visto, lo escuchado, lo aprendido. Muchas veces trasladando noticias. En ocasiones haciéndolo junto a otro payador en sesiones que, no pocas veces, resultan increíbles. No cualquiera puede hacerlo. Para ser payador hay que sumar cultura y además, un muy amplio bagaje de conocimientos. Desde siempre en nuestra patria el payador tuvo presencia en la memoria colectiva y popular. El payador era y es un ser libertario, que con voz y guitarra contaba y cuenta sucesos y hechos de personas con improvisada habilidad. Se lo ha mentado en páginas inolvidables, en relatos de viajeros, en el acervo del arte tradicionalista. El payador es un caminante. Con el tiempo se hizo urbano, pero no dejó nunca de andar. En Entre Ríos hubo y hay grandes payadores y payadoras. Ruperta Fernández fue una de esas artistas de la poesía repentista. Vivió en el distrito Yeso, departamento La Paz, sobre las costas del arroyo Feliciano. Optimista y servicial, lo mismo concurría a un baile que asistía a un enfermo, porque además de payadora era curandera. Se afirma que Ruperta iba a las fiestas con su guitarra siempre adornada con cintas en que figuraban los colores de todas las banderas americanas. No es éste un hecho menor, ya que está demostrando que las raíces de la entrerrianía estuvieron siempre unidas a la unidad americana y abiertas a horizontes universales. Don Roque Casals, investigador, músico y gran trabajador cultural, indicó a quien esto escribe que Ruperta tocaba la guitarra con la zurda, y era partera, curandera, muy servicial para la comunidad rural de Yeso Oeste, Departamento La Paz. Una mujer muy querida por todos. Se dice también que nunca se le conoció un amorío a esta payadora y que en su canto manifestaba esto, sin mencionarlo directamente, pero era indudable no notar un dejo de tristeza en su improvisado canto. Es que, al parecer, alguna vez hubo un sueño no concretado, y pese a que no le faltaban asedios sentimentales, siguió siempre fiel a aquél recuerdo. Marta Suint, prestigiosa payadora oriunda de Sarandi, partido de Avellaneda (Buenos Aires), expuso en su obra La leyenda de Ruperta, el siguiente fragmento: Hace muchos muchos años, partió de aquí un forastero, que pagó mi amor sincero con olvido, con engaño; después de ese desengaño cayó muerta mi ilusión porque enterré mi pasión como se entierra un difunto, cuando en aquél contrapunto me ganaste el corazón. Por qué jugaste conmigo sabiendo que te quería, yo supe desde ese día que eras mi pior enemigo, te imploré calor y abrigo pero buscando renombre, te fuiste mas no te asombre que tu fama y tu dinero disimular no pudieron tus grandes miserias de hombre. Pasé la vida esperando que algún día arrepentido pusieras fin a tu olvido y me siguieras amando; fueron los años pasando y ya sola en mi vejez se de que no habrá un después, está jugada mi suerte más no le temo a la muerte si pude verte otra vez. Ruperta Fernández fue asimismo musa de payadores. Su nombre sonaba en las guitarras de unos cuantos y era flor de promesa en el alma de cantores. Uno de éstos, según narrara Don Linares Cardozo, mientras cruzaba el Feliciano con su caballo y su guitarra al hombro, dejó esta despedida: Adiós costa e Feliciano, la tierra de mi querer; adiós Ruperta Fernández, ¡cuándo te volveré a ver!. Pero si hoy en Entre Ríos hay que hablar de payadoras, el nombre de Liliana Salvat saldrá a la luz en primer término y, además, lo hará con fuerza, respeto y admiración. Liliana Salvat, sin duda alguna es una de las más importantes payadoras argentinas, y logró reconocimiento no solamente en este país, sino también en la República Oriental del Uruguay, donde es figura indiscutible. Oriunda del departamento Colón, desde hace años vive en Chajarí junto a su familia. Su esposo, Manuel Ocaña, también destacado en el ambiente payadoril y hay que sumar a Manuelito, hijo de ambos, quien hizo de este difícil arte su modo de vida. Podría aplicarse aquél viejo dicho de tal palo, tal astilla, seguramente. Liliana Salvat nos contó alguna vez que vivía en el campo y junto a su padre escuchaba a los cantores populares y payadores por la radio. Mencionó a Radio Rural del Uruguay, medio en el que los payadores eran figuras centrales. No había pensado dedicarse a este difícil arte, aunque un día presentó un poema de su autoría en un concurso escolar y lo ganó. En este poema había algo que lo distinguía, más allá de su nivel poético: estaba escrito en décimas, medida empleada por los payadores. Diez versos octosílabos conforman la décima creada por el español Vicente Espinel hace 400 años. Esa es la medida que tomaron los payadores para sus improvisaciones y a la que en el siglo XIX, Gabino Ezeiza (Buenos Aires 1858-1916), vistiera con el ritmo de milonga proveniente de la pampa bonaerense, sellando así el modo fundamental en esta expresión artística. Y la vida, que suele quitar cosas pero también regalar muchas otras e importantes, puso en el camino de Liliana a Manuel, quien la acercó a lo que sería poco después su manera de expresar la vida del pueblo y la propia, con una guitarra, con una capacidad de improvisación muy profunda, con aquellas décimas centenarias y el ritmo de milonga en tono menor. Manuel la presentó en Buenos Aires. Payadores del país aplaudieron a Liliana Esta entrerriana comenzaba a recorrer un camino que aún sigue andando y, además, marcando huella en los más importantes escenarios. Como buena payadora, que lo es sin duda alguna, no canta por cantar. Canta la vida, que ese es el origen de este arte en el que la consagración es tan difícil; aunque Liliana lo logró con creces. La sombra doliente sobre la pampa argentina. Así describió Rafael Obligado al payador en un poema memorable. El payador, personaje emblemático, alcanzó condición de mito. Atahualpa Yupanqui, artista muy ligado a Entre Ríos, en su obra Coplas del payador perseguido, apuntó: Pobre nací y pobre vivo por eso soy delicao. Estoy con los de mi lao cinchando tuitos parejos pá hacer nuevo lo que es viejo y verlo al mundo cambiao. Otros nombres ilustres Pero cierto es que tanto en el siglo XIX como en el XX, Entre Ríos sumaba un número muy importante de payadores que se destacaron. Payar equivale a improvisar sobre un tema ocasional. Tal como lo indicábamos, la payada es, por tanto, el verso repentista acompañado por una guitarra, generalmente se emplea la décima espinela, estrofa de diez versos octosílabos creada por el músico y poeta murciano Vicente Espinel en el año 1591. El payador, para distinguirse, no solamente debe dar la rima pertinente, sino conocer profundamente los temas para, a la hora de iniciar una payada, exponer ese conocimiento en su verso. Además, por años el payador llevaba consigo los hechos que ocurrían en otros lares. Así que era importante la figura del payador, y lo es aún. Entre los payadores, fue y es común el canto de contrapunto, lo que en las pulperías, boliches de campo y ciudad, y teatros incluso, atraía y atrae a la gente porque con ese arte tan difícil, los payadores llevan adelante una competencia con conocimientos sobre temas diversos. Así es que se dieron varios enfrentamientos entre payadores de renombre, como fue aquél que realizaran Doroteo Pérez y Horacio Sartori en Victoria. Simón Arraigada, de Diamante, era peluquero además de payador. Cuentan que noches largas payó con Américo del Castillo, que era maestro. Circuló de boca en boca el contrapunto de Arraigada con Juan Mena, realizada a comienzos de la década del 40 en el Club Catamarca Central de Paraná. Adolfo Cosso, de Gualeguay, no solamente fue payador, también fue poeta, publicó varios libros y además conducía un programa de radio siempre visitado por los artistas populares. No solamente se distinguió por su tarea, sino que fue muy aplaudido y reconocido. Sugerimos leer sus obras. Mucho más atrás en el tiempo debemos mencionar a Generoso D´Amato, nacido en 1884 en Gualeguaychú. También de Gualeguaychú era José Jiménez; capataz de estancia, además de artista de la improvisación. Hacemos correr la hojas del almanaque y nos quedamos en Gualeguaychú para mencionar a Carlos Chazarreta. Y hay otro caso en Gualeguaychú que es, además, curioso. Se trata de Gregorio Aguilar, soldado de Urquiza, quien vivió a fines del siglo XIX. Era payador, pero al mismo tiempo era analfabeto, pero cuentan que pocos como él para improvisar sobre la vida y la muerte. Es posible continuar mencionando nombres y, por supuesto, citar a los payadores de la actualidad. La idea de este scrito, en suma, es solamente plantear la importancia del arte payadoril en la provincia, al tiempo de intentar despertar el interés del lector para hurgar buscando otros nombres y conocer la historia de éstos. Marcelino Román apuntaba: La pelea y la canción fueron signos constantes de Entre Ríos, en su pasado bravío y heroico y en las contiendas del progreso. Tierra del federalismo y el canto, dos de sus grandes caudillos, Ramírez y Urquiza, fueron con sus formidables caballerías gauchas hasta la Plaza de Mayo de Buenos Aires a reclamar ajuste de cuentas al centralismo y la tiranía de la ciudad-nación, y dos de sus grandes payadores, Ramón P. Vieytes y Generoso D Amato, se trasladaron también a la urbe capitalina y allá mostraron su temple y su capacidad. Así cantó el payador D Amato a su tierra entrerriana: Con la canción que se siente Nombrando aquello que se ama, mi corazón hoy se inflama bajo un dulce afán latente, quiero que hoy mi canto ostente sus más puros atavíos, y que entre los versos míos brille gallarda, triunfal, la perla del litoral, mi hermosa cuna, Entre Ríos!.
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