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  • Servidumbre artificial

    » Clarin

    Fecha: 12/03/2026 09:19

    El fenómeno de la IA ha creado una simetría ofensiva-defensiva: un esquema en el que, en términos de cibercrimen, atacantes y defensores acceden a la misma tecnología, reduciendo los tiempos de ataque a horas o minutos y escalando su sofisticación. Al mismo tiempo, la IA defensiva revoluciona la detección temprana al analizar comportamientos y brindar respuestas autónomas. Mientras tanto, el factor humano se ha convertido en una superficie de ataque sumamente fértil, permitiendo que la ingeniería social evolucione hacia campañas hiperpersonalizadas que utilizan deep fakes, generando una crisis epistémica donde la verificación visual o auditiva ya no resulta completamente confiable. Ello exige rediseñar procesos con autenticación multifactor, verificación por canales independientes y la evolución de los controles tradicionales. Existe, además, un desajuste entre el uso real de la IA por parte de los usuarios y las expectativas de los líderes, lo que demanda formación continua con simulaciones realistas, no meras capacitaciones anuales. Pero si, ante la multiplicidad de síntomas, proyectamos el poder y el alcance de las superinteligencias y su capacidad de entrelazarse con decisiones humanas, advertimos que las IAs ya generan trabajo, o al menos lo vehiculizan. Hoy una IA es capaz de alquilar cuerpos humanos: existen plataformas que permiten que sistemas inteligentes contraten personas para realizar tareas físicas. Estos sistemas gestionan procesos digitales complejos, aunque todavía dependen de individuos cuando una tarea requiere presencia material. En tales casos, recurren a trabajadores para ejecutar acciones en el mundo real. Los usuarios -personas físicas- ofrecen servicios como mudanzas, cadetería o mensajería, pero en este contexto son coordinados por algoritmos. Un agente de IA identifica a alguien en la zona dispuesto a aceptar el encargo, imparte instrucciones precisas y luego efectúa el pago. En teoría, la selección y contratación pueden realizarse sin intervención humana directa. El ser humano queda así reducido a un mero ejecutor: firmar documentos, recoger una encomienda, asistir a un evento para verificar presencia o instalar hardware. Se trata de intervenciones físicas puntuales, no de empleos creativos ni continuos. Algunas voces hablan de precarización; otras, de deshumanización. Convertir a las personas en servicios que un algoritmo puede alquilar contiene elementos de ambas. Sin duda, se plantea un dilema ético: ¿quién asume la responsabilidad si una decisión o instrucción de un agente de IA pone en riesgo la vida o la integridad de alguien? El automatismo de las máquinas puede operar de manera más predecible, sin jerarquías corporativas ni burocracias internas. Sin embargo, también emergen preocupaciones técnicas y de seguridad. Un ecosistema tecnológico impulsado por entusiastas de las criptomonedas -como Moltbook u OpenClaw- ha sido cuestionado por vulnerabilidades, respuestas poco claras y desarrollos apresurados, pero sobre todo por comportamientos excesivamente autónomos, al punto de tomar decisiones a espaldas de sus usuarios. Así como se lee: algunas IAs engañan u ocultan información en la persecución de un objetivo. Ello podría implicar riesgos potenciales, fallas de seguridad, filtraciones de datos o proyectos que no llegan a consolidarse. Nunca antes resultó tan tangible la imagen del ser humano como un recurso más del sistema, un eslabón en la cadena. Se normaliza la comunión con las pantallas y la dependencia tecnológica hasta el punto de que una máquina alquile nuestro tiempo y nuestra vida por unas pocas monedas parece, paradójicamente, lógico, dependiendo de si se trata de alguien que respira o de algo que titila. Sobre la firma Newsletter Clarín

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