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  • Entre los misiles de Irán y los ataque de Hezbollah: cómo se vive en el kibutz Hanita, el territorio israelí que limita con Líbano

    » Clarin

    Fecha: 10/03/2026 18:17

    En la residencia para mayores israelíes más próxima a la guarida de Hezbollah, ninguno de los abuelos se inquieta cuando la sirena avisa que el terrorismo islámico ataca. Llevan más de diez días sin salir de la casona de piedra que los protege de los misiles en el kibutz Hanita, fundado a quinientos metros de la frontera con Líbano en 1938, diez años antes de la creación del Estado de Israel. Se escuchan detonaciones. Los vidrios de los ventanales vibran ligeramente. A los pocos minutos, los celulares devuelven una (aparente) tranquilidad. En la pantalla de los teléfonos se lee que el evento ha pasado. Los diarios locales dirán que los ataques activaron las sirenas en toda Galilea. Y subrayarán: No se reportaron heridos. Por la cercanía a una de las fronteras más estresantes para los israelíes, Hanita es un kibutz militarizado en el que viven unas 700 personas que compartían vida cotidiana al aire libre antes de que los ataques de Hezbollah se multiplicaran, como sucede desde que los operativos Furia épica -para los Estados Unidos- y Rugido de león -según Israel- consideraran que llegó el momento de derrocar al régimen de Irán. Entre la noche del lunes y la madrugada de este martes, Hezbollah lanzó decenas de cohetes contra suelo israelí. El grupo shiíta dispara sin tregua. Esta vez, por venganza: como si soltar misiles fuera consuelo para duelar la muerte del ayatollah Alí Khamenei, el líder supremo iraní asesinado por las bombas aliadas en el primer día de esta última guerra. Vivir en Hanita es más seguro que vivir en Tel Aviv en estos días, dice, sin embargo, a Clarín el responsable de la seguridad del kibutz, un israelí de ojos de gato punzantes que circula entre los olivos y las calles de ripio con pistola en la cintura y fusil al hombro. Pide no ser fotografiado ni citado con su nombre verdadero. Las Fuerzas de Defensa de Israel confirmaron que este martes atacaron varios centros de comando y de infraestructura de Hezbollah en la ciudad de Ansar, en el sur de Líbano. Y que su propia Fuerza Aérea alcanzó a destruir instalaciones y bóvedas de la asociación Al-Qard al-Hasan, que subvenciona la actividad terrorista de Hezbollah. Según el ejército israelí, atacaron unos 30 puestos activos de la institución financiera. Más de medio millón de desplazados La frontera que separa Israel de Líbano es un paredón de cemento que zigzaguea como si fuera un cierre relámpago que le hace de corset a la montaña. Según Naciones Unidas, unas 700 mil personas abandonaron sus hogares en Líbano desde que comenzó la ofensiva contra Irán. Sólo este martes, los vecinos libaneses que emigraron por la guerra son más de 100 mil. En el kibutz Hanita hay unos 30 refugios anti-misiles, algunos de los cuales están decorados con dibujos infantiles. Como el del estacionamiento, frente a la parada de colectivo donde el chofer muere del aburrimiento porque en estos días de poco movimiento nadie sube al bus. Táctica y estrategia Fue por astucia que los primeros judíos se establecieron en esta zona de Galilea: con el pretexto de que un asentamiento no podía ser desalojado, levantaron una torre y la rodearon de una empalizada. Compraron la tierra y comenzaron a construir sus casas en círculos concéntricos. Las guarderías para los más chiquitos en el medio, rodeadas por un jardín con juegos infantiles hoy desierto. No hay clases porque las escuelas siguen cerradas y los chicos permanecen en sus casas con su mamá o su papá. Porque sólo uno de los padres está autorizado a retomar su trabajo. Las actividades en comunidad están totalmente suspendidas y casi no se ven vecinos por las calles, lamenta en una charla con Clarín Bat Ami, la israelí que coordina la vida cotidiana en el kibutz. Es una mujer cálida, de sonrisa espontánea y que no aparenta haberle puesto el pecho a las balas como viene haciendo. Nieta de correntinos y mamá de dos chicas adolescentes de 16 y 17 años, Bat Ami cuenta que, en estos últimos diez días, hasta el supermercado que funciona en el kibutz sólo abre en horarios acotados para evitar colas y que los vecinos estén demasiado tiempo fuera de sus casas. La vida no fue siempre así, dice Bat Ami, con nostalgia. Y repasa los años en los que el temor por un posible ataque terrorista, con invasión incluida, no les carcomía los tobillos como sucede desde el 7 de octubre de 2023, cuando la brutalidad de Hamas asesinó a mansalva en otro extremo de la geografía israelí. Un día después de aquel tormento, el kibutz Hanita fue desalojado. Bat Ami y sus hijas buscaron refugio en otra ciudad. Su esposo se quedó. Sólo permanecieron un puñado de reservistas y militares que dormían en un subsuelo, en una sala pegada al comando del control del kibutz al que Clarín tuvo acceso. Allí, dos pantallas gigantes monitorean a 360 grados la frontera israelí-libanesa mientras un monitor más pequeño se tiñe de puntos rojos que van cambiando de posición: son las cientos de alertas que se activan en todo el territorio del país según de dónde vengan las balas. El encargado de seguridad del kibutz hace zoom sobre una parte del paredón que separa la tierra que él vigila del territorio donde se esconde el enemigo. Hezbollah intentó entrar por esta zona a Israel tres veces -señala en la pantalla-. Pero no lo ha conseguido. Hanita conserva, sin embargo, un complejo de casas rosa viejo que eran utilizadas por grupos de voluntarios y que quedaron destrozadas luego de la caída de un misil. Una cama doble despatarrada en un cuarto, un colchón sobre el que se retuerce un pijama de Hello Kitty. La caja de electricidad derretida y la mampostería destrozada sobre el lavabo del baño. Amistad judío-musulmana Bat Ami cuenta que para ser considerado un miembro de Hanita es indispensable ser propietario dentro del kibutz. Yo alquilo pero mi padre tiene una casa aquí, dice ella y apura la despedida porque tiene que ir al hospital, que queda a 15 minutos de Hanita, a cuidar a su papá, de 90 años, que está internado. Mandale saludos y que vuelva pronto, le dice Falja, la enfermera israelí musulmana que alterna el cuidado de los ancianos del kibutz con su ayuno estricto por el ramadán. Bat Ami la abraza, la besa. Les pregunto si les puedo sacar una foto juntas, una israelí y una musulmana bajo un cielo atravesado por balas y misiles de ambas nacionalidades, y me dicen que sí. Bat Ami la estruja un poco más. ¿Sabés cómo llama mi padre a Falja? -es su pregunta retórica-. Mi angel. Mi papá dice que Falja es su ángel. Sobre la firma Newsletter Clarín

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