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  • Una mirada desde la alcantarilla. Canto rodado - 9 Digital - Mi 9

    Paraná » 9digital

    Fecha: 10/03/2026 10:00

    Canto rodado Juntábamos piedras que fueran parecidas, buscábamos medir el peso de las cosas redondas. Conocíamos la piel sedosa de las piedras que quitábamos de la tierra con esmero y limpiábamos con nuestro aliento. Casi siempre estaban incrustadas entre el filo del cordón cuneta y el inicio de la calle, en la panza hundida donde los autos y la lluvia estacionaban. Movíamos las manos con la intensidad de un ala, tratábamos de saber hasta dónde las cosas podían suspenderse y caer sin que duela. Aprendíamos de aterrizajes sin haber viajado nunca. Payanca se llamaba el juego, había rapidez en quien como magia hiciera aparecer y desaparecer el montoncito de piedras. Había asombro y ganas de creer en cosas inexplicables. ¿Cómo lo hizo? A ver, a ver repetí. Atrás de las rodillas andaban las madres, el apuro por barrer las hojas, la sucesión de las estaciones en las batallas con las escobas. Las advertencias venían con caras y gritos: no pisen ahí, vayan por otro lado, déjense de hinchar. Una baldosa guardaba agua como si fuese un sapo que espiaba todo. Un único espectador posible para el día que repetía al día anterior hasta remontarse a los años en los que ni las casas existían. En la memoria: no había ni árboles. Las ruedas inmensas de camiones o tractores se acercaban, algunos se despegaban de los hombros de los amigos y se levantaban para saludar a hombres con bigotes y boinas. Nunca tomamos colectivos para movernos en nuestras calles, no nos impresionaron las vías de tren más que cuando estacionaba un circo. No nos movíamos mucho más que por veredas. Una ruta según la necesidad: las de cemento alisado para patinar, las calles de tierra para desenterrar suelas vacías, los desagües para armar ramos de lirios salvajes, las zanjas para pescar renacuajos, las de mosaicos para saltar líneas. Acomodamos el cuerpo en un mundo modesto, llenamos las horas de mordidas de bichos y cazamos aguijones con los dientes. Ahora somos viejos y desparramamos los huesos en casas cómodas, regalamos horas en oficinas, ignoramos la calvicie de nuestras tardes. Al regreso, si nos topamos con una piedra nos desesperamos por guardarla en el bolsillo, por tocar con nuestra yema en un gesto íntimo la superficie lisa del canto rodado.

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