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Parana » Inventario22
Fecha: 10/03/2026 08:16
Federico Lorenz: El Gobierno solo quiere señalar a un único demonio El historiador e investigador del Conicet insiste en la necesidad de construir ciertos pisos de acuerdo con respecto al pasado reciente basados en la defensa de la justicia y la democracia. 10/03/2026 08:08 110277 6.41 minutos. Quienes siempre denostaron la búsqueda de Memoria, Verdad y Justicia están de parabienes: el discurso que engloba algún tipo de justificación o reivindicación de la dictadura adquirió una posición dominante. Pero no es solo una cuestión de narrativas: hay una voluntad de revancha histórica. Esta es la caracterización que hace del período actual Federico Lorenz, historiador, docente e investigador del Conicet, en diálogo con Página/12 para pensar las particularidades del 50º aniversario del último golpe de Estado. ¿Cómo se llega a la conmemoración de los 50 años del golpe? -Quizá muy dispersos. Cuando digo que llegamos muy dispersos me refiero a quienes, desde distintos lugares y oficios, especialidades y pertenencias, sostenemos la idea de una construcción democrática asociada a una política de memoria, verdad y justicia en relación con los crímenes de la última dictadura militar y, en una escala más amplia, a una revisión crítica de lo que genéricamente se llama los 70. A la inversa, sectores que nunca dejaron de manifestar su disgusto con ese trabajo hoy están en una posición dominante no hegemónica, que es otra cosa y en una clave muy revanchista, al menos en lo retórico. Entonces llegamos a los 50 con un escenario muy parecido al de los primeros 90, aunque con una acumulación enorme por parte de quienes sostenemos esos pilares. Hace 20 años usted hablaba de una vulgata procesista y hoy parece ser el discurso oficial El punto es que ese discurso se apoya también en el anticomunismo y en la idea de que la primera violencia siempre viene desde la izquierda. Entonces, esa dispersión que mencionaba antes es problemática. Me sale una parte autocrítica: hubo bastante tiempo para dejar saldadas ciertas cuestiones, históricamente y políticamente al menos. No hablo de construir un discurso único, porque no creo en eso, sino de consolidar interpretaciones que no le den margen al negacionismo. Y, para poner una mirada positiva, existe un sentido común social muy extendido, sobre todo en los más jóvenes, de que una dictadura militar está mal y cometió crímenes. Por suerte entre comillas hoy el frente principal es el ataque a las políticas de justicia y a la asociación de derechos con construcciones sociales vinculadas al bien común. Si tuviéramos que estar defendiendo todo, sería mucho más complicado, precisamente por esa dispersión. Cuando habla de una revisión crítica, ¿faltó discutir la violencia armada? Por ejemplo, los cambios que quieren introducir en el Museo Sitio ESMA van por ese lado Sí, por supuesto. Algo de eso hay. Siempre recuerdo a Jaimito Luis Venencio, militante de Astarsa. Yo le decía que el problema era la militarización de la política. Y él me respondió: Che, Fede, está bien revisar, pero siempre hablamos de lo que hicimos nosotros, ¿por qué no hablamos de lo que nos hicieron ellos?. Ahí hay una doble demanda muy interesante. Si bien se instalaron consignas como pensar en los beneficiarios económicos de la dictadura o en la reconfiguración social de la Argentina, no avanzamos lo suficiente. Hubo más interés en el disciplinamiento al interior de las organizaciones armadas que en pensar la violencia política como problema. También discutimos menos, sobre todo post-2000, la idea de la derrota política de esos proyectos. Ciertas victorias simbólicas y en derechos, muy importantes, desplazaron la reflexión sobre la derrota: una reflexión social amplia y también de los sobrevivientes de esos colectivos. Eso dificulta pensar proyectos políticos nuevos, porque hoy actuamos por reacción a lo que el gobierno propone. El gobierno tiene un proyecto político claro. Si hoy me preguntaran cuál es el mío, creo que no lo tengo; lo tenía mucho más claro antes. Hay una tentación de encasillar al discurso actual como propio de los dos demonios. Sin embargo, en el último video difundido por la Casa Rosada por el 24 de marzo, Agustín Laje critica esa teoría Un error es subestimar la llegada de esos discursos. Hay un sedimento de propaganda y de sentidos comunes sobre la izquierda, los revolucionarios, los sindicalistas. Dicho esto, hay una maniobra muy inteligente: no les interesan los dos demonios, les interesa señalar a un único demonio. No podemos caer en esa misma lógica retórica. ¿Por qué el campo popular no está conforme con la idea de los dos demonios? Porque anulaba la pregunta por la política. Yo dejaría que Laje discuta con esa teoría. Prefiero dedicar tiempo a unir esfuerzos dispersos de recuerdo, preservación y comunicación. Hay mucho trabajo hecho; no hablo de falta de producción, sino de producción dispersa, que corrió por carriles paralelos. Además, en un momento de dominancia que muchos confundieron con hegemonía me refiero al kirchnerismo, no siempre se priorizó extender y construir más allá. Hubo políticas, claro, yo fui parte en algún punto. Pero todo eso lleva tiempo, el contexto cambia y la gente puede cambiar rápidamente de parecer. Es parte del proceso histórico. Por eso el esfuerzo debe estar en sostener ciertos pisos que no deberían discutirse: la justicia, la idea de que no puede haber política reparatoria sin democracia. Y también discutir en términos políticos esa revisión histórica de los movimientos revolucionarios. Usted decía que con cada aniversario se actualiza la memoria. ¿Por qué piensa que la gente saldrá a la calle este 24 de marzo? Hay algo muy positivo. Cuando se estableció el feriado, yo creí que era un error. Me equivoqué y no me equivoqué. Es una fecha que primero instalaron los militares, con desfiles cívico-militares. El movimiento de derechos humanos la resignificó y luego distintos actores sociales se la apropiaron. El 24 de marzo tiene, para los sectores populares, un peso similar al que tuvo el 1 de mayo para el movimiento obrero: es una fecha de lucha. Los reclamos cambian con el contexto. ¿Nos movilizamos para recordar lo que pasó y a los ausentes? Sí. Pero el contenido principal suele ser llevar reivindicaciones actuales. Lo que no debería ocurrir es la ritualización, como sucede con otras efemérides. Ese riesgo existe. En un contexto desfavorable como el actual, muchos docentes pensarán más de una vez qué hacer el 24 de marzo, porque hay una retórica que desalienta. Por eso es tan importante la vitalidad popular de esa fecha. Parte de la transmisión generacional implica que mis hijos o estudiantes puedan incluso descartar lo que para mí es fundamental, pero que relacionen su urgencia con lo que para mí fue urgente. Eso es hilo invisible, hilo rojo, sedimentación popular, construcción colectiva. Usted planteaba que la batalla por la memoria debe darse en todos los frentes. ¿Qué significa? Hice el camino de profesor de media a investigador sin dejar ninguna de las dos cosas. Una actividad retroalimentó a la otra. Nunca pensé que por estar en el aula tenía la posta, ni que por ser historiador debía establecer una correa de transmisión para que los profesores aplicaran lo que yo descubría. Simplifico, pero pienso en un intelectual todoterreno: intervención desde la investigación y la comunicación, dispuesto a someter sus ideas a crítica, no solo entre pares. La discusión académica, que ya venía raleada, hoy es más pobre o está urgida por otras cuestiones. Necesitamos ser interpelados desde otras lógicas, no solo las del campo académico o universitario. El 50 aniversario, en este contexto, es una enorme pregunta por el sentido. ¿Quiero vivir en un país que se parezca, aunque sea retóricamente, a aquello que investigué y critiqué desde que tengo uso de razón como historiador? ¿Quiero un país tan desigual, gobernado por gente que mientras más desigual mejor? No. Entonces, ¿cómo quiero que sea ese país? ¿Cómo puedo aportar desde mi oficio, sin romper sus reglas, para construir algo diferente? ¿Cómo se llega a la conmemoración de los 50 años del golpe? -Quizá muy dispersos. Cuando digo que llegamos muy dispersos me refiero a quienes, desde distintos lugares y oficios, especialidades y pertenencias, sostenemos la idea de una construcción democrática asociada a una política de memoria, verdad y justicia en relación con los crímenes de la última dictadura militar y, en una escala más amplia, a una revisión crítica de lo que genéricamente se llama los 70. A la inversa, sectores que nunca dejaron de manifestar su disgusto con ese trabajo hoy están en una posición dominante no hegemónica, que es otra cosa y en una clave muy revanchista, al menos en lo retórico. Entonces llegamos a los 50 con un escenario muy parecido al de los primeros 90, aunque con una acumulación enorme por parte de quienes sostenemos esos pilares. Hace 20 años usted hablaba de una vulgata procesista y hoy parece ser el discurso oficial El punto es que ese discurso se apoya también en el anticomunismo y en la idea de que la primera violencia siempre viene desde la izquierda. Entonces, esa dispersión que mencionaba antes es problemática. Me sale una parte autocrítica: hubo bastante tiempo para dejar saldadas ciertas cuestiones, históricamente y políticamente al menos. No hablo de construir un discurso único, porque no creo en eso, sino de consolidar interpretaciones que no le den margen al negacionismo. Y, para poner una mirada positiva, existe un sentido común social muy extendido, sobre todo en los más jóvenes, de que una dictadura militar está mal y cometió crímenes. Por suerte entre comillas hoy el frente principal es el ataque a las políticas de justicia y a la asociación de derechos con construcciones sociales vinculadas al bien común. Si tuviéramos que estar defendiendo todo, sería mucho más complicado, precisamente por esa dispersión. Cuando habla de una revisión crítica, ¿faltó discutir la violencia armada? Por ejemplo, los cambios que quieren introducir en el Museo Sitio ESMA van por ese lado Sí, por supuesto. Algo de eso hay. Siempre recuerdo a Jaimito Luis Venencio, militante de Astarsa. Yo le decía que el problema era la militarización de la política. Y él me respondió: Che, Fede, está bien revisar, pero siempre hablamos de lo que hicimos nosotros, ¿por qué no hablamos de lo que nos hicieron ellos?. Ahí hay una doble demanda muy interesante. Si bien se instalaron consignas como pensar en los beneficiarios económicos de la dictadura o en la reconfiguración social de la Argentina, no avanzamos lo suficiente. Hubo más interés en el disciplinamiento al interior de las organizaciones armadas que en pensar la violencia política como problema. También discutimos menos, sobre todo post-2000, la idea de la derrota política de esos proyectos. Ciertas victorias simbólicas y en derechos, muy importantes, desplazaron la reflexión sobre la derrota: una reflexión social amplia y también de los sobrevivientes de esos colectivos. Eso dificulta pensar proyectos políticos nuevos, porque hoy actuamos por reacción a lo que el gobierno propone. El gobierno tiene un proyecto político claro. Si hoy me preguntaran cuál es el mío, creo que no lo tengo; lo tenía mucho más claro antes. Hay una tentación de encasillar al discurso actual como propio de los dos demonios. Sin embargo, en el último video difundido por la Casa Rosada por el 24 de marzo, Agustín Laje critica esa teoría Un error es subestimar la llegada de esos discursos. Hay un sedimento de propaganda y de sentidos comunes sobre la izquierda, los revolucionarios, los sindicalistas. Dicho esto, hay una maniobra muy inteligente: no les interesan los dos demonios, les interesa señalar a un único demonio. No podemos caer en esa misma lógica retórica. ¿Por qué el campo popular no está conforme con la idea de los dos demonios? Porque anulaba la pregunta por la política. Yo dejaría que Laje discuta con esa teoría. Prefiero dedicar tiempo a unir esfuerzos dispersos de recuerdo, preservación y comunicación. Hay mucho trabajo hecho; no hablo de falta de producción, sino de producción dispersa, que corrió por carriles paralelos. Además, en un momento de dominancia que muchos confundieron con hegemonía me refiero al kirchnerismo, no siempre se priorizó extender y construir más allá. Hubo políticas, claro, yo fui parte en algún punto. Pero todo eso lleva tiempo, el contexto cambia y la gente puede cambiar rápidamente de parecer. Es parte del proceso histórico. Por eso el esfuerzo debe estar en sostener ciertos pisos que no deberían discutirse: la justicia, la idea de que no puede haber política reparatoria sin democracia. Y también discutir en términos políticos esa revisión histórica de los movimientos revolucionarios. Usted decía que con cada aniversario se actualiza la memoria. ¿Por qué piensa que la gente saldrá a la calle este 24 de marzo? Hay algo muy positivo. Cuando se estableció el feriado, yo creí que era un error. Me equivoqué y no me equivoqué. Es una fecha que primero instalaron los militares, con desfiles cívico-militares. El movimiento de derechos humanos la resignificó y luego distintos actores sociales se la apropiaron. El 24 de marzo tiene, para los sectores populares, un peso similar al que tuvo el 1 de mayo para el movimiento obrero: es una fecha de lucha. Los reclamos cambian con el contexto. ¿Nos movilizamos para recordar lo que pasó y a los ausentes? Sí. Pero el contenido principal suele ser llevar reivindicaciones actuales. Lo que no debería ocurrir es la ritualización, como sucede con otras efemérides. Ese riesgo existe. En un contexto desfavorable como el actual, muchos docentes pensarán más de una vez qué hacer el 24 de marzo, porque hay una retórica que desalienta. Por eso es tan importante la vitalidad popular de esa fecha. Parte de la transmisión generacional implica que mis hijos o estudiantes puedan incluso descartar lo que para mí es fundamental, pero que relacionen su urgencia con lo que para mí fue urgente. Eso es hilo invisible, hilo rojo, sedimentación popular, construcción colectiva. Usted planteaba que la batalla por la memoria debe darse en todos los frentes. ¿Qué significa? Hice el camino de profesor de media a investigador sin dejar ninguna de las dos cosas. Una actividad retroalimentó a la otra. Nunca pensé que por estar en el aula tenía la posta, ni que por ser historiador debía establecer una correa de transmisión para que los profesores aplicaran lo que yo descubría. Simplifico, pero pienso en un intelectual todoterreno: intervención desde la investigación y la comunicación, dispuesto a someter sus ideas a crítica, no solo entre pares. La discusión académica, que ya venía raleada, hoy es más pobre o está urgida por otras cuestiones. Necesitamos ser interpelados desde otras lógicas, no solo las del campo académico o universitario. El 50 aniversario, en este contexto, es una enorme pregunta por el sentido. ¿Quiero vivir en un país que se parezca, aunque sea retóricamente, a aquello que investigué y critiqué desde que tengo uso de razón como historiador? ¿Quiero un país tan desigual, gobernado por gente que mientras más desigual mejor? No. Entonces, ¿cómo quiero que sea ese país? ¿Cómo puedo aportar desde mi oficio, sin romper sus reglas, para construir algo diferente?
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