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Hasenkamp » Siglo21
Fecha: 09/03/2026 20:36
Cuando un Presidente vino a Santa Elena para que el trabajo no muera Hay imágenes que quedan grabadas en la memoria colectiva de los pueblos. Una de ellas es la visita del presidente Raúl Alfonsín a Santa Elena a mediados de los años 80. Fue en 1985, cuando el mandatario llegó a la ciudad en medio de una multitud que lo recibió con emoción, con banderas, con esperanza y también con un cartel que sintetizaba la identidad política del lugar: BIENVENIDO PRESIDENTE A LA CAPITAL DEL PERONISMO Era una escena curiosa, casi una postal de la democracia recién recuperada. Un presidente radical, recibido con fervor en un pueblo de tradición peronista. Pero el motivo de esa visita estaba por encima de las banderas partidarias, el trabajo El histórico Frigorífico Santa Elena era el corazón económico de la ciudad. Miles de familias dependían de su funcionamiento. Cuando la planta se paralizó y la incertidumbre golpeó al pueblo, el ESTADO INTERVINO PARA QUE EL TRABAJO CONTINUARA. En ese contexto, el gobierno de Alfonsín avanzó con la estatización del frigorífico, una decisión que buscaba evitar el colapso social de una comunidad entera. Por eso aquella visita no fue un simple acto político. Fue un gesto de respaldo a un pueblo trabajador que veía en el frigorífico mucho más que una empresa, veía su sustento, su identidad y su futuro. Sin embargo, con el paso del tiempo, la historia mostró otra cara. El frigorífico atravesó distintas administraciones, cambios de manos, promesas incumplidas y decisiones políticas que terminaron por desmantelar lo que había sido uno de los motores productivos más importantes del norte entrerriano. Muchos años después, otras políticas como las impulsadas durante el gobierno de Carlos Menem marcarían el rumbo hacia las privatizaciones que afectaron a tantas industrias del país. La paradoja es inevitable un presidente vino a Santa Elena a sostener el trabajo, y décadas después el pueblo terminaría viendo apagarse esa fuente laboral que le daba vida. Las discusiones siguen vivas hasta hoy. En las redes, en las charlas de café, en los recuerdos de quienes estuvieron aquel día frente al palco. Algunos recuerdan la emoción de estar cerca del presidente; otros discuten responsabilidades políticas; otros simplemente evocan la esperanza de un tiempo en que parecía posible salvar al frigorífico. Pero más allá de las banderas y de las disputas partidarias, hay una verdad que permanece, cuando un pueblo pierde su trabajo, pierde mucho más que una empresa. Pierde una parte de su historia Y tal vez por eso, cada vez que aparece aquella foto de Alfonsín en mí pantalla, lo que realmente vuelve no es la política sino la memoria de un pueblo que alguna vez luchó para que su frigorífico siguiera vivo.
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