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  • Sin educación no hay futuro: la advertencia de un agrónomo que trabaja hace casi 50 años en el Chaco salteño

    » TN

    Fecha: 09/03/2026 14:31

    El ingeniero agrónomo Alejandro Deane habla con la serenidad de quien pasó gran parte de su vida en el mismo lugar. Desde 1979 trabaja en el Chaco salteño junto a comunidades originarias, una región dura, marcada por el clima extremo, el aislamiento y la pobreza estructural. Pero también, según cuenta, por la capacidad de organización y el talento de su gente. Leé también: Clarita no quiso volver del pampo, se empacó y se convirtió en la mini fan más tierna del agro argentino El agua es básica. Si hay agua, hay alimentos. Y si hay alimentos, se empieza a resolver la desnutrición, sintetizó en una entrevista con TN, luego de haber quedado demorado en un piquete donde se reclamaba asistencia alimentaria para comunidades rurales. Para Deane, el problema de fondo no se resuelve solo con ayuda inmediata. La clave, sostiene, es construir soluciones duraderas. Acá no falta voluntad de la gente, falta planificación a largo plazo, explicó. Un trabajo de casi cinco décadas en territorio Criado en Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires, el agrónomo recuerda que su vínculo con la producción comenzó desde chico. Hacíamos maíz, porotos y zapallos, la agricultura sudamericana clásica, una dieta completa, contó. Ese mismo modelo es el que hoy promueve, adaptado a las condiciones ambientales del monte y a la cultura de las comunidades Wichí. En los departamentos Rivadavia, San Martín y Orán zonas que desde hace años están declaradas en emergencia sociosanitaria por la elevada mortalidad infantil Deane y su equipo buscan demostrar que producir alimentos localmente es posible. Leé también: El consumo de pollo ronda los 50 kilos por habitante y se mantiene entre los más altos del mundo Es una zona difícil, una zona que nadie quiere encarar, pero es justamente donde más se necesita la ayuda, señaló. Desde la Fundación Siwok, una organización impulsada por Deane, desarrolla proyectos centrados en el acceso al agua potable, la producción de alimentos mediante huertas y sistemas de riego, y la generación de ingresos a través de actividades culturales y productivas como la artesanía, la pintura indígena y la apicultura. El objetivo del trabajo es promover soluciones sostenibles que mejoren la alimentación, la salud y las condiciones de vida de las familias. Agua, producción y cultura: la estrategia para salir de la emergencia El trabajo de la fundación que impulsa Deane se organiza en tres ejes principales. El primero, y el más urgente, es el acceso al agua. Estamos perforando el pozo número 108, contó con orgullo. Para las comunidades del monte, cada perforación representa un cambio radical. Significa dejar de caminar kilómetros bajo temperaturas que pueden superar los 45 grados para conseguir unos pocos baldes de agua. Leé también:Nos robaron millones de litros de leche: tamberos denuncian una grave situación en una láctea santafesina Pero el agua es solo el comienzo. El segundo paso es la producción de alimentos. A partir de un sistema sencillo cerco perimetral, pozo de agua, riego por goteo, semillas adaptadas y capacitación las familias pueden desarrollar huertas que aporten verduras, granos y alimentos frescos. Hay sistemas probados para producir alimento en esta zona. A veces lo único que se piensa es en mandar un camión con bolsones de mercadería, cuando perfectamente se puede producir diez veces más y a mucho menor costo, afirmó. Leé también: El Gobierno informó que se otorgaron créditos por casi $14 mil millones al sector porcino El tercer eje es la generación de ingresos. Allí aparecen iniciativas vinculadas a la cultura y a los saberes tradicionales de las comunidades. Las mujeres wichí elaboran tejidos con fibra de chaguar, una planta nativa del monte. Son trabajos fabulosos, arte puro, describió Deane con entusiasmo. También se desarrollan talleres de pintura indígena, donde los artistas retratan escenas de su vida cotidiana, y proyectos de luthería que recuperan moldes históricos utilizados por los jesuitas para fabricar violines. Incluso la apicultura aparece como una posibilidad concreta de desarrollo. Ellos culturalmente son mieleros. La producción de miel es algo que habría que impulsar mucho más, explicó. Educación y desarrollo: la deuda pendiente Aunque el acceso al agua y la producción de alimentos son urgencias inmediatas, Deane sostiene que el problema estructural más profundo es educativo. La fundación trabaja junto al ministerio de Educación de Salta en la creación de huertas escolares en comunidades indígenas. El objetivo es que los estudiantes aprendan a producir alimentos y comprendan el valor de la autosuficiencia alimentaria. Leé también: Financiación ganadera: crecimiento del crédito en dólares y oportunidades de inversión Sin embargo, el agrónomo advirtió que el sistema educativo enfrenta serias dificultades. Está el edificio, está el maestro, está el personal, pero no está el resultado, afirmó. Y agregó: Nadie evalúa. Entonces todos pasan de grado, pero después van a la universidad y duran dos meses. Para él, la falta de formación profesional en la región es una señal clara de ese problema. Si hubiese calidad educativa habría médicos, ingenieros, abogados. Pero casi no hay, lamentó. Leé también: Pistacho: el fruto seco que impulsa la producción regional y conquista el paladar argentino A pesar de ese panorama, Deane sigue apostando al trabajo en territorio. Su fundación se sostiene con aportes de donantes individuales, empresas y algunas alianzas con el sector público. Cada nuevo pozo de agua, cada huerta y cada proyecto productivo representan, para él, un pequeño avance en una lucha que lleva casi medio siglo. Leé también: Legumbres en Argentina: producción récord del último lustro, consumo y desafíos sectoriales Trabajamos con la gente, no para la gente, resumió. En el monte salteño, donde el calor puede ser implacable y las distancias enormes, esa idea se vuelve una forma de resistencia cotidiana. Porque para Deane la ecuación sigue siendo simple: donde hay agua, hay alimentos. Y donde hay alimentos, empieza a aparecer una oportunidad para cambiar el futuro.

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