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» La Nacion
Fecha: 09/03/2026 06:35
2026: el año de la economía de la calle Finalmente, después de dos años, el tema entró en la agenda pública. Si los años 2024 y 2025 fueron los de la macro, y 2027 será el de la política, 2026 se perfila como el año de la micro. Poder adquisitivo, consumo, empleo y producción son los significantes que están construyendo sentido en una conversación que gana densidad y textura. Resueltos, tras una ardua tarea, los enormes desafíos que tenía la macroeconomía, al menos en lo que la mayoría de las personas entiende claramente inflación y dólar, llegó el tiempo de la economía de las familias y de la calle. De eso la gente sabe, y mucho. Por la simple razón de que esa es su vida, no la del país, los mercados, la política o el mundo. Los argentinos están graduados en crisis, incluyendo asignaturas vinculadas con todas sus tipologías posibles grados 1, 2 y 3 y con posgrados en adaptación y resiliencia. Aun en los extremos de la bipolaridad de una sociedad ciclotímica, donde se alternan la euforia y la depresión, sus integrantes comprenden a la perfección que ambas categorizaciones lo macro y lo micro están conectadas por fuertes vasos comunicantes. Pero la sapiencia colectiva se concentra mucho más en la praxis que en la teoría. Los habitantes de este país, por historia, experiencia, formación y narrativa, son expertos lectores de señales sutiles que, para los habitantes de otros países, resultarían invisibles e inaudibles. Ingresos de los hogares, inflación de bienes y de servicios, valor del tipo de cambio y tendencias en su comportamiento, salario real en pesos y en dólares poder adquisitivo, hábitos de compra, gastos fijos vs. discrecionales, adquisición y preservación de dólares, disponibilidad y facilidad para obtener crédito, magnitud de la mora de corto y largo plazo, recalibración del mix producción local vs. importaciones, sensaciones de los comerciantes y retailers, performance de sectores mano de obra intensivos industria, comercio, construcción, turismo, servicios, afluencia de público a eventos ocasionales como recitales internacionales o viajes al exterior y por el país, así como participación en rituales clásicos que son vistos como un premio al esfuerzo ir al cine, a la cancha, tomar unos días de vacaciones o ir a comer afuera, reseteo del mapa competitivo de productos y marcas, vibración del animal spirit empresario y su consecuente impacto en las decisiones estratégicas de las compañías desde proyectos de inversión hasta rediseño de modelos de negocios y tamaño de sus empresas y equipos de trabajo, aceleración de la irrupción digital en general y de la inteligencia artificial en particular, posible afectación sobre la configuración del trabajo, impactos concretos de la guerra en curso en Medio Oriente sobre los precios del combustible, encuestas de opinión pública, discursos de los medios y las redes sociales e incluso la performance de la selección en el Mundial de Fútbol que comienza en junio. Este enorme y, en apariencia, disperso e inconexo grupo de variables opera en conjunto para coagularse en un pequeño set de indicadores que habrá que seguir de cerca: cantidad y calidad del empleo, ingreso disponible de los hogares, propensión al consumo, evolución de ventas, niveles de margen y rentabilidad de las empresas, dinámica de los sectores ganadores vs. los perdedores, recaudación fiscal, nivel de aprobación de la gestión nacional. Ante el interrogante sobre el presente y los posibles futuros, tanto del consumo como del humor social es sabido que hay una conexión histórica y relevante entre ellos, la respuesta no puede ser lineal ni caer en el reduccionismo. Dicha indagación abre de inmediato otras preguntas. ¿Cuál consumo? ¿Comparado con qué? ¿En qué sector de la sociedad? ¿En qué sectores de la economía real? Al indagar sobre el clima que se respira en los hogares y en las calles, ¿de qué estamos hablando? ¿De la realidad personal en el puro presente o de las expectativas y las esperanzas que, por naturaleza, son una abstracción donde se coagulan fragmentos de lo percibido con la amalgama del siempre voluble, pero poderoso, deseo? En circunstancias como las actuales, donde todas las variables parecen estar moviéndose como si fueran electrones sueltos en una dinámica aleatoria y simultánea, es necesario agudizar la perspectiva. Cuando la superposición de estímulos construye un entorno donde se expande el caos, resulta imprescindible detectar patrones. Es desafiante, pero imperativo, visualizar qué grandes fuerzas se están moviendo detrás de la aparente incoherencia de los hechos y de qué manera están moldeando el devenir de los acontecimientos. El sociólogo francés Bernard Lahire publicó su ensayo El espíritu sociológico en el año 2005. Allí se preguntaba: ¿Qué significa pensar y conocer en sociología? ¿Qué impone el punto de vista sociológico en términos de obligaciones teóricas, metodológicas y empíricas? Su respuesta más estructural se vinculaba con la necesidad de aferrarse a una tríada esencial: describir, interpretar, objetivar. Es decir, desplegar los elementos, analizar cómo se vinculan entre ellos y hacer el intento de arribar a conclusiones accionables. Objetivar implica dejar de debatir las evidencias, por asumirlas como ya transparentadas y consensuadas, y concentrarse en las posibles acciones. Esta será una tarea clave en un 2026 que se vislumbra arduo. La microeconomía está hecha de tejidos muy variados que exigen la capacidad de interrelacionar conceptos de diversas disciplinas. Lahire entendía necesario defender y transmitir los valores del buen pensamiento social. A fin de agudizarlo, él proponía usar el modelo del avión y el paracaídas. Lo describía como el punto de vista exacto en contextos de alta complejidad donde se produce el entrecruzamiento de múltiples vectores informativos. Puesto en sus propias palabras, expresadas en notas periodísticas al momento de presentar el libro: Cuando miramos el mundo de lejos, vemos los grandes grupos sociales, las clases. Pero cuando tomamos el avión, vemos (además) concentraciones de viviendas, bosques, campos, colores distintos. Si tomo el paracaídas y bajo, tengo la visión en el suelo. Nuestro trabajo como sociólogos consiste en articular la visión desde lo alto y bajar tratando de comprender qué sucede entre las personas y su clase. Necesitamos decodificar, en definitiva, ese conjunto de determinismos que se entrecruzan en la historia individual y social. Transformación y transición El diccionario de la Real Academia Española define transformar como hacer cambiar de forma a alguien o algo, transmutar algo en otra cosa y hacer mudar de porte o de costumbres a alguien. En estas tres primeras acepciones, a la hora de señalar sinónimos del término, desglosa palabras ampliamente conocidas y habituales en el lenguaje coloquial, como alterar, cambiar o convertir. Sin embargo, también señala con insistencia otro vocablo mucho menos frecuente: metamorfosear. Una metamorfosis expresa un hecho de gran calibre que altera de forma estructural tanto la forma como la función, y, por ende, el sentido de la evolución y el desarrollo. Estamos justamente en uno de esos momentos. Viviendo una metamorfosis en múltiples órdenes de la era contemporánea, tanto en el mundo como en el país. Demasiadas cosas se están transformando en otra cosa, todas a la vez. El proceso es de tal magnitud que, en un punto, nos ha dejado sin palabras. Nos cuesta definirlo, ponerle un nombre que exprese ese conjunto amorfo y voraz de mutaciones simultáneas. Estamos siendo testigos de una metamorfosis integral del sistema económico, tecnológico, productivo, social, cultural y de consumo tal como lo conocíamos hasta no hace demasiado tiempo. Por otro lado, cuando se hurga con algo de detalle en la definición de transición, vemos que ambos conceptos están plenamente conectados. La transición es definida como la acción y el efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto y como el cambio repentino de tono y expresión. Se siente de otro modo, se habla diferente. La cultura emana otras vibraciones. Toda transición implica desplazarse a través de un interregno. Antigua palabra que se utilizaba para indicar los tiempos en que un Estado no tenía soberano. El interregno indicaba literalmente el espacio temporal existente entre dos reinos. Es ir de un lugar a otro, moverse de lo viejo a lo nuevo, de lo conocido a lo novedoso, de lo anterior a lo posterior. Este es el signo de los tiempos en 2026: una profunda transformación por la que está transitando la sociedad y su economía cotidiana. Un interregno en el que se percibe yendo de un lugar que conoce y en el que sabe manejarse, aun con todas las dificultades, las limitaciones y los sinsabores del caso, hacia la promesa de una vida sustancialmente mejor. Ese mundo feliz, al menos hasta lo que se puede ver hoy, no sucedería este año y difícilmente el próximo. Llegaría en el mediano plazo. Del otro lado espera un mejor equilibrio entre prosa y poesía, en los términos de Edgar Morin, es decir, una mejor ecualización entre esfuerzo y celebración. Habrá que juntar fuerzas y cruzar estoicamente el puente. Esa es la gesta y la épica que flota en el ambiente. Tensión y tiempo La Tierra Prometida dejaría de ser un imaginario hacia el cual marchar y se transformaría en una realidad a gestionar y habitar, alrededor de los años 2030/2033. En ese momento, los tres grandes motores que hoy tiene nuestra economía y donde están hechas todas las apuestas petróleo, gas y energía en general, minería y el agro generarían unos 80.000 millones de dólares por año extras respecto de los actuales, acorde a las proyecciones de Abeceb. O 65.000 millones de dólares anuales adicionales, como proyecta Ecolatina, o incluso unos 90.000 millones por año, según las previsiones oficiales. Para la mayor parte de los países del mundo, ese ticket premiado llegaría en el corto o mediano plazo. Para la Argentina, en los hechos, sucede lo mismo. Y tanto para la política como para el empresariado que está invirtiendo allí, también. La oportunidad estratégica de largo plazo es definitivamente histórica. Y buena parte de ello se jugará en la elección presidencial del año próximo. Tengamos en cuenta que el próximo período de gestión nacional comienza casi en 2028 y finaliza al borde del año 2032. Quien resulte electo presidente en 2027 podrá comenzar a administrar el ticket. Suponer que, en semejante instancia histórica, no habrá tensiones es una fantasía. No solo ya están a la vista, sino que es de prever que sean crecientes. Es algo inherente a las transformaciones y a las transiciones. Más aún cuando hay tanto en juego en el horizonte venidero. Habrá que calibrar dichas tensiones con precisión porque los riesgos existentes podrían alterar el curso del proceso. Sucede que el reloj de los ciudadanos, sobre todo cuando su economía cotidiana se deteriora de manera progresiva y cada vez más transversal, podría correr de otro modo. El bonus track de esperanza y, por ende, de tiempo, que se consumó en la elección general de medio término el 25 de octubre del año pasado, fue eso, un tiempo adicional, pero no eterno. El interregno hacia ese futuro iluminado se está cargando de temores, angustias, restricciones, resignaciones, malestares y, especialmente, dudas. Sensaciones que se cruzan y tensionan con la convicción, la confianza y la esperanza existentes. Por ahora, una buena parte de la población, al menos la suficiente a la hora de manifestar los sentimientos que la atraviesan en esta transformación hacia 2030, nos dijo, en la investigación cualitativa del humor social que acabamos de concluir el pasado jueves sobre la base de 14 focus groups en todas las clases sociales, dos palabras que lo dicen todo: elijo creer. El resto los miraba con asombro.
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