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  • EE.UU., el gran país perdedor

    » Clarin

    Fecha: 08/03/2026 07:44

    ¿Oyeron la expresión Trump Derangement Syndrome? Literalmente la traducción sería Síndrome de trastorno Trump. Es una frase inventada por los devotos del presidente de Estados Unidos para describir a gente como yo que lo aborrecemos. La idea es que Trump nos ha vuelto locos. No lo disputo. Pero agregaría un matiz. Que un loco nos ha vuelto locos. Nuestra locura responde a una causa racional. Que la persona más influyente del mundo, capaz de determinar la vida o la muerte de millones de seres humanos, incluso de acabar con nuestra especie, sea un narcisista de manual, un psicópata, un señor de 80 años con la inteligencia emocional y cerebral de un niño caprichoso, malcriado y en el fondo inseguro porque su papá y su mamá no lo quisieron es más que suficiente motivo, si uno se lo piensa, para sucumbir a todos los síndromes de trastorno mental habidos o por haber. Esta semana recibí un mensaje de un amigo inglés que acaba de instalarse en Madrid. No soy exactamente un fan de Pedro Sánchez me escribió, ¿pero Sánchez Derangement Syndrome? Lo que me quiso decir era que había detectado en Madrid con Sánchez lo que nos ocurre a muchos con Trump. Que el presidente de gobierno español ha hecho enloquecer a buena parte de la ciudadanía. Entendí perfectamente a mi amigo. Yo he visto lo mismo en mis no infrecuentes expediciones a la capital española. La mera mención del nombre Sánchez ocasiona reacciones que me traen a la mente imágenes de perros rabiosos. A las víctimas del síndrome les sale espuma por la boca. No importa las declaraciones que Sánchez haga el mundo es redondo, dos y dos son cuatro infaliblemente reaccionan con fanática indignación. He observado el fenómeno en Barcelona, aunque es más inusual y los síntomas son menos explosivos que en Madrid. Hace no mucho un señor sentado a mi lado en una comida me comentó, como si fuera una obviedad, que Sánchez era igual que Trump. Lo que provoco en mí uno de mis no desacostumbrados ataques de TDS. Sí, TDS, no SDS. No porque sea un defensor de Sánchez sino por la ignorancia o inconsciencia que revela el colocar a los dos al mismo nivel. Lo he dicho antes. Lo vuelvo a decir. No solo Sánchez sino Alberto Feijóo, Isabel Díaz Ayuso, Santiago Abascal, Pablo Iglesias y Javier Milei son parangones de decencia, cordura, inteligencia y honradez comparados con Trump. A su lado, cada uno de ellos combina las virtudes de Sócrates, Mandela y Santa Teresita del Niño Jesús. El ataque colectivo más reciente de SDS se debió a la respuesta del presidente de gobierno español al ataque de Trump en Irán. Sánchez dijo que no le pareció una buena idea, que iba en contra de aquella mítica pero respetable criatura la ley internacional y que España no daría apoyo a Estados Unidos o (ya que estamos) a Israel en su aventura militar. Acto seguido: gritos de irresponsable, de despreciable, de traidor, que la economía española se iría al carajo y tal. OK. Podría tener su lógica que España se sumara a una guerra en la que de momento han muerto más de mil iraníes (unos cien de ellos niños de colegio, parece), que ha incendiado Oriente Próximo, que amenaza con cortar drásticamente el abastecimiento internacional de petróleo y gas, que podría provocar una crisis económica global y, por supuesto, muchísimas más muertes. Sí, podría tener sentido apoyar este plan en términos estrictos de realpolitik. ¿Quién sabe si habrá un final más o menos feliz? El precio en vidas y en destrucción y en caos general se podría ver justificado si a cambio Irán acaba de una vez con la tiranía de los ayatolás asesinos de lo peor de la Tierra- y se convierte en una democracia al estilo de la de Estados Unidos o, si tienen mucha suerte, de la española. Difícil, pero es uno de los cien escenarios que esta guerra puede llegar a producir. También habría que reconocer la posibilidad de un final infeliz y que la guerra se alargue y se extienda con consecuencias catastróficas para el mundo persa, el mundo árabe y el mundo en general, que parece ser lo que teme Sánchez. Lo cual representa un punto de vista igual de plausible que cualquier otro acerca de lo que nos espera con esta guerra y no debería ser motivo de rabia a lo SDS. O eso digo yo, con calma. Menos calma me causa lo que dijo Trump esta semana de España Que es un país perdedor. Loser es una palabra que usan tanto niños como mayores como insulto habitual en Estados Unidos, pero no en los demás lugares donde se habla inglés como primer idioma. Para mí, desde que viví en Washington hace muchos años, la frecuencia con la que se lanza este insulto resume a la perfección por qué de todas las sociedades democráticas del mundo la de EEUU es la más la más bárbara, la más despiadada y la menos sagaz. Llamar a una persona loser revela la infantil crueldad del que no ha entendido una de las grandes verdades de la vida: que algunos nacen con suerte, o tienen suerte, y otros no. En Europa, en Canadá, en Australia y en muchos más países se ha llegado a lo largo del siglo XX a la conclusión de que la sociedad debe ayudar a los desafortunados. Que, por ejemplo, debe haber sanidad gratis para todos. Que si sos pobre y tenés cáncer te recibirán en el hospital igual que si fueras rico y que esto es posible porque los afortunados aceptan que sus impuestos contribuyan a disminuir el sufrimiento de los menos afortunados. Más allá de sus cualidades como personas, el simple hecho de que Sánchez y Feijóo y demás políticos españoles reconocen este imperativo como una obligación moral les coloca a años luz de Trump, la expresión más extrema, en su colosal egocentrismo, de todo lo peor de su país. Estados Unidos es el gran loser del mundo occidental. Lo es hoy más que nunca. Acepto mi condición de Trump Derangement Syndrome como una medalla de honor. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín

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