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  • La reivindicación de los aquelarres: encuentros y reconexión en tiempos inciertos

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    Fecha: 08/03/2026 06:00

    Las mujeres de alto valor cuidan su apariencia, se esfuerzan por vestir bien sin llamar la atención, con modestia. Van arregladas hasta para ir al supermercado. Son femeninas, agradables, familiares y emocionalmente receptivas. Las mujeres de alto valor son exclusivas, saben que algo que puede tener todo el mundo no tiene valor. Son puras, sumisas y fieles. Este manual fue creado a partir de publicaciones de 2025, aunque suene a 1950. No dejaremos que el pasado avance. Así es el mensaje del video que protagoniza Ángela Molina y que el Ministerio de Igualdad español publicó hace unos días, previo al 8M. Leé también: Las actividades domésticas que pueden reemplazar a la gimnasia en mayores de 65 años A todas nos preocupa el retroceso cultural que estamos padeciendo y que pretende deshacer conquistas y espacios recuperados. No solo en los temas de género, por supuesto. Sin embargo, el propósito de estos párrafos es proponer una pausa, un pequeño respiro, para permitirnos recordar que también hay otras fuerzas sucediendo al mismo tiempo. El regreso al aquelarre Cada vez somos más quienes nos estamos juntando alrededor de nuevas hogueras simbólicas para sostenernos, recordarnos y volver a tejernos en red. Se aceleran los reencuentros y se refuerza la incondicionalidad. Hay nuevos aquelarres sucediendo: en las familias, en los grupos de amigas, en los colectivos creados para dar las luchas de este tiempo y en cada encuentro entre mujeres que provoca una conexión que va más allá de lo visible. Volver a reconocernos brujas se transforma ahora, más que nunca, en un calificativo de amor, de complicidad y de hermandad. Brujas somos las mujeres que intuimos y que sabemos, aun cuando guardamos silencio. Las capaces de acompañar y de ayudar a que un momento doloroso se transforme en un estado renovado de paz. Brujas también somos las que elegimos salir a la vida, a cara lavada, con los cabellos al viento, portando con honra las marcas del tiempo. Las que nos atrevemos a cualquier travesía, habiendo encontrado un ritmo propio y una auténtica forma de caminar. Hay brujas que abren las puertas para que entren las demás. Las que les dan voz a los gritos y a las súplicas de otras. Las que sostienen a los demás con su energía y asumen las cargas hasta que todo se vuelva a ordenar. Hay brujas maestras que enseñan los rituales secretos a las que serán. Algunas tienen sus dones visibles; otras los llevan de forma tan natural que no se ven con obviedad. Sin embargo, con su sola presencia son capaces de transformarlo todo, como el mismo fuego, porque se saben nietas de las brujas que no pudieron quemar. Sostenemos escudos simbólicos y tenemos la espada lista para cuando necesitemos usarla. Muchas nos maquillamos en modo ritual para dar la batalla en la calle, en el subte, en las oficinas y, muchas veces, hasta dentro de nuestro propio hogar. Brujas somos las que corremos en tacos y las que corremos con los lobos. Brujas somos las mujeres que intuimos y que sabemos, aun cuando guardamos silencio. Me resulta inevitable pensar en la palabra bruja y en cómo muchas mujeres estamos volviendo a apropiarnos del término y a resignificarlo. Hasta hace poco tiempo, la bruja era la jermu que, en el imaginario machista, esperaba al marido en la casa con la comida lista. Su arquetipo estaba teñido de fastidio y de negatividad. Por supuesto, la caricaturización y el lugar social eran mucho más light que en los tiempos de la Santa Inquisición, pero no menos peligrosos. Contenían en sí una misma carga violenta. Bruja era también el personaje oscuro y temible de los cuentos: fea y desgreñada, con un cuerpo deforme y maloliente. En las construcciones de muchos relatos y en toda la historia de la humanidad, las brujas solo fueron dignas de los lugares escondidos y del destierro. Si has vivido tu existencia como una forastera, como una persona ligeramente extraña o distinta, si eres una solitaria y vives al borde de la corriente principal, tú has sufrido. Y, sin embargo, también llega un momento en que hay que alejarse remando de todas estas cosas, conocer otra posición estratégica, emigrar a la tierra que nos corresponde, afirma Clarissa Pinkola Estés. Leé también:David Céspedes, experto en longevidad: Esta es la rutina que enviaría a mis padres para entrenar en casa Mucho tiempo atrás sobrevivimos porque nos supimos esconder. Aquello está inscripto en nuestra herencia genética, energética y espiritual. El dolor de las ancestras y la carga de nuestros linajes aún pulsan en el alma y están volviendo a despertar. El recuerdo de otras vidas y de otros tiempos aún se intuye y a veces se deja escuchar. Durante siglos, el poder de lo femenino fue denostado y temido. Por miedo, nos estigmatizaron, nos cuestionaron, nos amordazaron, nos menospreciaron y nos mataron. Emerger de lo oscuro, de lo censurado y de las prisiones simbólicas que se construyeron durante siglos puede resultar inquietante. Sin embargo, cada vez más mujeres se animan a dar ese paso y a regresar a la hermandad, a la tribu, al encuentro con otras. En los últimos años, muchas nos reencontramos en un grito común: Ni una menos. Yo te creo, hermana. Vivas nos queremos. Este movimiento empezó a suceder en todas las áreas de nuestra existencia. Será más grande y será mejor. Aún hay más tierra por sembrar, más agua por mover y más aire por convocar. En estos tiempos que parecen de nueva oscuridad es cuando se vuelve fundamental que invoquemos nuestro fuego para resistir, para transformar y para iluminar. Las sociedades capitalistas, patriarcales y machistas construyeron un mundo que no se sostiene más. Vendrá el nuevo tiempo, en donde lo femenino sea la piedra fundamental para la creación de un mejor futuro posible. No es solo esperanza, ni una visión ni un anhelo personal. Está sucediendo. Reconocerlo y ser parte de estos movimientos nos ayuda a darle nueva fuerza a los propósitos individuales y colectivos. Brujas, magas, hechiceras, sacerdotisas, chamanas, mujeres medicina, wiccanas, compañeras, amigas, maestras, madres, abuelas, hijas, madrinas y hadas madrinas. El paso de una es el paso de todas. Yo te creo, hermana; yo te veo y, cuando te veo, me veo. Es tiempo de aquelarres, de reconexión con nosotras y con las otras. Es tiempo de volver a tejer la red y de una nueva hermandad. Que así sea.

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