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» Clarin
Fecha: 07/03/2026 23:42
Han pasado 47 años desde aquel histórico enero y la primera mitad de febrero de 1979, en la que Irán escribió nuevas páginas de su larguísima historia, que se remonta a por lo menos a seis siglos antes de la era cristiana. Era Persia, uno de los imperios más grandes de la antigüedad, que se extendía desde Asia Central hasta el mar Mediterráneo. El 16 de enero de 1979 el Sha Mohammad Reza Pahlavi huyó al exilio en medio de grandes protestas encabezadas por los partidarios del ayatollah Ruhollah Khomeini, líder religioso indiscutido de los shiitas, que regresó al país en un charter de Air France desde París. Fue recibido por al menos tres millones de fieles que durante días celebraron su llegada más de quince años de exilio. Este corresponsal alcanzó a arribar unos días antes en el único avión de la Swissair que logró llegar a Teherán en medio de un creciente caos. La crisis iraní ya sacudía al mundo porque era evidente que se vivían grandes cambios con una amenaza de guerra civil en un país crucial del Medio Oriente, habitado hoy por más de 93 millones de habitantes en un vasto territorio de un millón y medio de kilómetros cuadrados y con la segunda reserva mundial de petróleo. La información sobre lo que ocurría en el país de los persas dominaba las inquietudes mundiales. Este enviado de Clarín se alojó en un gran hotel que ya no existe, el Intercontinental, que llegó a albergar a 85% de los periodistas de todo el mundo llegados para seguir los acontecimientos que podían desembocar en una guerra civil con el alto riesgo de un enfrentamiento explosivo a nivel de las potencias mundiales. Desde el 7 de enero una vasta revuelta popular había estallado contra el Sha Pahlevi para echarlo del poder. La mayoría quería el regreso del Ayatollah Khomeini, con una minoría de izquierda, especialmente del PC local, que fue después rápidamente aniquilada por el nuevo orden khomeinista. La gente no previo lo que vendría. Solo como ejemplo, muchas mujeres en Irán, en esos tiempos vivían con modos occidentales y vestían minifaldas. En el hotel Intercontinental bullía una actividad extraordinaria. Tanto tiempo ha pasado que los recuerdos se desdibujan, pero funcionaban redacciones de los medios más importantes del planeta. Desde ahí Clarín logró entablar una comunicación con Buenos Aires todas las noches en la madrugada gracias a un puente telefónico que nunca falló. Ese era el problema más urgente de los periodistas: comunicarse. La información no era fácil de conseguir por el desorden y los riesgos, pero no faltaron un par de periodistas locales que redondeaban sus sueldos todas las tardes y contaban lo que pasaba en los ambientes políticos iraníes. A eso se agregaban personajes políticos y jóvenes simpatizantes del khomeinismo que desfilaban contando su versión de los acontecimientos. Había para elegir. Más complicadas eran las salidas a la búsqueda de información con la calle ardiendo de protestas. Cada tanto se escuchaban disparos, se hablaba de víctimas. Periodistas que habían llegado antes daban una mano a los nuevos para hacer contactos en el Gran Bazar de Teherán, el extraordinario centro comercial popular, donde también podíamos recoger información, más chismes y análisis condimentados de macaneos. Este corresponsal se estaba afeitando el 16 de enero por la mañana cuando, demasiado temprano para las marchas de protestas, se escuchó una andanada de bocinazos interminable. Todos bajamos corriendo a ver que pasaba. Se difundía la noticia de que el Sha, acompañado de su esposa Farah Diba, estaba abordando un avión que lo llevó a El Cairo a la una de la tarde. Por el centro pasaban caravanas de automóviles festejando. Muchos gritaban consignas entre los bocinazos. Algunos pedían a los gritos ir a toda velocidad al aeropuerto. Al primer ministro Shapur Bakhtiar, que había pedido al Sha poder marcharse, le quedaban apenas unos días en el gobierno. Había enviado a un hombre de confianza a París para negociar con Khomeini, que se negó a recibirlo, nos informaron algunos partidarios de Baktiar. Finalmente lo asesinaron en Francia en 1961. Con el exilio y la muerte del Sha en 1980, concluyó la era de la dinastía que había inaugurado su padre, Rida Khan Pahlevi, cuando un golpe de Estado lo llevó al poder en 1921. Introdujo importantes reformas económicas y sociales en Persia, pero no logró sustraer al país, que desde 1935 se llamó Irán, de las ingerencias de las potencias extranjeras. Durante su reinado se vinculó a los EE.UU. y a las petrolíferas británicas y otras compañías que emprendieron un vasto programa de modernizaciones económicas y sociales, la llamada Revolución Blanca. Pero el régimen no desmanteló sus estructuras autoritarias, ni superó los grandes problemas del desarrollo de Irán. En 1941, Rida abdicó en favor de su hijo, Reza. Pocos eventos en la historia moderna de Medio Oriente han dejado una cicatriz tan profunda como el golpe de Estado de 1953 que depuso al primer ministro iraní Mohammad Mossadegh. Era un líder elegido democráticamente, destituido por el Sha en el marco de una operación secreta anglo americana, episodio reconocido autocríticamente luego por la CIA, que logró así el control del petróleo de Irán y devolvió el poder a la autocracia del Shá. Para muchos iraníes el golpe de Estado contra Mossadegh fue el símbolo de una traición occidental que sentó las bases de décadas de protestas alimentadas por una rabia que explotó en 1979. En su largo pasado, Irán había sido siempre una región inestable que cayó bajo el dominio de los turcos en los siglos 11 y 12, seguidos por los mongoles en los siglos 13-15. Abbas el Grande vino después y convirtió la fe shiita en la religión del Estado. Después hubo un período de decadencia que continuó hasta el siglo XX, con una prolongada dinastía turca que gobernó la nación persa entre 1794 y 1925. Con tantas pruebas históricas negativas, no hay que sorprenderse de la experiencia de los reinados de Riza y su hijo Reza Pahlevi, el que huyó el 16 de enero de 1979 y no volvió más. Mientras todos esperábamos la llegada del ayatolalah Khomeini después de 15 años de exilio, las manitestaciones de protesta crecían. Un colega norteamericano perdió la vida por un balazo cerca del bazar y el julepe hizo que nos prometieramos más prudencia sin renunciar a la curiosidad informativa. Las tensiones volvieron a crecer. Desde el interior del país comenzaron a arribar a miles los fervorosos seguidores del ayatollah. En Irán no se hablaba de otra cosa, con el temor de que los enfrentamientos llevaran a una guerra civil. Algunos que venían a traer su información de parte al hotel donde nos alojábamos preguntaban ansiosos nuestra opinión sobre la crisis que amenazaba con estallar. El clima se hizo cada vez más sombrío entre quienes sabían la que les esperaba, porque el regreso de Khomeini no podía significar otra cosa que el definitivo regreso al poder del Irán religioso, una teocracia de talante antioccidental Nacido en 1902, Khomeini provenía de una familia de religiosos, los mullahs, estudió el Corán desde chico y temprano también el idioma persa. En 1922 se estableció en la ciudad de Qom, centro del islam shiita, donde se destacó desde joven en filosofía, ley y ética islámica. Su figura sigue pesando hoy en la realidad del país. Desde 1963 pronunció inflamados sermones contra las reformas del Sha, como la revolución blanca y el voto femenino. También criticó a EE.UU. : lo llamó el gran Satán. Debido a su empeñosa oposición, en 1964 Khomeini fue arrestado y terminó en el exilio. Vivió en Francia, donde dirigió a la oposición más dura contra el régimen monárquico de Pahlavi. Tras casi 15 años en el exterior, la revolución de enero de 1979 llamó a Khomeini a regresar a la patria, a la que llegó el 1 de febrero. Desde el exilio francés en Neauphie-le-Chateau, cerca de París, el ayatollah Khomeini anuncio su intención de regresar inmediatamente a la patria para guiar la revolución islámica, El 21 de enero había sido formado en Teherán un comité oficial para preparar el retorno, mientras millones de personas arribaban a la capital desde las 23 proviincias iraníes. El premier Shapur Bakhtiar reacciono el 26 de enero ordenando la clausura de los aeropuertos. La reacción popular fue inmediata. Violentas protestas y huelgas en todo el país. En Teherán las protestas causaron 28 muertos. Era dificil salir a la calle porque el clima de violencia aconsejaba buscar reparo. Ante la presión de los desórdenes y las huelgas, más las noticias de que grupos de militares fraternizaban con los que protestaban, el premier Bakhtiar retrocedió y ordenó reabrir los aeropuertos. No le sirvió a salvar su vida tras su exilio más tarde: fue asesinado en un atentado. El avión del ayatolá Khomeini aterrizó a las 9,30 de la mañana del 1 de febrero en el aeropuerto de Mehrabad. Las estimaciones de tres millones de fieles movilizados venidos de todo el país, es un cálculo conservador. Las estimaciones de la marea humano que lo saludó entre el entusiasmo, las lágrimas y los rezos en 5-6 millones puede parecer exagerado pero lo que se vió aquel día ha sido un abrazo popular de dimensiones colosales. Su regreso marcó el momento decisivo de la Revolución iraní. Al llegar al aeropuerto pronunció un primer mensaje, seguido de su muy famoso discurso en el cementerio de Behesht-e Zahra ante la multitud oceánica que lo aclamaba. Abiertamente declaró ilegal al gobierno del primer ministro Shapur Bakhtiar, nombrado por el Sha antes de huir a mediados de enero de 1979. El ayatolá dijo: Yo nombro el gobierno, golpearé en la boca a este gobierno!. Tras pasar casi quince años en el exilio, afirmó que cincuenta años de la dinastía Pahlevi habían sido un período de traiciones y que las raíces de la monarquía serian inmediatamente eliminadas para siempre. También acusó al gobierno norteamericano por los problemas de Irán, ya lo había acusado de ser el Gran Satan que había sostenido la dictadura del Sha. Khomeini prometió a los iraníes la llegada de una justicia islámica que eliminaría la corrupción y la pobreza. Por último anunció su objetivo de crear una República basada en la Sharía, la ley coránica y no en un modelo occidental u oriental. Diez días después asumió el control de la revolución el 11 de febrero. El ayatollah Khomeini falleció el 3 de junio de 1989 por un tumor intestinal y lo reemplazó su cercano colaborador,Ali Khamenei, que murió el primer día de la guerra, el 1 de febrero de este año, por un ataque con bombas israelíes que también eliminaron gran parte de su familia en un ataque en la capital, Teherán. Su hijo, también un religioso, lo sobrevive y es candidato a sustituirlo cuando la Asamblea de Expertos designe al sucesor de su padre. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
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