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  • Mario Vargas Llosa, aquella persona increíble

    » Clarin

    Fecha: 07/03/2026 06:38

    Mario Vargas Llosa murió el 13 de abril de 2025 en su casa de Lima después de recorrer el mundo y de escribir algunos de los libros más impresionantes de la literatura del siglo XX (y veintiuno). Su huella es inolvidable, como su literatura. La noche en que se supo de su muerte yo estaba en Tenerife, temiendo desde hacía meses ese desenlace. Cuando apareció la noticia, desde Lima, sólo pude decir lo que en ese momento salió de mi garganta: Mario. Él no fue sólo el escritor, el premio Nobel, el periodista, sino un ser humano excepcional que vino a la vida de quienes lo leímos y lo quisimos como un celaje inolvidable de la literatura y, sobre todo, como un ser humano generoso y vital hasta el fin de sus días. A lo largo de su vida le hice miles de preguntas para El País. Trabajé para él como editor, lo acompañé a viajes extraordinarios (a Palestina, de donde trajo un libro memorable sobre la vida que vivió allí, o a Israel, donde acompañó a Jorge Semprún), y lo escuché reír y discutir, y lo vi disfrutar de su familia, del cine, de la comida, de los viajes. Le pregunté en París (cuando vino a Europa, después de la derrota que sufrió como candidato a presidente de Perú), en Italia, en México, en Barcelona, en Canarias, en todas partes. Lo vi por primera vez bajando, con Patricia, su mujer, y con sus hijos, cuando descendieron del barco que hacía escala en Tenerife y los llevaba, en 1974, a Perú. En esa ocasión fue cuando lo entrevisté por vez mi primera. Yo era un muchacho que quería saberlo todo, hasta que miró para otro lado y me dio a entender que parara un rato. Años después, en París, tras aquella derrota, hablamos de la naturaleza del fracaso político y de la pasión por volver de lleno a la literatura. De aquel encuentro parisino escribí tiempo después: Entrevistar a Vargas Llosa es un gozo para un periodista; aparte de que no se niega a cuestión alguna (), es preciso, tiene una memoria que le ayuda a serlo, es educado y cortés, no es melindroso en las respuestas y siempre te ofrece narraciones interesantes y distintas. Jamás se repite. Es un entrevistado feliz y siempre he sido feliz entrevistándole. Desde entonces ya fuimos amigos para siempre. Ahora he querido decirle adiós preguntándoles a amigos suyos, que trabajaron con él o que lo quisieron, sobre esta figura que se nos fue en la noche de Perú y en la noche de Canarias y en la noche de la muerte. Ahora le pregunté por él a Raúl Tola, peruano, escritor, novelista, que dirige la Cátedra Vargas Llosa que, desde Madrid, irradia la acción de esta casa que impulsó Mario y que ahora difunde su legado en todo el mundo. --Raúl Tola: fuiste amigo de Mario hasta el final. ¿Qué huella te dejó? --Yo soy peruano y crecí durante los caóticos años ochenta, en un país sumido en una crisis económica terminal, con los índices de inflación más altos del mundo, cercado por las violencias de dos grupos terroristas sanguinarios (Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru), la década perdida de los gobiernos de Fernando Belaunde y Alan García. En ese mundo desolador que le tocó a mi generación, donde los precios de las cosas subían durante el día y salir a la calle era jugarse la vida ante el riesgo de una balacera o la detonación de un coche bomba, supe de la existencia de un peruano que triunfaba en el mundo en un terreno imposible para un país con los índices de lectoría del Perú: escribiendo novelas. Era, por supuesto, Mario Vargas Llosa, cuya imagen terminó por volverse omnipresente a fines de esa década, cuando decidió postular a la presidencia, algo que, como sabemos, no consiguió. Desde esos años, me volví un lector compulsivo de sus libros y artículos, que buscaba con avidez y devoraba en cuanto llegaban a mis manos. Así que, la primera huella que me dejó fue intelectual. La idea de que había que aspirar a la excelencia, trabajar sin desmayo para alcanzarla, ser curioso, atrevido, autocrítico, huir del provincianismo y aspirar a ser un ciudadano del mundo. Luego, cuando lo conocí y descubrí su dimensión humana, su generosidad, agudeza, cariño y sentido del humor, esa capacidad casi omnímoda que tenía de estar en todas partes, mi admiración se expandió hasta convertirse, para mi enorme suerte, en cariño y amistad. Era una persona increíble, en la que pienso todo el tiempo. --Ahora diriges su fundación. ¿A qué obliga esta dedicación? --La Cátedra Vargas Llosa tiene unos propósitos muy claros: fomentar el estudio de la literatura contemporánea, potenciar el interés por la lectura y la escritura, apoyar la nueva creación literaria, analizar las ideas de nuestro tiempo, desarrollar modelos de innovación tecnológica para la educación, la investigación y la difusión científica y cultural, y difundir la obra de Mario Vargas Llosa. Desde que asumí la dirección, en 2021, en plena pandemia, hemos intentado cumplir esta misión lanzando un ambicioso programa de festivales, cursos, premios y becas, además de redoblar el trabajo que tenemos con nuestras universidades asociadas en España, Perú, México, Colombia, Chile, Ecuador, Estados Unidos y Suecia. --Eres un escritor, además. ¿Hay en tu escritura alguna reminiscencia de su huella? --Por supuesto, es una influencia muy poderosa que reivindico. Un escritor es la suma de sus experiencias, deseos, odios y lecturas, que fagocita su entorno para convertirlo en literatura. Habiendo leído, estudiado y admirado tanto a Vargas Llosa, está conmigo cada vez que me siento a escribir, como lo están Faulkner, García Márquez, Cortázar, Borges, Hemingway, Victor Hugo, Dos Passos o Ford. Tengo muy presentes su método de trabajo, su audacia técnica, su afán totalizador y esa capacidad de transformar al Perú, nuestro país, con sus enormes complejidades y profundas contradicciones, en un resumen de la experiencia humana. --¿Cuál es ahora la obligación que impone el recuerdo de Mario para una entidad como la Cátedra? --Desde el inicio, tuve claro que la Cátedra es una institución obligada a mantenerse a la altura del ejemplo de brillantez y excelencia intelectual de Mario Vargas Llosa, que, no lo olvidemos, además de ser el novelista con más obras maestras del siglo XX, brilló en el periodismo, el ensayo, la memoria, la polémica, el teatro e, incluso, en la literatura infantil. A esa tarea enorme, casi inalcanzable, hay que sumar ahora la defensa y cuidado de su memoria. --Mario fue polifacético. De todas esas facetas hay abundante información. ¿Qué es aquello que todavía no sabe la gente sobre Mario Vargas Llosa? --Mario fue una persona que vivió una vida intensa y muy pública. Pero estoy muy de acuerdo con Javier Cercas, que ha dicho que era uno de los pocos genios de la literatura que no empalidecía en la corta distancia, es decir, que estaba a la altura de su inmensa, oceánica obra. De todas las virtudes que le conocí, me quedo con una que no ha sido suficientemente reseñada, y que experimenté en carne propia: su generosidad. Todavía me emociono al recordar mi vuelta a Madrid en 2020, con mi esposa, mi hija de dos años y mi segundo hijo por nacer, desencantado del periodismo y sin ningún trabajo en el horizonte. Pocas personas estuvieron tan atentas y me ayudaron tanto como él a salir adelante, consiguiéndome trabajitos esporádicos, invitándome a su casa para conversar, preguntándome que necesitaba y, finalmente, dándome el inmenso honor de dirigir la única institución que lleva su nombre. Como lo hizo conmigo, la vida de Mario Vargas Llosa es una sucesión de gestos generosos, desinteresados y extraordinariamente humano. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín

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