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  • Santino tiene 10 años, es fanático de la mecánica y ya está construyendo su futuro auto

    » TN

    Fecha: 07/03/2026 06:17

    En un taller mecánico del barrio de Alberdi, en la ciudad de Códoba, entre llaves, criques y motores abiertos, no hay recreos ni pantallas encendidas, sino un nene de 10 años que eligió, casi sin darse cuenta, un camino distinto, uno que huele a grasa, suena a metal y se aprende con las manos antes que con los libros. Santino Gómez no llegó a la mecánica por una decisión repentina ni por una moda pasajera, sino por algo mucho más profundo, casi natural, como si el oficio le hubiera estado esperando desde siempre. Leé también: Max Alexander: quién es el nene de 9 años que presentará su propia colección en la Semana de la Moda de París Tenía un año y ya agarraba la llave e intentaba hacer algo en el auto. No sabía qué, pero algo trataba de arreglar. Hoy llegan los clientes al taller, Santino escucha el motor y ya les dice qué es lo hay que reparar, explicó en diálogo con TN su papá, Franco, todavía sorprendido por una historia que empezó como un juego y terminó convirtiéndose en una vocación temprana. Una infancia entre herramientas Mientras otros chicos crecían entre juguetes, Santino se crio mirando cómo su papá trabajaba, observando en silencio, preguntando poco y probando mucho, hasta que lo que parecía curiosidad infantil empezó a transformarse en habilidad. A mí me gusta mucho desarmar, no tanto armar de cero. Me interesa ver qué hay adentro, cuántas tuercas tiene una parte del auto. Eso es lo que más disfruto, dijo con naturalidad, como si hablara de cualquier pasatiempo. En el taller no es un espectador, ni un hijo del dueño que anda dando vueltas, sino uno más, alguien que aprende, ayuda y se equivoca, siempre bajo la mirada de su padre. Yo quiero que él se exprese y haga lo que le guste. A su vez, trato de enseñarle el valor de las cosas, que entienda lo que cuesta, reconoció Franco. Ese aprendizaje no pasa sólo por lo técnico, sino también por el esfuerzo y la responsabilidad. Cada pequeño trabajo tiene su recompensa, una moneda que Santino guarda porque sabe que fue ganada. No se cuánto tengo ahorrado, pero sí varias moneditas. Mi papá me dice que las guarde y ahorre, explicó el pequeño. El castigo más duro: no ir al taller En la casa de los Gómez no hay penitencias tradicionales, porque el único castigo capaz de ordenar cualquier travesura es uno muy particular: no pisar el taller. Yo me esfuerzo por traer buenas notas y no mandarme mocos, porque sino es verdad, no puedo ir por una semana al taller, comentó Santino Para él, quedarse en casa no es descanso, sino frustración. Porque el taller, más que un lugar de trabajo, es su mundo. Por ahí me quieren llevar a un cumpleaños o a jugar, pero yo me quiero quedar en el taller, aseguró. Y si no puede ir, improvisa. Tengo juguetes. Los desarmo. Trato de entender cómo funcionan por dentro, contó. Aunque si le preguntan si luego los vuelve a armar, responde con certeza que sí, ya que en su casa el orden es muy importante. Un aprendizaje que no se enseña: se hereda Aunque Santino no conoció a su abuelo, la historia familiar atraviesa todo lo que hace, como si el oficio viajara de generación en generación. Mi papá falleció cuando Santi aún no había nacido, pero yo le conté cómo era, cómo trabajaba, y se emociona como si alguna vez lo hubiera visto, relató Franco. La mecánica, en esta familia, no es sólo un trabajo, sino una forma de vida que mezcla esfuerzo, curiosidad y transmisión silenciosa del saber. Estamos formando un niño de bien para que el día de mañana tenga su herramienta y pueda salir adelante, afirmó. Un niño distinto en tiempos de pantallas En una época donde la mayoría de los chicos pasan horas frente a una computadora o con el celular, Santino sin dudas eligió otro entretenimiento. Leé también: Un chiquito jugaba todos los días con la bicicleta en su vereda y él le dejó un regalo Mis compañeros me caen muy bien, tengo muchos amigos en el colegio, pero todos están con el celu. Yo en cambio estoy en el taller, expresó. Y no es que el pequeño rechace la tecnología, sino que la usa para aprender: mira videos de mecánica, investiga soluciones, busca herramientas nuevas y después intenta replicarlas con sus propias manos. A veces me piden que deje la compu y me vaya a dormir, porque me quedo hasta último momento mirando tutoriales de mecánicos y autos, confesó. El juego que se volvió proyecto Padre e hijo comparten además un desafío que los une todavía más: reconstruir juntos un auto que será, algún día, el regalo de los 18 años de Santino. Mi papá compró una camioneta Saveiro que estaba prácticamente tirada. Con él la estamos haciendo completa, con motor injection, arreglando todo lo de adentro. Ayudo porque me gusta y porque es mi regalo para cuando sea grande, contó Santino emocionado. No se trata sólo de armar un vehículo, sino de construir tiempo compartido, paciencia y memoria. El talento que sorprendió a todos Durante años, lo que pasaba dentro del taller parecía normal para la familia, hasta que alguien de afuera lo vio con otros ojos. Lo que está ocurriendo actualmente es muy loco, porque para nosotros terminó siendo algo común que él desarme y sea tan fanático, pero para la gente de afuera no. Ahí nos dimos cuenta de la magnitud, reconoció Franco. Santino, por su parte reconoce que, al menos en el barrio, ya es una figura reconocida: Hay clientes que me saludan y que me piden fotos, pero es raro, porque yo estoy jugando en el taller y haciendo lo que me gusta. Y en esa naturalidad, cada persona que acude al taller y tiene algún inconveniente en su vehículo confía plenamente en las manos del niño. Soñar con su propio taller Cuando se le pregunta por el futuro, Santino no duda ni un segundo. Quiere ser ingeniero mecánico, diseñar autos y tener su propio taller, aunque aclara que su papá va a estar invitado. Si abro mi propio taller significa que no voy a estar más en el de mi papá, pero yo quiero que venga a trabajar conmigo. Para mí, mi padre es un crack. Él me enseñó todo lo que sé, explicó. Leé también: Tiene 9 años, es fanático de los autos y ya diseña un vehículo con motor V8 El horizonte todavía queda lejos, pero el camino ya empezó. Una historia sencilla, pero poderosa En tiempos donde muchas veces se discute cómo motivar a los chicos, la historia de Santino no tiene fórmulas mágicas ni discursos teóricos, sino algo más simple: tiempo compartido, ejemplo cotidiano y la posibilidad de aprender haciendo. Nosotros no tomamos dimensión de lo que genera Santi pero, si esto contagia a otros chicos a aprender, hacer lo que les gusta y formarse, bienvenido sea, reflexionó Franco. Entre motores abiertos y manos manchadas de grasa, Santino sigue creciendo, sin saber que su historia emociona a tantos, convencido de que sólo está haciendo lo que le gusta. Y mientras otros cuentan los días para salir a jugar, él cuenta los minutos para volver al taller, ese lugar donde encontró, demasiado temprano para algunos, pero justo a tiempo para él, su verdadera pasión.

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